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De la calle a la presidencia de Liberia, la historia de George Weah

ARCHIVO Issouf Sanogo /Agence France-Presse
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Una inmensa fotografía cuelga de la parte trasera de un camión. En medio de un fondo blanco, un tipo de lentes y perfecto nudo de corbata mira al frente con serenidad. A su lado aparece un eslogan en rojo y azul: “Change for Hope”. Bajo el inmenso cartel, un hombre de camisa calipso metida en los pantalones camina con una radio en la mano, escuchando los resultados de las elecciones presidenciales. Unas horas más tardes sabría que George Weah es el nuevo presidente de Liberia, un país democrático, pero siempre asediado por el fantasma de brutales guerras pasadas.

Weah nació en octubre del ’66, cuando la elite libero americana –los Congos- dominaba el país, fundado con el nombre de Liberia por Estados Unidos, que enviaba esclavos liberados para que tutelaran la nación. Toda su familia pertenece a la etnia Kru.

George vivía junto a sus padres y sus once hermanos en una de las regiones más pobres del país. A él lo mandaron a vivir con su abuela en Clara Town, uno de los suburbios más bravos de Monrovia, con la única intención de que haya pudiese sobrevivir. Eran calles en las que la vida valía poco, embarradas de marginalidad y de sueños rotos.

Ni él ni el 95% de los “autóctonos” podía postularse a cargos de poder y se tenían que conformar que las migajas que creaban la ilusión de igualdad.
Su abuela no lo dejaba salir a jugar a la pelota, pero él se las arreglaba para irse a hurtadillas del ojo vigilante de la mujer. Se pasaba el día en una calle sin asfaltar con el cuero bajo su pie, con el barro cubriéndole los tobillos en invierno. No era cualquier jugador y se hizo notar.

Dejó los estudios, que después retomaría, para jugar en una liga. Empezó con la camiseta del Mighty Barrolle y luego se fue al Invincible Eleven en el que firmó 24 goles en 23 encuentros. Pero con el fútbol no alcanzaba y también tenía que trabajar de telefonista.

Esos destellos de temible goleador le abrieron las fronteras. En el ’88, con 21 años, firmó un contrato con el Tonnerre Yaoundé de Camerún. En una liga de más tonelaje su nivel no menguó y llamó la atención de Arsene Wenger, el técnico que empezaba a labrarse un nombre en Europa dirigiendo al Mónaco.

Wegner dispuso un plan de entrenamiento para el recién llegado. Su nueva y secreta joya necesitaba pulirse ante de saltar al ruedo. Con la camiseta roja y blanca se exhibió como un delantero de potencia descomunal, veloz, sin florituras pero con una implacable definición. Se fue al Paris Saint Germain y allí hizo eclosión. El club parisino le plantaba cara a los grandes del continente y Weah no apagaba su ardiente deseo en los grandes escenarios. Le llegaron varios ofertas. Se mudó a Italia para jugar en el imperial Milan de Fabio Capello, con la titánica misión de reemplazar a Marco Van Basten, el crack maldecido por las lesiones. Milán ha sido tierra de goleadores fecundos y Weah estuvo a la altura de la tradición. Sus goles llevaron al “rossonero” al scudetto y lo lanzaron en la carrera por el Balón de Oro. Se impuso a Jürgen Klinsmann y a otro cañonero que sacudía Europa por esos tiempos con la camiseta del Ajax: el finlandés Jari Litmanen. Hasta hoy es el único africano en conseguir tal distinción.

Ganó una liga más en Italia y se siguió llenado de loas. El tiempo hizo lo suyo. Con 33 años, cedió su puesto de titular ante un Andriy Shevchenko que explotaba con la incandescencia de una supernova. Se fue al Chelsea, un equipo importante, pero que aún no contaba con los millones de Román Abramóvich. Fue titular en Wembley en la final de la FA Cup ante el Aston Villa que se terminó decantando para el lado de los “blues”. Terminó su carrera en el Al Jazira, en la exótica liga de los Emiratos Árabes Unidos. Un año después de su retiro, Pelé le hizo justicia y lo puso en la lista de los 100 mejores jugadores vivos de la historia.

Mientras Weah cabalgaba en Europa, su país se consumía en la deflagración. Charles Taylor acabó con la dictadura de Samuel Kanyon Doe e inició la propia, que duraría catorce años. Doscientos cincuenta mil muertos y cuarenta mil niños soldados son parte de las estadísticas de la vergüenza. El delantero, casado con una estadounidense, sacó de Liberia a muchos de sus familiares y se los llevó a vivir a Nueva York. En 1996 manifestó que las Naciones Unidas debían hacerse cargo de Liberia. Luego de su declaración, tropas leales a Taylor asaltaron su casa y violaron a dos de sus primas.

Con las espinosas imágenes de la guerra dándole vueltas en su cabeza, Weah pasó de las canchas a la política. No titubeó, y sin ninguna experiencia previa, en 2005 se lanzó por la presidencia. Se impuso en primera vuelta, aunque se quedó corto en la segunda ante Ellen Johnson-Sirleaf, la primera mujer en ser elegida en un país africano y la líder del país en los últimos doce años. “La votación fue todo menos democrática, libre y transparente”, se quejó luego de conocer los resultados.

Impulsado por su espíritu competitivo, el ariete se presentó para vicepresidente en 2011 y volvió a ser derrotado en las urnas. En 2014 consiguió un cupo en el Senado, sin embargo, en su cabeza seguía estando la presidencia. Por más de diez años fraguó su desembarco.

A diferencia de sus otras candidaturas, esta vez el exfutbolista llegaba como ganador seguro. La gente lo ve como un héroe salido del barrio que se encumbró hasta el estrellado sin olvidar su origen. Para el pueblo es “Mister George”, el hombre que impidió la desaparición de la selección de Liberia, pagando los viajes, siendo entrenador y casi clasificando al equipo al mundial. “Weah viene de abajo, es un hijo de la tierra: es una estrella, pero lleva el país en el corazón”, expresó Oliver Myers, un desempleado de 39 años ilusionada con la llegada del ídolo del pueblo.

En las elecciones anteriores, las luces de su popularidad fueron opacadas por su falta de preparación académica. Sus críticos le enrostraban que apenas había terminado su formación secundaria. Consiente de este problema, en 2011 se gradúo en la Devry University de Florida.

Construyó su campaña con promesas sociales, recalcando dos de sus medidas: educación universitaria gratuita y descenso del desempleo. Hizo gala del poder de negociación de un político e incorporó a su lista, como vicepresidenta, a Jewel Howard, ex esposa de Taylor, una mujer odiada, pero muy respetada en el distrito de Bong, clave para las elecciones.

Su principal rival era Josef Bakai, el actual vicepresidente del país. En primera vuelta se las tuvo que ver con Prince Johnson, el asesino de Samuel Doe, un veterano de guerra de Taylor que acabó en el Parlamento y que auguraba el renacimiento de la belicosidad con la llega al poder de Weah. Sus rivales también lo acusaron de borracho, de ser más “estadounidense” que liberiano, de tener un programa poco preciso y de ausentarse del Senado.

Ningún dardo hizo mella. Weah se terminó imponiendo con el 61,5 % de los votos. Le tomó más de una década tener su revancha. Hoy, sentado en el sillón presidencial, a treinta minutos del barrio en el que creció, tendrá que demostrar que el niño que creció en las calles nunca ha olvidado a los suyos.

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