Fotografía: Gonzalo Duarte, hasta ayer obispo de Valparaíso | Raúl Zamora | Agencia UNO

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  • Marcelo Soto ingresó al seminario San Rafael de Lo Vásquez en 1991 con el propósito de convertirse en sacerdote. Pero al año siguiente Humberto Henríquez, un sacerdote recién ordenado, le tocó los genitales e intentó abusar de él. Tras ello, denunció la situación al entonces obispo auxiliar de Valparaíso, Javier Prado, y a Gonzalo Duarte, quien era vicario general de la diócesis, quienes no hicieron nada. Este fue uno de los principales factores por los cuales renunció al seminario a principios de 1993. A más de dos décadas de aquello, Soto da su primera entrevista donde cuenta en extenso su caso, valora que el Papa haya aceptado la renuncia del obispo Juan Barros, pero al mismo tiempo cuestiona que Duarte, hasta ayer obispo de Valparaíso, haya renunciado a su cargo por su edad y no por haber encubierto a Henríquez y a otros sacerdotes abusadores. Además, afirma que está esperanzado en que el enviado del Papa, Charles Scicluna, lo reciba a él y a otros denunciantes para contarles sus casos y se tomen medidas al respecto.

    La visita del enviado del Papa, el arzobispo de Malta, Charles Scicluna, a Chile en febrero pasado ha remecido a la iglesia desde entonces. Y ayer tuvo lugar un hito importante luego que se anunciara que la máxima autoridad eclesiástica aceptó la renuncia del cuestionado obispo de Osorno, Juan Barros, quien había sido acusado de encubrir al ex párroco de El Bosque, Fernando Karadima, y que fue uno de los nombres que más le repitieron las víctimas a Scicluna durante las reuniones que sostuvo durante su paso por el país.

    Este martes Scicluna visita Chile por segunda vez, con el fin de seguir recabando más antecedentes de abusos al interior de la institución. En ese contexto, hay un grupo de seis ex seminaristas de Rafael de Lo Vásquez, pertenenciente a la Quinta Región, que tienen la esperanza de que Scicluna los pueda recibir durante su itinerario que finaliza el próximo martes 19 de junio. Su propósito es que el arzobispo pueda conocer los abusos a los que fueron sometidos por parte de algunos sacerdotes de aquel seminario.

    Así lo asegura Marcelo Soto (48), ex seminarista de San Rafael, quien accedió a conversar con Radio Bío Bío para hablar por primera vez en extenso de su caso con algún medio de comunicación. “Nosotros esperamos que nos reciba para contarle lo que nos pasó a cada uno de los denunciantes y pedirle que así como se tomaron y se tomarán medidas en torno a los involucrados al caso Karadima, también se haga lo mismo en la Quinta Región”, afirma Soto.

    En 1992, cuando tenía 22 años, Humberto Henríquez, sacerdote recién ordenado, lo invitó a su dormitorio para que conversaran. Tras un momento incómodo, Henríquez le bajó los pantalones y le tocó los genitales, pero Soto alcanzó a reaccionar, forcejéo y salió de la habitación. Dice que denunció la situación a Gonzalo Duarte, quien en ese entonces se desempeñaba como vicario general de la diócesis de Valparaíso, pero que no hizo nada. Esta y otras decepciones lo llevaron a dejar su vida religiosa al años siguiente.

    “Si me hubiesen escuchado en ese momento y se hubiesen tomado las medidas correspondientes, se habría evitado que Henríquez y otros sacerdotes abusaran de otros seminaristas durante años e incluso décadas”, acusa.

    ¿Cuál fue su experiencia en el Seminario Pontificio San Rafael de Lo Vásquez?

    En 1990 hice el acompañamiento y en 1991 ingresé al seminario con el fin de llegar a ser sacerdote. Yo entré por un profundo llamado interior que sentí para dedicar mi vida al apostolado. Ese año conocí a Humberto Henríquez, quien había terminado sus estudios en Santiago y había había llegado para ordenarse y encaminarse a la diócesis de Valparaíso.

    Al año siguiente comenzamos a tener una relación bastante fluida con Humberto, conversabámos bastante. Uno cuando es seminarista trata de aprender de las personas que ya han vivido ese proceso y tratar de llevarlo de la mejor manera. En el segundo año que yo llevaba ahí se ordenó sacerdote y fue derivado a la parroquia nuestra Señora del Rosario en Quilpué. Ahí nos encontramos nuevamente y él le pidió expresamente al padre Jaime Da Fonseca que yo lo apoyara porque sentía que había cierto feeling, que nos llevábamos bien, que conversábamos, en el fondo, que yo podía ser un buen complemento para su gestión como vicario parroquial.

    Ahí yo comencé a a ayudarlo hasta que en septiembre de 1992, un día domingo terminamos las actividades y me preguntó qué iba a hacer yo y le respondí que por la hora era difícil que me fuera a mi casa, así que haría la hora para devolverme a Lo Vásquez. Nosotros teníamos que entrar a las 8:00 horas. Ahí me invitó a su dormitorio para que converáramos un rato y viéramos una película. Yo acepté la invitación.

