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El Mundial de fútbol crea ídolos inesperados que pueden convertirse en leyendas o desaparecer. Salvatore Schillaci se destacó en Italia 1990, pero no mantuvo su nivel. Oleg Salenko anotó cinco goles en un partido en Estados Unidos 1994, pero luego no destacó. Roger Milla fue un veterano héroe de Camerún en Italia 1990. El Hadji Diouf deslumbró en Corea-Japón 2002 pero no cumplió expectativas en clubes. Asamoah Gyan falló un penal crucial en Sudáfrica 2010. James Rodríguez brilló en Brasil 2014 pero no mantuvo su nivel. David Odonkor sorprendió en Alemania 2006 pero las lesiones limitaron su carrera.
Cada cuatro años el Mundial de fútbol fabrica ídolos impensados. Algunos aprovechan ese impulso para convertirse en leyendas. Otros viven el mejor mes de su carrera y, pese a la fama, los contratos millonarios y las portadas, jamás vuelven a jugar al mismo nivel.
Un Mundial tiene algo que ningún otro torneo ofrece. Puede convertir a un desconocido en una celebridad planetaria en apenas cuatro semanas.
Mientras figuras como Pelé, Maradona, Ronaldo o Messi confirmaron una grandeza que ya se intuía, otros vivieron una historia muy distinta. Fueron los protagonistas insospechados de una Copa del Mundo, emocionaron a millones de personas y parecían destinados a dominar el fútbol durante años, pero el destino tenía otros planes.
Estas son algunas de las historias más llamativas.
Salvatore ‘Toto’ Schillaci (Italia 1990)
En el verano de 1990, Salvatore Schillaci no figuraba entre las grandes estrellas del fútbol italiano.
Había nacido en Palermo y había construido su carrera lejos de los gigantes de la Serie A. Tras destacar en el Messina, la Juventus lo fichó apenas un año antes del Mundial. Su primera temporada fue buena, pero no extraordinaria.
Italia contaba con delanteros de mucho mayor prestigio, como Andrea Carnevale y Roberto Baggio. Schillaci apenas había disputado un puñado de partidos con la selección y llegó al torneo como suplente.
Nadie imaginaba que sería el rostro del Mundial.
Y durante la Copa del Mundo en su país, el destino de ‘Toto’ cambió en el partido inaugural.
Italia sufría para vencer a Austria cuando el seleccionador Azeglio Vicini decidió enviar a Schillaci al campo. Pocos minutos después marcó de cabeza el gol del triunfo y aquella anotación cambió su vida.
Nunca volvió al banco. Partido tras partido siguió anotando. Le convirtió a Checoslovaquia, Uruguay, Irlanda y Argentina. Incluso en el partido por el tercer puesto volvió a marcar frente a Inglaterra.
Terminó el torneo con seis goles. Fue el máximo goleador, Balón de Oro al mejor jugador del Mundial y símbolo de toda una nación
Durante un mes entero pareció el heredero de Paolo Rossi, pero después del evento planetario no pudo mantener el nivel. Schillaci siguió algunas temporadas en la Juventus, pero nunca volvió a acercarse a su explosión mundialista.
En 1992 fichó por el Inter de Milán, donde alternó buenas actuaciones con largas lesiones y pérdida de protagonismo. La selección italiana también cambió de generación. Schillaci fue desapareciendo de las convocatorias y no disputó otro Mundial.
En 1994 tomó una decisión poco habitual para una figura europea y esa fue marcharse a Japón para jugar con el Júbilo Iwata, cuando la liga japonesa recién comenzaba a profesionalizarse. Allí terminó su carrera.
Oleg Salenko (Estados Unidos 1994)
El delantero ruso era un jugador correcto, pero lejos del grupo de las grandes figuras europeas.
Había jugado en el Dinamo Kiev y posteriormente en el Logroñés español, un club modesto de LaLiga. Su nombre apenas aparecía en las conversaciones sobre los mejores atacantes del continente.
Rusia llegaba a Estados Unidos 1994 sin demasiadas expectativas. Su debut fue discreto, perdió frente a Brasil, y luego cayó ante Suecia para quedar eliminada.
Parecía un Mundial olvidable para Salenko. Sin embargo, en el último partido ocurrió algo irrepetible al marcar cinco goles ante Camerún.
Nadie ha vuelto a repetir semejante registro en una Copa del Mundo. Además había anotado un penal frente a Suecia, por lo que terminó como goleador de la Copa del Mundo con seis tantos, junto con el búlgaro Hristo Stoichkov.
El dato sigue siendo increíble. El máximo anotador del torneo disputó únicamente tres partidos.
No obstante, después de la cita en EEUU aquella actuación nunca tuvo continuidad. Pasó por Valencia, Rangers, İstanbulspor, Córdoba y varios clubes menores.
Las lesiones comenzaron a acumularse y jamás logró consolidarse como una figura internacional. Nunca volvió a jugar un Mundial.
Roger Milla (Italia 1990)
A diferencia de otros casos, Roger Milla no era un desconocido. Había sido uno de los mejores futbolistas africanos de los años ochenta y había desarrollado una larga carrera en Francia.
Sin embargo, cuando llegó a Italia 90 tenía 38 años y prácticamente estaba retirado. El presidente de Camerún, Paul Biya, le pidió personalmente que regresara para jugar el Mundial.
Aceptó casi como un último servicio a su país y lo que siguió pertenece a la historia del fútbol. Entró como suplente ante Rumania y marcó dos goles.
Después volvió a anotar frente a Colombia en octavos de final, aprovechando un histórico error del arquero René Higuita. Cada gol iba acompañado por su famoso baile junto al banderín del córner.
