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Un modernizado “Don Giovanni” por el que vale la pena viajar a Rancagua

Ralf (CC)
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Con un sólido elenco de cantantes chilenos y en una provocadora producción dirigida por el argentino Marcelo Lombardero que traslada la acción del siglo XVII a la actualidad, el Teatro Regional de esa ciudad está presentando hasta el lunes la clásica ópera de Mozart, con la que se inaugura la temporada lírica 2016 en Chile.

Por Joel Poblete

Luego del memorable estreno en Latinoamérica de la ópera barroca “Platée”, de Rameau, coproducida en alianza con Buenos Aires y por la cual recibieron el premio del Círculo de Críticos de Arte de Chile como lo mejor en Ópera Internacional del año pasado, el Teatro Regional de Rancagua que dirige Marcelo Vidal sigue dando nuevos e importantes pasos en el género operístico. Tal como el año pasado sucediera con su montaje de “El barbero de Sevilla”, están inaugurando la temporada lírica a nivel nacional en estas fechas, meses antes que otros escenarios del país. Y su propuesta para este año contempla nuevos y prometedores desafíos: no sólo contarán con otro estreno de una obra barroca que permanece inédita en Chile -”Las Indias galantes”, también de Rameau, en junio- y una nueva producción para la hermosa “Orfeo” de Monteverdi a fines de septiembre, sino además en estos días están iniciando su ciclo con la que es considerada una de las mejores óperas de la historia: “Don Giovanni”, de Mozart, que luego de una función privada el jueves 31 de marzo, tuvo su estreno oficial este viernes 01.

Auténtica obra maestra en su espléndida conjunción entre la música del célebre compositor -a quien el teatro rancagüino dedicó un festival artístico durante estas últimas semanas- y el agudo libreto de Lorenzo Da Ponte, desde su estreno en 1787 esta adaptación de la legendaria historia del seductor y libertino Don Juan que deambula entre el drama y la comedia ha fascinado a musicólogos, expertos en teatro y el público en general, y ofrece un enorme potencial tanto en su partitura como en lo escénico.

En el apartado musical, la propuesta del Teatro Regional de Rancagua es muy contundente. Bajo la batuta del argentino Marcelo Birman, el mismo que el año pasado dirigiera el debut de “Platée”, la Orquesta Clásica Nuevo Mundo cautiva con sus instrumentos preparados para sonar de la manera más parecida posible a como se supone que eran ejecutados en los tiempos de Mozart; con una lectura dinámica y vehemente, desde la obertura conducida con mayor agilidad de lo habitual en adelante, Birman sorprendió con algunas opciones de ritmo e intensidad, incluso extrayendo de la agrupación sonoridades que subrayan ecos del futuro musical, como en la intensidad y dramatismo de la escena entre Don Giovanni y el Comendador, que por momentos sonó hasta wagneriana. Y no se puede dejar de mencionar el aporte de Manuel de Olaso en el fortepiano -instrumento de teclado que acompaña los diálogos de los solistas entre los distintos números musicales-, que data de principios del siglo XIX y perteneció al mismísimo Bernardo O’Higgins.

Atento tanto a los músicos como a lo que ocurría en escena, Birman también dejó una buena impresión con el equilibrio sonoro entre el foso orquestal y los cantantes, además de la apuesta en incluir ornamentos y variaciones vocales en las repeticiones de algunos números musicales, opción que en algunos momentos quizás no convenza del todo a algunos operáticos, por ejemplo, en el aria de Don Ottavio “Dalla sua pace”. Tanto por estos criterios musicales como por las propuestas teatrales que se vieron sobre el escenario, estas funciones de Rancagua difícilmente se podrían calificar de rutinarias o convencionales.

Los roles solistas son interpretados por algunos de los mejores cantantes chilenos de la actualidad. El nivel general es sólido y convincente, tanto en la entrega vocal como en el despliegue actoral de los artistas, brillando especialmente el Don Giovanni de Patricio Sabaté, el Leporello de Ricardo Seguel y la Doña Elvira de la soprano Catalina Bertucci. Los dos primeros, ambos barítonos, ya se lucieron en los mismos roles la última vez que la obra se presentó en Chile, en el Teatro Municipal de Santiago en 2012, y ofrecen retratos muy logrados: mientras Sabaté es un efectivo Don Giovanni, tan seductor como audaz y desafiante, bien cantado, atento a las sutilezas y hábil al momento de resolver los fragmentos más exigentes -como la endiabladamente ligera “Fin ch’han dal vino” o el arduo desenlace de la ópera-, con su simpatía y sentido del humor Seguel conquista una vez más al público como el divertido criado, y proyecta muy bien su voz cada vez más robusta y atractiva. Por su parte, Bertucci, quien interpretara a Zerlina en el ya mencionado “Don Giovanni” santiaguino de 2012 y el año pasado fuera una excelente Anne Trulove en “La carrera de un libertino” de Stravinsky en ese mismo escenario, fue ahora una espléndida Elvira, creíble en sus ambivalentes sentimientos hacia el protagonista y bellamente cantada, con estilo y expresividad.

