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La propaganda más exitosa de un dictador: Berlín 1936, la edición que los JJOO quieren que olvides

07 julio 2024 | 07:30

Pese a que fue Joseph Goebbels quien debió convencer a Adolf Hitler para ratificar los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, dicho evento trajo consigo grandes réditos para la Alemania nazi, aunque dejó oscuras anécdotas que mancharon el deporte.

Pese a obtener la organización de los Juegos Olímpicos en 1931, bajo el mandato de Paul von Hindenburg, la edición de Berlín 1936 significó una de los más grandes lavados de imagen de la Alemania nazi. Una vitrina al mundo para mostrar la magnificencia del Tercer Reich a través del deporte y que, ‘frenó’ la agresiva persecución judía en la capital durante los primeros 15 días de agosto de aquel año.

Las Olimpiadas de Adolf Hitler significan la mayor mancha en la historia del Comité Olímpico Internacional (COI), permitiendo el uso de esta cita deportiva mundial como un instrumento más de propaganda política, aunque nadie imaginaría que el país europeo cambiaría tanto en sólo dos años.

Lavado de imagen, propaganda y compromisos incumplidos

La complicada crisis económica en Alemania, que tenía a más de cinco millones de cesantes, fue uno de los principales motivos que tuvo el COI para elegir a Berlín por sobre Barcelona -el otro gran candidato- en lo que sería la sexta versión de los JJ.OO. La entidad olímpica buscaba dar una mano para volver a posicionar al país como una potencia europea y ya la decisión estaba tomada cuando irrumpió el régimen nazi en 1933.

Con la llegada de Hitler al poder, la vía estaba libre para usar este evento deportivo como propaganda y mostrarle al mundo la supremacía aria, además del gran poder económico y político del Reich. Sin embargo, el ‘führer’ vio esta gran oportunidad como un estorbo que había dejado el anterior mandamás alemán y estuvo a punto de renunciar a la organización, si no es por su ministro de Propaganda e Ilustración Pública, Joseph Goebbels.

El político alemán y mano derecha del líder del Partido Nacional-Socialista Obrero, inspirado en los réditos que había obtenido la Italia de Benito Mussolini con los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932 (segundos en el medallero) y con la decisión de ser anfitrión de la Copa Mundial de la FIFA de 1934 (campeones), lo convenció de que las Olimpiadas podían usarse para dar a conocer internacionalmente las ventajas y aspectos positivos de la nueva Alemania, además de tener la posibilidad de atraer distintas divisas y visitantes extranjeros que ayudaran a mejorar la alicaída economía del país.

Adolf Hitler y Joseph Goebbels

El camino no fue fácil para Goebbels y antes de que Hitler cediera y aceptara la organización de Berlín 1936, países como Estados Unidos se mostraban en contra de la decisión del COI y la idea de un posible boicot rondaba entre distintas delegaciones. Pese a que la prensa norteamericana fustigaba al régimen nazi en diversos artículos y dudaban de su capacidad de adaptarse a los valores de las Olimpiadas, fue el presidente de esa época, Franklin D. Roosevelt, el que se mostró contrario a arriesgar las buenas relaciones con Alemania y envió a su encargado olímpico a la capital de dicho para país, y así, tranquilizar a la sociedad estadounidense y a sus propios deportistas.

Con el sartén por el mango, el ministro de Propaganda entendía la ‘amenaza’ de Estados Unidos como un riesgo a fracasar como anfitriones. Y es que, según lo recogido por la prensa de National Geographic, Goebbels sabía que si los norteamericanos -con su gran cantidad de atletas- asistían a la cita deportiva, todos los otros países lo harían. ¿Cómo lo consiguió? Comprometiéndose como país a no discriminar a ningún deportista por su raza o religión y admitiendo a integrantes judíos o de origen hebreo en el equipo nacional de Alemania. Lo segundo no se terminó cumpliendo.

Hitler tuvo que calmar sus pasiones y mantener en su puesto tanto al presidente como al vicepresidente del Comité Olímpico alemán -ambos con vínculos judíos-, pero el régimen no pudo contenerse en lo deportivo y metió su mano (dura) en la selección de la delegación que representó al Tercer Reich. A pesar del compromiso con Estados Unidos, ya desde 1933 ningún atleta origen hebreo podía pisar las distintas instalaciones de entrenamiento y, aunque hicieron pública una prenómina con 21 deportistas con ascendencia judía, sólo fue a los JJ.OO. la esgrimista Helene Mayer, destacando por su aspecto físico (alta, rubia y de ojos azules) y por ser sólo media judía.

Helene Meyer

Sólo con España negándose a asistir a las Olimpiadas, con un intento de boicot en la antesala y con una Berlín maquillada e irreconocible, se abrió el telón a la sexta edición de los Juegos Olímpicos el 1 de agosto de 1936. El Olympiastadion, recinto con capacidad para 110.000 espectadores y construido por los arquitectos Werner March y Albert Speer a pedido de Hitler, fue el escenario ideal para dejar boquiabierto a los visitantes. Allí se llevó a cabo la inauguración de la cita deportiva, la cual es considerada la más multitudinaria hasta la fecha, con casi 200.000 personas (habían gradas extras) vitoreando el nombre del ‘führer’, mientras llegaba la antorcha rodeada de soldados uniformados y esvásticas por todos lados.