Camerún derrotó al campeón defensor Argentina en el partido inaugural y llegó hasta cuartos de final. Nunca antes una selección africana había alcanzado esa instancia y Milla se convirtió en un símbolo del continente.
Después del Mundial, Roger continuó jugando algunos años y volvió incluso en Estados Unidos 1994, donde con 42 años marcó otro gol y se convirtió en el goleador más veterano de la historia de los Mundiales. Luego se retiró definitivamente.
Su leyenda quedó asociada para siempre a Italia 90.
El Hadji Diouf (Corea-Japón 2002)
El otrora delantero, hoy de 45 años, era una de las grandes promesas del fútbol senegalés. Jugaba en el Lens francés, donde destacaba por su velocidad, desequilibrio y personalidad.
Senegal debutaba en un Mundial y todo comenzó con una sorpresa histórica. Derrotó 1-0 a Francia, vigente campeona del mundo, donde Diouf no marcó, pero fue el futbolista que desequilibró constantemente a la defensa de los ‘Bleus’.
A partir de allí se convirtió en una de las grandes figuras del torneo. Senegal alcanzó los cuartos de final eliminando a Suecia y Diouf parecía destinado a convertirse en uno de los mejores delanteros del mundo.
Tras la cita en Asia, Liverpool pagó una cifra muy elevada para ficharlo, pero nunca cumplió las expectativas. Apenas mostró destellos en los ‘Reds’.
Con el paso de los años comenzó a ser más conocido por sus discusiones con entrenadores, rivales y aficionados que por su rendimiento. Pasó por Bolton, Sunderland, Blackburn, Leeds y otros equipos sin recuperar el brillo de 2002.
Para muchos seguidores ingleses sigue siendo uno de los fichajes más decepcionantes de la era moderna.
Asamoah Gyan (Sudáfrica 2010)
Asamoah Gyan ya era la principal figura de Ghana. Había brillado en el Rennes francés y posteriormente en el fútbol inglés.
No era un desconocido, pero todavía no pertenecía al grupo de las grandes estrellas internacionales. Durante el Mundial fue el líder absoluto de Ghana al marcar goles decisivos y llevó a su selección hasta los cuartos de final.
Entonces llegó una de las escenas más dramáticas en la historia de los Mundiales. Último minuto del tiempo suplementario, penal para los africanos y Gyan se paró frente al balón.
Si convertía, Ghana sería el primer país africano en alcanzar unas semifinales. Disparó y el balón golpeó el travesaño. Uruguay sobrevivió y terminó clasificando por penales.
En pocos segundos, Gyan pasó de poder convertirse en el héroe más grande del fútbol africano a cargar con una de sus imágenes más dolorosas.
Tras el Mundial de las ‘Vuvuzelas’, Asamoah siguió teniendo una carrera importante, especialmente en Emiratos Árabes Unidos y con la selección ghanesa. Se convirtió en el máximo goleador histórico de Ghana y disputó varios Mundiales más.
Sin embargo, nunca volvió a encontrarse tan cerca de hacer historia como aquella noche en Johannesburgo.
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James Rodríguez (Brasil 2014)
El mediocampista colombiano ya era considerado uno de los grandes talentos sudamericanos. Había brillado en Banfield, Porto y Mónaco.
Quienes seguían el fútbol europeo conocían su calidad, pero todavía no pertenecía a la élite. Brasil 2014 sería su presentación ante el gran público.
Y el Mundial fue el torneo de su vida. Marcó seis goles y
se convirtió en goleador del campeonato.
Además, James anotó una espectacular volea contra Uruguay que posteriormente ganó el Premio Puskas al mejor gol del año.
Con apenas 22 años parecía llamado a dominar el fútbol mundial durante una década. El Real Madrid pagó cerca de 80 millones de euros para incorporarlo.
Tras el Mundial su paso por Madrid comenzó muy bien, pero pronto aparecieron las lesiones y también la irregularidad.
Los cambios de entrenador redujeron su protagonismo. Pasó por Bayern Múnich, Everton, Al-Rayyan, Olympiacos, Sao Paulo, Rayo Vallecano y León sin volver a alcanzar el nivel de Brasil 2014.
Siguió siendo un buen futbolista, especialmente con la selección colombiana, pero nunca volvió a parecer el jugador destinado a competir por el Balón de Oro.
David Odonkor (Alemania 2006)
Odonkor era un extremo muy rápido del Borussia Dortmund. No era titular indiscutido y ni siquiera figuraba entre las mayores promesas del fútbol alemán.
Su convocatoria al Mundial en suelo germano sorprendió a muchos. El seleccionador Jürgen Klinsmann encontró un papel perfecto para él.
Entraba desde el banco cuando los rivales estaban cansados. Su velocidad desbordaba defensas y su asistencia frente a Polonia permitió el gol decisivo de Oliver Neuville.
Cada ingreso generaba entusiasmo entre los aficionados alemanes. Parecía una futura estrella y el Real Betis apostó fuerte por contratarlo.
Pero las lesiones comenzaron inmediatamente tras la cita planetaria. Problemas musculares y de rodilla limitaron casi toda su carrera. Nunca logró consolidarse en España.
Terminó pasando por clubes menores antes de retirarse relativamente joven. Su recuerdo quedó ligado casi exclusivamente a Alemania 2006.
Esto demuestra que un Mundial es distinto al resto del fútbol. Dura apenas un mes, se juega bajo enorme presión, cualquier gol cambia una carrera y un gran torneo basta para firmar un contrato multimillonario.
Pero después llega la realidad con las lesiones, la competencia, las expectativas y la dificultad de sostener aquel nivel.
Muchos fueron estrellas durante 30 días, pero muy pocos lograron serlo durante un período prolongado de años.
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