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Reconocido director Maximiano Valdés vuelve a tomar la batuta de la Sinfónica de Chile

Foto: Josefina Pérez
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“Sinfonías en Primavera”, el Concierto número 20 de la Temporada Internacional 2015 de la Orquesta Sinfónica de Chile. en el Teatro del Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile (CEAC), contó como gran conductor, por segunda semana consecutiva, con el reconocido director chileno Maximiano Valdés, esta vez con un programa con obras de los célebres compositores Sibelius, Mozart y Berlioz.

El programa comenzó con “Canción de Primavera”, del compositor finlandés Jean Sibelius, un poema sinfónico escrito en 1894 donde se evidencia la fuerte devoción del compositor por el entorno natural de los paisajes nórdicos, reivindicando en términos nacionalistas dicha inspiración. Director y Orquesta respondieron plenamente a las exigencias de una partitura, lenta pausada, romántica, en que Valdés destacó la ejecución del joven oboísta norteamericano, Jeremy Kesselman.

Al respecto, el maestro Valdés destacó que “Sibelius sigue ganando adeptos cada día. Parece que su música atrae especialmente a jóvenes que se maravillan con el misterio que ella expresa. La “Canción de Primavera” es una pieza de juventud que sin embargo contiene los elementos típicos del lenguaje de este compositor: Su color orquestal. Sus amplias y hermosas melodías y un concepto progresivo en su técnica compositiva dan vida a esta bella y original composición”.

El concierto prosiguió con la Sinfonía N° 36, en Do mayor, “Linz” de Wolfgang Amadeus Mozart, escrita por el afamado compositor en 1783, en el breve lapso de tres días, época en que el músico llevaba tiempo disfrutando de plena ebullición creativa y de encargos abundantes. En esta creación que lleva el nombre de una localidad, parada obligatoria en viaje desde Salzburgo a Viena, fue el lugar en donde supo, varias semanas después, de la muerte de su primer hijo con su adorada esposa Constanze Weber (hermana del compositor Karl María von Weber). Durante esos días de escritura, Mozart deja que los recién descubiertos Cuartetos Rusos de su amigo Franz Joseph Haydn, “le aporten estructura e ideas que se puedan advertir en ese comienzo entre meditativo y solemne del Adagio que abre la partitura”, la que da paso a un Allegro spiritoso con según citan expertos “titubeos explicitamente marcados del discurso”. Luego, el Poco adagio aporta una buena dosis de patetismo que, tras el moimento de danza festiva del Minuetto y Trío, “conducen a una arrogancia optimista del Finale:Presto, con la que concluye la obra”.

En la acertada labor de la Sinfónica en esta obra, hay que destacar, como lo hizo Valdés, del aporte -nuevamente- del oboísta Kesselman y de la solista en fagot, la italiana Marina Martelli.

Luego del intermedio, vino la obra más importante de la noche, con un magnífico conductor y con una orquesta plena de energía y de instrumentistas destacados en sus cinco partes o movimientos: la interpretación de la creación más reconocida del francés Hector Berlioz, su “Sinfonía Fantástica” opus 14, que fue en realidad el subtítulo de la obra que el compositor dio a conocer con el título de “Episodios de la vida de un artista”. Esta sinfonía representó un gran hito, pues la música del artista y ha llegado a ser considerada incluso como precursora lejana del espectralismo, movimiento musical surgido oficialmente a mediados del siglo XX.

Maximiano Valdés se refirió a las dos obras. “La Sinfonía Linz de Mozart así como la Fantástica de Berlioz son dos obras del gran repertorio sinfónico. Mientras la primera expresa con maravillosa inocencia su contenido por medio de una instrumentación perfectamente definida, la ‘Fantástica’ se vale de una idea poética que articula su arquitectura y de una orquesta de grandes recursos tímbricos. Mientras una es ejemplo de armonía clásica, la otra rompe con los moldes de la forma y abre una nueva etapa de la música instrumental” .

El director condujo esta obra con gran dominio musical y autoridad de manejo de la batuta, logran una plena colaboración interpretativa de los más de 80 instrumentistas del plantel. La idea de Berlioz, quien compuso con mucho realismo y facultad descriptiva sus cinco partes, tuvo feliz respúesta de la alabada orquesta, festejada calurosamente por el público asistente.

Destaquemos por último en los movimientos, Sueños – Pasiones; Un baile; Escena Campestre; Marcha del suplicio y Sueño de una Noche de Aquelarre, a la orquesta en pleno, con fabulosos “Tutti” y a solistas como el arpista Manuel Jiménez, al trío de flautistas y flautín, a las maderas y vientos, en general, a los cornistas y al corno inglés de Rodrigo Herrera, junto a los aportes de trompeta , trombones y tuba y, por último, los sólidos ejecutantes del grupo de percusionistas.

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