Alberto Chacón y "El Pozo de las nostalgias": un recorrido personal e histórico
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Andrea Sepúlveda

Periodista en Radio Bío Bío Santiago

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En su segundo libro de cuentos, “El Pozo de Las Nostalgias” (Editorial Forja), el abogado Alberto Chacón construye relatos en que mezcla ficción, recuerdos y algo de biografía.

En conversación con Ana Josefa Silva y Marco Antonio de la Parra en el programa “Del Fin del Mundo”, de BioBioTV, confidencia que ha leído y escrito “desde siempre”. Se acuerda cuando a los 15 años, terminaba el año escolar y en un cuaderno anotaba sus vivencias.

Era 1965, un año que, recuerda, “lo pasé muy bien con mis amigos del colegio. (…) Anotaba las anécdotas, los chascarros, y escribía unas tres o cuatro páginas para cerrar el año”.

De esos cuadernos, dice, no solamente recogió el dato, “que me sirvió también, sino que las emociones”. Además, “muchas veces en el colegio hacía resúmenes de libros, anotando lo que el libro decía, lo que suscitaba en mí, lo que me gustaba, lo que menos me gustaba”.

Porque ya a esa edad empezó a ser un lector compulsivo. “Me gustaba mucho la historia, y me gusta todavía. Mi padre tenía una biblioteca fantástica. Cuando yo en la época de pre-adolescente, leía solamente el Barrabás, la revista Estadio, y a veces coladito El Pingüino, mi padre decía: ¡pero teniendo esta biblioteca, hombre, por Dios, este es un banquete! Mi padre efectivamente tenía un verdadero banquete, pero mis primeros libros los compré en la librería de viejo de Santiago, de Lucho Rivano y compañía”.

“El Pozo de las Nostalgias” es “una mezcla de todas esas cosas. Algunas son inventos puros y duros, pero que tienen alguna anécdota en la cual me inspiré. Algunos tienen un tinte muy autobiográfico”, reconoce y cita aquel en que relata su llegada “al glorioso, o ex-glorioso, Instituto Nacional”.

Por ahí aparecen también vivencias como acólito o en el terremoto del ’60, o ya siendo profesional, como abogado en el SAG, en la Mutual de Seguridad o en el Banco del Estado, donde llegó a ser Fiscal.

“Y a fines del siglo pasado, se me ocurrió escribir algo y me encontré con Marco Antonio, que me acogió en su taller”. Luego, tomó un taller literario con Marcelo Simonetti, a quien describe como “muy amable, muy buen maestro: muchos de estos cuentos también nacieron de esos borradores”.

Tras la pandemia, por recomendación de Marco Antonio, siguió trabajando con Pablo Azócar, a quien describe como un “coach literario”. Él fue quien “desde el día uno me dijo, vamos a hacer esto con el propósito de escribir un cuento, un libro”.

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