    Cuando entramos a su dormitorio justo a él lo llaman y él me dice saca alguna película de las que tengo en tal cajón. Yo inocentemente abrí el cajón, tomé una película que estaba en formato VHS y la puse. En ese momento me di cuenta, con gran asombro, que era una cinta de pornografía gay. En ese momento llegó él y le pregunté qué significaba esa película, que yo no podía ni quería ver algo así. Humberto evadió mi pregunta y me argumentó por qué quería ser cura, que se podía meter con hombres y con mujeres, que podía tener plata y poder. Ahí se me acercó y tocó los genitales porque quería practicarme sexo oral. Acordarme de esto y contarlo no es algo fácil, ya que lo he llevado bajo reserva durante muchos años.

    ¿Qué hizo en ese momento?

    Quedé en blanco mientras él, con una rapidez impresionante, me bajó los pantalones, me tocó los genitales y yo alcancé a empujarlo. Fueron cerca de 30 segundos en los cuales se me vino toda mi vida encima, sentí que fue una eternidad. Después de empujarlo me subí los pantalones y salí del lugar. En ese momento yo tenía 22 años.

    Debe haber sido traumático para usted

    Junto con haber sido traumático, también fue decepcionante porque todo lo en lo que yo creía y me proyectaba sobre la vida religiosa en ese momento se me cayó en un instante. En ese momento comencé una tremenda crisis porque no era lo que yo pensaba, no era lo que me había imaginado. Se me deformó la imagen que tenía de la iglesia y de los curas, ya que una persona como él en ese momento sintetizaba lo que yo creía que eran los curas.

    ¿Qué hizo después de esto?

    Al día siguiente me fui al seminario, llegué mucho más temprano que todos. Fui a mi dormitorio y lloré durante un largo rato sin saber qué hacer, sin tener claro qué era lo correcto. Yo acostumbraba a ser alguien alegre y extrovertido, pero tras ese episodio anduve como una semana más callado que de costumbre y con poco ánimo. Algunas personas se dieron cuenta de eso y me preguntaban qué me pasaba, pero yo no les decía nada. Y después de esa semana decidí denunciar el hecho ante Javier Prado, quien ese momento era el obispo auxiliar de Valparaíso. Le conté lo que había pasado y él me respondió que no podía tomar ninguna determinación hasta conversar con Humberto Henríquez para tener su versión.

    En ese momento Gonzalo Duarte era vicario general de la diócesis y era mi director espiritual. A la semana siguiente me llamaron los dos, Prado y Duarte, para decirme que habían hablado con Humberto y que él les había dicho ‘todo lo que yo he conversado con Marcelo queda bajo el secreto de confesión’, por lo tanto, no podía decir nada. Pese a ello, aseguraron que lo iban a enviar a tratarse con un psicólogo. Además, Javier Prado me dijo algo que me dejó atónito: ‘Marcelo, ¿tú qué hiciste para que él haya actuado de esa manera? ¿No habrás sido tú el que dio el pie para que él hiciera esto?’ Para mí eso fue la guinda de la torta porque, desde su punto de vista, yo pasaba a ser el culpable.

    Por su parte, Duarte me sugirió que no lo comentara con nadie porque siempre el hilo se corta por lo más delgado. Con esto intentaron amenazarme para que me quedara callado. Esto fue a fines de septiembre de 1992. Tras ello, entré en una profunda crisis y estoicamente terminé el año. Me fue bastante bien, pero ya tenía la cabeza en otro lado. De hecho, Humberto Henríquez me llamó dos o tres veces al seminario para reírse de mí. Me dijo en una ocasión que él era intocable, que le sabía muchos secretos a los sacerdotes que estaban por sobre él, que no le iban a hacer nada.

    Después de eso volví a señalarles a Prado y Duarte que Henríquez me seguía llamando al seminario para acosarme. No me creyeron. Así que en febrero de 1993 decidí irme y le informé mi decisión a Duarte, junto con afirmarle que yo no transaría ni mis principios ni mis valores. Ahí Duarte me respondió que lo mejor era que me fuera porque, según él, yo no tenía vocación. Tras irme tuve este secreto guardado por casi 20 años.

    Además de Henríquez, ¿hubo alguien más que intentara abusar de usted o que tuviera conductas impropias?

    Una vez Javier Prado me dio un beso en la boca. Lo que pasaba es que yo tenía serios problemas afectivos, había tenido una relación muy sufrida con mi padre y siempre me faltó tener una imagen paternal. Y Prado me decía que era como un padre para mí. Cuando tú tienes esas carencias, si hay alguien que tiene un cariño fraternal hacia ti, tú te refugias. Y una vez él comenzó a saludarme en la cara y para mí al principio era un poco chocante porque mi padre nunca me saludó de esa forma. Aunque yo no lo tomé mal, más bien sentía que era rico que alguien me valorara y me demostrara cariño. Eso hasta que un día él me iba a saludar de un beso en la cara pero me la corrió y me dio un beso en la mitad de la boca. Después de eso decidí nunca más saludarlo de ese modo y solo darle un saludo de manos.

