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El 22 de marzo de 1817, el gobierno de Bernardo O’Higgins ordenó suprimir los títulos de nobleza en Chile. Aunque desde los tiempos de la Patria Vieja se hablaba de un país democrático, promoviendo la igualdad ante la ley y eliminando privilegios, en la sociedad —principalmente en la santiaguina— seguían presentes los títulos nobiliarios, los escudos de armas y los árboles genealógicos.
El fin de los símbolos de nobleza
Por entonces, era conocido el proverbio “padre mercader, hijo caballero, nieto pordiosero”, reflejando el paso de la riqueza obtenida con esfuerzo hacia la ociosidad y, finalmente, la miseria. Las fortunas desaparecían rápidamente, pero no así los títulos ni los escudos de armas, que muchas familias exhibían en lugares visibles de sus viviendas. El decreto firmado ese 22 de marzo establecía que, si en toda sociedad el individuo debe distinguirse por su virtud y mérito, en una república resultaba intolerable el uso de símbolos que proclamaban la nobleza de los antepasados, muchas veces otorgada como recompensa por servicios cuestionables.
En ese contexto, se ordenó que en un plazo de ocho días se retiraran de las fachadas todos los escudos e insignias nobiliarias. El decreto fue publicado el 26 de marzo en la Gazeta del Gobierno, acompañado de una nota editorial que criticaba el “fanatismo de nobleza”. A partir de entonces, estos símbolos fueron eliminados, destruidos o cubiertos, aunque algunos persistieron durante décadas. Seis meses más tarde, el 13 de septiembre, otro decreto abolió definitivamente los títulos hereditarios de nobleza y toda condecoración que no hubiese sido otorgada por gobiernos libres de América, consolidando así la medida iniciada en marzo de 1817.
En este video, Nibaldo Mosciatti narra este momento que marcó la historia.