Ética y transparencia de BioBioChile
Al periodista, sociólogo y gestor cultural Arturo Navarro le tocó hacer su práctica profesional en octubre de 1973, en el diario de gobierno, cuando comenzaba la dictadura. Duró los tres meses necesarios para aprobarla y de allí, a buscar donde se pudiera.
Todo ello, y lo que siguió, lo cuenta en el prólogo de “Apsi: Periodismo en Dictadura”, el libro que acaba de lanzar. Allí reúne columnas de quienes compartieron su experiencia, abriendo un fascinante mundo tras bambalinas lleno de detalles de lo que cada cual vivió en esos años.
“La importancia de “Apsi” es que fue la primera revista autorizada por la dictadura”, dice Arturo en conversación con Ana Josefa Silva y Marco Antonio de la Parra en el programa “Del Fin del Mundo”, de BioBio TV. Y es que Apsi fue presentada como una empresa privada, una “agencia publicitaria”, que se dedicaría a la Actualidad Internacional. Así nació la Agencia Publicitaria de Servicios Informativos, APSI, una idea que le agradece a su amigo abogado Jose Molina Valdivieso.
“Cuando me di cuenta que se cumplían 50 años desde que apareció APSI decidí llamar a los mismos que colaboraron para ver si les parecía escribir algo; y la respuesta fue ¡salvaje! Ahí en el libro hay 14 textos. Se tocó la tecla y es como si APSI hubiera seguido existiendo”.
Cada columnista relata su experiencia, lo que termina por completar una rica mirada panorámica a la verdadera aventura que fue editar la revista.
“Teníamos un convenio muy importante con el kioskero de la calle Huérfanos que era quien rescataba los diarios extranjeros que sobraban en los aviones”, cuenta.
También recuerda que “los primeros tres números fue en una imprenta que funcionaba en el garage de la casa de la familia Domínguez Benítez, una familia que cantaba. Ahí había una linotipia antigua. Jorge Domínguez se asoció con José Sanfuentes y crearon DSD Domínguez, Sanfuentes Impresores.
“En esas tres primeras impresiones estábamos todos nosotros mirando porque era un espectáculo ver funcionando la linotipia. Rafael Otano estaba ahí con un lápiz BIC negro para corregir las erratas que aparecían”.
“Nosotros teníamos que entregar los artículos escritos a máquina para la censura previa. Los aprobaban y ahí poder ir a la imprenta, y luego chequear que lo impreso fuera lo mismo que estaba autorizado.
Ese trámite podía demorar, entonces un día no llegué con los artículos a tiempo y el linotipista se había ido para su casa. Pepe Sanfuentes salió a buscarlo sólo teniendo como referencia que vivía en la Población José María Caro”.
Esas son algunas de las “aventuras” que vivieron Arturo Navarro y su equipo y que rescatan en este apasionante y valioso libro.