    ¿Viste conductas abusivas y/o impropias de algunos sacerdotes hacia otros seminaristas?

    Vi a varios sacerdotes teniendo conductas impropias hacia algunos seminaristas, entre los que estaban Gonzalo Duarte, Humberto Henríquez y Javier Prado. En el caso de Duarte, por ejemplo, era mucho de andar tocando a los seminaristas, de hacerles mucho cariño en la cabeza, en los hombres, en el cuerpo, aunque nunca vi que les tocara los genitales.

    ¿Cuándo decidiste dar a conocer de forma pública tu caso?

    Mantuve guardado el secreto hasta que el año 2012 vi en los medios una acusación de Mauricio Pulgar, tras lo que Gonzalo Duarte intentó desmentirlo. Como vi que estaban atacándolo decidí contactarme con él y le revelé mi secreto. Le dije que yo había vivido lo mismo y que si me hubiesen hecho caso Humberto Henríquez no habría abusado de él como ocurrió. Y quizás con cuántos otros seminaristas hizo lo mismo.

    Yo lo ayudé en el caso judicial que él emprendió contra Henríquez y otros sacerdotes abusadores, lo autoricé a poner mi nombre y fui a declarar como testigo. El problema fue que el caso fue declarado prescrito por los tribunales. Desde ese momento con Mauricio nos hemos acompañado en este calvario que hemos vivido. Incluso a mi me han amenazado con que la Iglesia presentará querellas en mi contra.

    ¿Qué piensa de las acciones que se están tomando para limpiar de alguna manera la iglesia chilena? Por ejemplo, ayer se anunció que el Papa Francisco aceptó la renuncia del cuestionado obispo de Osorno, Juan Barros

    Considero bueno que se estén tomando este tipo de acciones, pero ojalá que sean acciones definitivas, que sean radicales. La Iglesia tiene que extirpar estos tumores que son los obispos que han ayudado a encubrir a los abusadores, brindándoles impunidad para que sigan desarrollando sus conductas. Yo tengo mi tesis de por qué algunos obispos no han tomado acciones concretas y a tiempo con sacerdotes denunciados.

    ¿Cuál es su tesis?

    Mi tesis es que son hijos del mínimo esfuerzo. ‘Hay que tapar esto porque así vivimos más tranquilos, la Iglesia sigue con su poder, somos intocables’. Esto es como echar la basura debajo de la alfombra. Y no han mirado la otra parte, que es la gente que han dañado. Ellos se han protegido entre ellos y las víctimas para ellos terminan siendo casi victimarios porque, desde su perspectiva torcida, ven que las personas que hemos denunciado le estamos haciendo daño a la Iglesia, que le estamos haciendo daño.

    Y en el caso de Gonzalo Duarte, hasta ayer obispo de Valparaíso ¿cómo ve que él haya pedido la renuncia porque se le vencía el límite de tiempo, la cual fue aceptada por el Papa, en vez de que haya salido por las denuncias que ha habido en su contra?

    Me parece pésimo. Sin embargo, tengo la secreta esperanza de que estos casos salgan a la luz y se vayan resolvando porque no es justo que Gonzalo Duarte salga por la puerta ancha. Él siempre supo de las denuncias que pesaban contra Humberto Henríquez y pudo tomar medidas, pero lo único que hizo fue enviarlo a San Felipe, es decir, se lavó las manos y le pasó la pelota a otro.

    Usted junto a otros denunciantes le pidieron una entrevista al enviado del Papa, Charles Scicluna, para contarles de sus casos

    Efectivamente, la semana pasada le enviamos una carta al arzobispo de Malta, Charles Scicluna, pidiéndole que nos pueda recibir durante esta nueva visita a Chile, pero hasta el momento no nos han respondido. Nosotros esperamos que nos reciba para contarle lo que nos pasó a cada uno de los denunciantes y pedirle que así como se tomaron y se tomarán medidas en torno a los involucrados al caso Karadima, también se haga lo mismo en la Quinta Región.

    ¿Cuándo sabrán si se reúnen con Scicluna?

    Deberíamos saber durante el transcurso de la semana. En total somos seis personas las que estamos denunciando estos abusos y que esperamos reunirnos con el enviado del Papa. Sería un paso importante para que él escuche directamente de la gente involucrada cómo fueron los hechos y tras ello él saque sus propias conclusiones. Creo que es el momento de que se tomen las medidas correctivas en toda la iglesia.

    ¿Están evaluando otro tipo de medidas?

    Así es, estamos evaluando si seguimos algunas acciones legales de tipo civil, lo que definiremos dentro de las próximas semanas.

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