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8 desconocidas anécdotas de la historia de Chile

Cuadro de Robles Acuña | Capredena
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La “Historia de Chile” de Walterio Millar, ex funcionario del Museo Histórico Nacional e historiador autodidacta, ha sido durante décadas material de estudio escolar respecto de los orígenes de nuestra patria.

Pero su libro no sólo contiene los grandes pasajes de nuestra historia. Millar acostumbraba recolectar hechos curiosos e incluso divertidos del pasado, los cuales daba a conocer en periódicos y revistas.

La siguiente es una pequeña colección de las anécdotas históricas recopiladas por el estudioso, que si bien pocas veces eran consideradas en los programas de estudio o evaluaciones, hacían más amena la lectura y nos entregan una visión diferente de los grandes personajes de la historia de Chile.

1. “Labali… Labali…”

Michimalonco

Michimalonco

Al principio de la conquista, los picunche creían que los españoles eran dioses y por ende, inmortales e invencibles. Sin embargo, cansados de los malos tratos a los cuales eran sometidos, pronto reunieron el valor suficiente para poner a prueba esta creencia.

Engañando a un español diciéndole que habían encontrado oro, los indígenas llevaron a un soldado a un lugar apartado, donde lo derribaron de un fuerte golpe de maza en la cabeza. Al ver la sangre, se dieron cuenta de que los conquistadores eran tan vulnerables ante las armas como ellos.

Los picunche corrieron rápidamente la voz en su idioma: “Labali… Labali” (Mortal, Mortal). No pasó mucho tiempo antes de que estallara la primera sublevación a cargo de Michimalonco, cacique del valle de Aconcagua, quien atacó Concón matando a todos los hispanos que construían una nave en el lugar.

Fue el inicio de la extensa oposición de los recién llegados encontrarían en la población nativa de Chile, primero a mano de los picunche y luego de los aguerridos mapuche.

2. El franciscano amable

Rembrandt

Rembrandt

Ya en tiempos de la independencia, Manuel Rodríguez destacó no sólo por ser un valeroso guerrillero, sino también por su ingenio que le llevó a burlarse más de una vez de las tropas realistas.

En una noche, el acoso de los realistas forzó a Rodríguez a ocultarse al interior de una iglesia. El jefe de los españoles llamó a la puerta siendo recibido por un monje franciscano, a quien le demandó entregar al fugitivo.

El franciscano, con mucha amabilidad, le aseguró que no había visto a nadie ocultarse al interior del templo, pero se ofreció a acompañarlos iluminando su paso con la luz de una vela para que pudieran revisar el recinto y cerciorarse personalmente.

Pese a lo intenso de la búsqueda, los realistas debieron abandonar frustrados tras no hallar rastro del guerrillero. Nunca imaginaron que aquel amable fraile era nada menos que el propio Manuel Rodríguez.

3. El General San Martín… y José de San Martín

General San Martín

General San Martín

Mientras se encontraba en Mendoza, un oficial patriota acudió al despacho del comandante en jefe del Ejército de Chile, el argentino José de San Martín.

- Necesito hablar con don José de San Martín, no con mi General. ¿Me permite usted hacerlo? – dijo el hombre tras saludarlo militarmente.
- Hable usted – respondió afirmativamente.
- Señor, anoche he perdido 2 mil pesos de propiedad de mi batallón. Tenga compasión de mí, le juro que no soy vicioso. Me aflijo por mi anciano padre que morirá de pena si se publica mi falta…
- ¡Basta! – exclamó San Martín, para luego abrir un cajón de su escritorio desde el cual sacó 2 mil pesos, que le entregó al oficial diciéndole: Vaya usted a pagar ese dinero y guarde el más profundo secreto sobre lo que acaba de decirme. Tenga usted mucho cuidado, porque si el general San Martín sabe algo de esto, lo mandará a fusilar en el acto.

4. El Padre “Pata”

Tras el ingreso victorioso de San Martín en Santiago, se enteró de que un sacerdote realista de apellido Zapata, había estado predicando en su contra desde el púlpito, diciendo que era un general hereje, un condenado sin perdón, que no debería llamarse San Martín sino Martín, como aquel otro hereje, Martín Lutero.

