Dan y Esther en la Torre Eiffel | CNN

Vivían en diferentes países y un día de casualidad se toparon en la Torre Eiffel: hoy tienen 3 hijos

13 septiembre 2025 | 13:00

Para cualquier persona, visitar París es un sueño hecho realidad. Así lo fue para Dan Giedeman, un estudiante de doctorado en economía que, en 1998, visitó la Ciudad de la Luz. El motivo de su visita fue una conferencia académica, que sin saberlo le cambiaría la vida para siempre.

A todo esto, el joven se encontraba en su último día, cuando decidió visitar la Torre Eiffel, el monumento parisino. Dan estaba esperando el ascensor para subir al mirador, cuando repentinamente se encontró con Esther Wieland, una profesora de 23 años, quien era originaria de Zúrich, Suiza.

Juntos tuvieron un intercambio de miradas, mientras se observaban en silencio. “Estaba sola y pensé que un lunes por la mañana no habría tanta gente para ir a la Torre Eiffel”, afirmó Esther a CNN Travel. “Así que fui a hacer turismo sola, hice fila y me fijé en él”.

Durante esa mañana, Dan recordó que en el mirador parisino se sonrieron y miraban a cada rato. Hasta que en un arrebato de valentía decidió conversar con ella. A pesar de sus dudas, Esther se mostró más que dispuesta a conocerlo en lo que sería una incipiente amistad. “Sugerí almorzar en parte porque era la hora del almuerzo y también pensé que nos daría un poco más de tiempo para hablar”, recordó Esther al medio estadounidense.

Por su parte, Dan reveló que ese día sintió que podría ocurrir cualquier cosa. “No sé si fue amor a primera vista. Pero sin duda existía esa posibilidad”.

Las postales del amor

Mientras compartieron un almuerzo en las cercanías de la Place de l’Alma, ambos hablaron de sus vidas en un día que luego recordarían para siempre.

En ese momento, Esther explicó que estaba en la ciudad visitando a sus tíos, mientras Dan le contó a Esther sobre sus estudios en San Luis, en el estado de Misuri, y sobre sus cuatro hermanos. De igual forma, Esther le habló sobre su infancia como hija única.

Según expresó a CNN Travel, Esther sintió que había conectado emocionalmente con Dan, pese a la distancia geográfica que los separaba. “Me sentí cómoda”, admitió Esther. “Parecía que nos conocíamos; no parecía la primera vez”.


Así las cosas, la pareja disfrutó de un romántico paseo por las maravillas arquitectónicas de París. Hasta que llegó la hora de despedirse.

—Bueno, si te escribo, ¿me responderás? —preguntó Esther.

“Esa fue la primera indicación real, realmente, de que ella también estaba disfrutando el día, de que en cierto modo no solo sentía lástima por ese pobre extranjero que vagaba solo por Europa”, afirmó Dan.

Si bien el sentimiento era recíproco, ambos asumieron que podría ser la última vez que iban a estar juntos. “Pensamos que esa podría ser la última vez que nos viéramos”, remarcó Esther.

De esta manera, Esther y Dan iniciaron un intercambio de cartas y postales, donde aprovechaban de conocerse en el minúsculo espacio de papel. “A menudo transcurría entre 10 y 14 días entre el envío de una tarjeta y la recepción de una carta de respuesta. Así que, cuando llegaba una tarjeta, era como una Navidad y una fiesta sorpresa a la vez”, rememoró Dan.

El amor correspondido entre dos amigos

Después de encontrarse en la cima de la Torre Eiffel, los jóvenes siguieron en contacto, ya sea manteniendo la comunicación mediante cartas o llamadas telefónicas. “Esto fue antes de las llamadas internacionales baratas”, sostuvo Dan. Así pues, pronto se daría cuenta de que ambos mantenían una relación especial. “La llamé y pensé que hablaríamos un par de minutos, y hablamos como una hora. Así que creo que fue la primera cita más cara de mi vida”.

Sin embargo, pese a los miles de kilómetros que los separaban, ambos acordaron que Dan visitaría a Esther en Zurich, Suiza. El vuelo fue programado para mayo de 1999, después de nueve meses desde su primer encuentro.

“Cuando volé a Zúrich para verla, todavía no estaba claro si se trataba de una conexión romántica o no”, subrayó Dan. A pesar de las dudas, pronto despejarían los temores, dado que mantenían un interés mutuo, que nació primero como una amistad.


“Fue como si hubiéramos retomado lo que habíamos dejado en París”, develó Esther. “Recuerdo que, la segunda vez que lo vi, me pregunté: ‘¿Cómo es que sé tanto de esta persona, cómo piensa, quién es?’. La química surgió de repente”.

Acto seguido, Esther invitó a Dan a las cataratas del Rin durante esas tres semanas en que se vieron. Aunque pronto, después de ese panorama vendrían muchos más, mientras mantuvieron el contacto mediante cartas y viajes en Europa y Estados Unidos.

Sobre este tiempo, en que no era fácil mantener la fe intacta, Esther reveló a CNN que siempre supieron que si llegaban a estar juntos, ambos debían esforzarse. “Lo hicimos paso a paso”, dijo Esther. “Desde el primer día, creo que en el fondo, ambos esperábamos que funcionara, pero era como un rompecabezas: cada pieza encajaba”.

Pronto, después de que escribirse todos los días era la única forma de mantener el amor, las condiciones económicas se dieron para que pudieran formalizar la relación. Hoy Dan es profesor y Esther es artista, y juntos viven en Estados Unidos con sus tres hijos.

A pesar de tener a la Torre Eiffel en su corazón, por cosas de la vida, recién regresaron el icónico monumento en 2016, pero siendo un matrimonio. Incluso, pudieron fotografiarse en los mismos lugares como el Jardín de Luxemburgo.

Finalmente, a más de 20 años del encuentro fortuito, Dan y Esther consideran que ese día se dieron varias casualidades para que se conocieran. La pareja reconoció que la mañana de septiembre en que se vieron por primera vez no sospecharon que iban a enamorarse para toda su vida.