Fernando Atria: “Discutamos la reforma y no voladores de luces”

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La reforma educacional que está hoy en discusión tiene un sentido bien claro: se busca que la organización del sistema educacional sea la apropiada para un derecho ciudadano, no una mercancía. Esto no parece especialmente difícil de entender. Las mercancías se ofrecen a través del mercado, y por eso cada oferente decide cuál es la calidad que corresponde al nicho de mercado que ocupa, el tipo de persona a quien va dirigida su oferta y cuál es el precio al cual vende. Si la educación se distribuye como una mercancía, el resultado inevitable es que el sistema educacional opera como un amplificador de las diferencias de origen. ¿Cómo puede negarse esto?

La oposición ha sido insólita. Oyéndolos a ellos, uno pensaría que la reforma pretende eliminar toda la educación particular y negar la libertad de los padres de elegir el establecimiento de sus hijos. Es decir, parece que los que se oponen a la reforma creen que esta consiste en estatizar todas las escuelas, y hacer que cada niño vaya a la escuela que le asigna un funcionario público. Esto es a todas luces falso. Ellos se están oponiendo a una reforma que ha sido inventada por ellos, que solo está en sus cabezas, y la eficacia de su oposición se reduce a su capacidad (que no es poca) de inventar y sostener esas caricaturas.