Para darle un escarmiento, San Martín hizo que el sacerdote fuera conducido a su presencia.

- Por haber cambiado mi apellido tendrá usted el mismo castigo -le dijo- En adelante se llamará el padre Pata en vez de Zapata. ¡Cuidado con olvidarlo porque le mando a fusilar!

Apenas hubo salido a la calle, un conocido lo llamó por su nombre, a lo que el sacerdote respondió alarmado.

- ¡No soy el padre Zapata sino el padre Pata! ¡De ello depende mi vida!

5. El valor de Paula Jaraquemada

Mineduc

Mineduc

Durante los días de la reconquista, una patrulla española llegó hasta la hacienda de Paula Jaraquemada en Paine, invadiendo su casa en busca de un patriota que se encontraba allí oculto.

Tras buscar en todas las habitaciones, el oficia le exigió a la mujer que le entregara las llaves de la bodega, a lo cual se negó rotundamente. Luego de comprobar que su insistencia no tiene efecto, el militar ordena al batallón dispararle.

Valerosamente, Paula Jaraquemada se acercó hasta quedar a quemarropa de los rifles que le apuntaban, provocando que el jefe de las tropas realistas no se atreviera a repetir su orden, mandando en vez de ello a incendiar la casa.

Nuevamente, la mujer salió al paso desafiante, indicándoles un brasero cercano: “¡Aquí tienen fuego!”.

Sorprendidos ante el temple de Jaraquemada, los militares decidieron retirarse sin causar daños.

6. La “Sargento Candelaria”

Quizá hayas escuchado hablar alguna vez de este personaje. Su verdadero nombre era Candelaria Pérez, y se trataba de una mujer chilena que dirigía una fonda en el puerto peruano del Callao cuando Bulnes invadió el Perú, durante la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana. Por entonces, Candelaria actuaba como espía transmitiendo informaciones a los chilenos, acto por el cual acabó siendo apresada.

Más tarde fue liberada por Bulnes e integrada al Ejército con grado de Sargento. Desde entonces no sólo se encargó de la alimentación de las tropas y de los heridos, sino que participó ella misma en los combates, siendo famosa su participación en la batalla de Yungay donde dirigió asaltos fusil en mano.

Cuando el Ejército chileno regresó victorioso a Santiago, una de las figuras más aplaudidas fue la sargento Candelaria, quien marchó orgullosa frente al pelotón de hombres que comandaba.

Cuadro de Robles Acuña | Capredena

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7. El corazón de un chileno

Cuando la Guerra del Pacífico llevó al Ejército chileno hasta Lima, un sargento fue condecorado por su valentía. Lamentablemente, durante su primera salida de franco en la capital peruana se emborrachó y cometió gran cantidad de desórdenes.

Por este motivo acabó siendo arrestado y llevado a presencia del general Baquedano, para que le aplicara un castigo. El general se sintió indignado cuando comprobó que el hombre, medio borracho todavía, llevaba una grave falta en su uniforme.

- ¿No sabes que las medallas se colocan del lado del corazón? – bramó Baquedano.

El sargento, que con el susto no se había percatado de que tenía la medalla en el lado derecho, replicó:

- Sí, mi general. Lo que sucede es que los chilenos tenemos tan grande el corazón que nos abarca todo el pecho.

Sorprendido por el ingenio de la respuesta, Baquedano le perdonó la falta y le ordenó retirarse.

8. Santa María y el borracho

Santa María

Santa María

Una noche en que el presidente Domingo Santa María pasaba por la Plaza de Armas de Santiago, se topó con un ebrio que dormía plácidamente la mona sobre uno de los bancos. Indignado ante aquel espectáculo en pleno centro, el presidente quiso despertarlo tocándolo con su bastón.

Interrumpido en su sueño, el hombre sólo se dio vuelta para seguir durmiendo, a lo que Santa María insistió. De mal humor y sin dignarse abrir los ojos, el borracho preguntó:

- ¿Quién molesta?

A lo que el presidente respondió: – Santa María.

- Ora pro nobis (ruega por nosotros) – fue la réplica del hombre, quien continuó durmiendo.

Divertido por la respuesta, Santa María le perdonó el castigo, limitándose a aconsejarle que abandonara el vicio de la bebida.

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