Ceremonia inaugural de Berlín 1936

Nadie sospechaba que, dos semanas antes, el régimen había retirado todos los carteles con mensajes políticos en las calles y le ordenó a los medios de comunicación una línea editorial menos antijudía. Tampoco nadie imaginaba que se habían detenido a más de 800 judíos en las calles de Berlín, llevándolos lejos de la ciudad, al campo de concentración de Marzahn.

Jesse Owens, ‘robo’ a Perú contra Austria en el fútbol, entre otras polémicas

La historia instaló la maniobra de Goebbels de insistir en la organización de los Juegos Olímpicos como una gran jugada a nivel propagandístico, no obstante, durante el transcurso de este evento ocurrieron distintas controversias que el COI prefiere que se olviden. Aunque también hay curiosas anécdotas.

Una de ellas fue la forma de presentarse o celebrar de algunos atletas; mientras que deportistas de Alemania, Austria e Italia saludaban con el brazo en alto -popular gesto nazi-, las demás delegaciones omitían cualquier simbolismo que los vinculara al Tercer Reich, pero este no fue el caso de los deportistas de Francia y Canadá. De acuerdo a National Geographic, en esos países era común este movimiento del brazo para llevar a cabo el saludo olímpico. Creíble o no, durante las ediciones posteriores, el Comité Olímpico eliminó este saludo para evitar este tipo de confusiones.

La presencia y entusiasmo de Hitler en la mayoría de las competencias se volvió incómoda para el COI que, frente a las quejas de las demás delegaciones por la efusividad del líder nazi cuando los deportistas alemanas obtenían medallas, los fiscalizadores lo hicieron elegir entre saludar a todos los campeones, sea cual sea su nacionalidad, raza o religión, o a ninguno. Evidentemente, la elección fue la segunda alternativa.

Pero, ¿qué tan cierto es que el avasallador triunfo del estadounidense Jesse Owens fue visto como una humillación para Adolf Hitler? Pese a que el propio atleta afroamericano señaló en su autobiografía que “cuando pasé, él se levantó y me saludó con la mano”, realizando también una crítica a la prensa de la época, y a que el ‘führer’ ya tenía prohibido el saludar inmediatamente a los deportistas ganadores, este momento será recordado por siempre como un golpe a la idea de la supremacía aria ante los ojos de todo el mundo.

Owens, que siguió siendo discriminado por su color de piel posterior a su triunfo en Berlín, también recordó cómo sí sufrió el desaire del presidente Roosevelt, quien no lo invitó a la Casa Blanca, no lo felicitó y tampoco se intentó contactar con él tras su épica participación olímpica, ya que su prioridad, en ese entonces, era captar los votos de ciudades abiertamente racistas.

Es más, en medio del boom de Owens en Berlín, una controversial situación se vivió en la carrera de relevos 4×100 metros, donde el entrenador del equipo estadounidense de atletismo, realizó un cambio de último minuto y privó a Sam Stoller y Marty Glickman, los únicos corredores judíos, de subirse al podio. En su reemplazo, los afroamericanos Owens y Ralph Metcalfe representaron al país norteamericano y se llevaron el oro. En Estados Unidos aún sospechan de que Hitler haya influido en aquella abrupta decisión.

El fútbol tampoco estuvo exento de polémicas. Y es que, con el equipo alemán eliminado en fase previa a manos de Noruega, el favorito de Hitler era Austria, que se enfrentaba a Perú en los cuartos de final. Para pesar del líder nazi, el elenco sudamericano dominaría el encuentro y derrotaría a los europeos por 4-2, ganándose en cancha la posibilidad de aspirar a medalla. Sin embargo, nada de eso fue posible.

En una determinación antojadiza y sospechosa, el Comité Olímpico ordenó repetir el partido por invasión de hinchas peruanos en ciertos momentos del partido. De esta manera, el resultado se anuló y se instó a que ambas selecciones debían volver a jugar a puertas cerradas. Evidentemente molestos, Perú no se dejó pasar a llevar y tomó la decisión de retirarse del torneo. Austria, en tanto, accedió a las semifinales y, posteriormente, se quedó con la presea plateada.

Mientras el régimen nazi seguía concretando el Holocausto judío en otras ciudades de Alemania, los diplomáticos extranjeros que disfrutaban de los JJ.OO. eran recibidos con bombos y platillos por las autoridades locales, quienes mostraban unas caras nunca antes vistas y que agasajaban a sus invitados con lujos que sólo ellos tenían acceso. “Me temo que los nazis han tenido éxito con su propaganda”, escribía en esa época el periodista estadounidense William Shirer, embobado por las fiestas, cenas y espectáculos nocturnos.

Con 89 medallas en su haber y unos espectaculares 15 días de deporte, el Tercer Reich le bajó el telón a las Olimpiadas el 16 de agosto de 1936. Luego de eso, todo volvió a la normalidad. La persecución judía se volvió más violenta y los distintos recintos que se habían utilizado para el evento olímpico pasaban a ser meros campos de concentración. Todo fue una ilusión.