También estuvieron muy bien el Masetto del barítono Javier Weibel y la Zerlina más desenvuelta y sexy de lo habitual encarnada por la soprano Marcela González Janvier, mientras el bajo barítono Sergio Gallardo, sin tener la voz estentórea y profunda que muchos asocian con el rol, de todos modos en lo vocal fue un efectivo Comendador, mientras en lo teatral su personaje apareció desdibujado, pero no por culpa del intérprete, sino de la propuesta escénica. A pesar de exhibir sus talentos y reconocidas habilidades vocales que les permitieron ofrecer algunos excelentes momentos, menos unanimidad podrían despertar el tenor Exequiel Sánchez como Don Ottavio y la soprano Patricia Cifuentes como Doña Anna (ambos dos de las figuras más inolvidables del “Platée” del año pasado en Rancagua): si bien en esta oportunidad su voz y emisión no parecieron totalmente idóneas para el rol, en lo estilístico él resolvió de manera notable los arduos ornamentos de su “Il mio tesoro” y trató de hacer lo mejor que pudo con un personaje que siempre cuesta hacer convincente o interesante para el espectador; por su parte, Doña Anna siempre es un desafío ya que su vocalidad requiere una soprano con características muy especiales considerando que tiene momentos de mucho dramatismo, pero también debe cantar fragmentos ligeros y de indudable brillo, y en su actuación Cifuentes estuvo bien en lo actoral pero aunque lució sus ya conocidas virtudes como cantante, no siempre convenció en la adecuación de su instrumento al personaje (como en el exigente “Or sai chi l’onore”).

¿Y la puesta en escena? Adaptando un montaje que ya presentaron en el Teatro Avenida de Buenos Aires en 2014, está en manos de un equipo de artistas argentinos -escenografía, proyecciones y diseños virtuales de Diego Siliano, vestuario de Luciana Gutman e iluminación de Horacio Efron- encabezados por el reconocido director teatral Marcelo Lombardero, quien ya ha sido responsable de memorables y elogiados espectáculos líricos en el Municipal de Santiago, incluyendo “Tristán e Isolda” de Wagner, el estreno latinoamericano de “Billy Budd” de Britten y estrenos en Chile como “El castillo de Barba Azul” de Bartok, “Lady Macbeth de Mtsensk” de Shostakovich, “Ariadna en Naxos” de Strauss y el año pasado “La carrera de un libertino”.

Indudablemente lo escénico es uno de los puntos más llamativos de este “Don Giovanni”, y no deja a nadie indiferente, al trasladar la historia del siglo XVII a nuestros días, incluyendo de manera inteligente y oportuna elementos que forman parte de la vida cotidiana, desde teléfonos móviles a otros dispositivos tecnológicos que permiten ingeniosas interacciones visuales que complementan lo que se ve en escena (por ejemplo, el clásico catálogo en el que el criado Leporello lleva el listado de mujeres que su patrón ha seducido en todo el mundo, ya no es un libro sino un implemento mucho más moderno y actual, y la lista en España incluye hasta a la actriz Rossy de Palma y la ya fallecida Duquesa de Alba). Lombardero ya ha triunfado en ocasiones anteriores alterando el marco histórico de las óperas que aborda, y considerando la universalidad del mito de Don Giovanni y los distintos temas y elementos que éste simboliza, en verdad la idea no es para nada descabellada, como ya lo han demostrado propuestas similares en los últimos años en distintos escenarios internacionales.

Los resultados de lo planteado por la puesta en escena deben tener su veredicto definitivo por parte del público: así como muchos la aplauden con entusiasmo y reconocen que hay momentos en verdad geniales, habrá otros que no queden totalmente convencidos o no compartirán el consenso ante algunos elementos claramente provocadores, como por ejemplo las numerosas alusiones e insinuaciones sexuales (en particular el enfoque menos ingenuo y más abiertamente erótico del personaje de Zerlina) o la recurrente adicción a la cocaína de Don Giovanni y su criado. De todos modos hay que rescatar que a pesar de esos elementos y la actualización de la trama, en general Lombardero y su equipo respetan el sentido de la historia, y no hay que olvidar que la sensualidad siempre ha estado presente en esta obra de Mozart. Hay ideas que no terminan de cuajar, como el desafío entre el protagonista y el Comendador que originalmente debería transcurrir en un cementerio, o la forma en que se resuelve el enfrentamiento final entre ambos (incluyendo el desenlace de Don Giovanni); en ambos casos esas escenas, que deberían ser potentes y efectivas, no funcionan del todo, ya sea porque se prestan para lo humorístico o porque su fuerza dramática está atenuada y casi diluida.

Más allá de esos detalles, Lombardero utiliza muy bien el espacio escénico y busca desarrollar la historia de manera ágil, aprovechando lo mejor posible los momentos que permiten mayor acción en el escenario, como las intervenciones del coro dirigido por Paula Torres, cuyos integrantes además de cantar muy bien se prestan con soltura y convicción a los requerimientos teatrales e incluso en la interacción con los bailarines y actores que ejecutan la acertada coreografía de Ignacio González Cano.

No deja de ser sintomático que las dos más recientes versiones de “Don Giovanni” que hemos visto en Chile, la del Municipal de Santiago en 2012 y esta actual del Regional de Rancagua, hayan optado por nuevas propuestas para desarrollar la historia original desde un prisma distinto. La primera, que incorporaba elementos vampíricos, no logró convencer, y esta nueva que se puede ver en estos días provoca e interpela al espectador con sus resonancias contemporáneas. ¿Qué mejor demostración de que el genio de Mozart se mantiene vigente a más de 200 años de su muerte, que comprobar cómo sus obras maestras pueden mantener su esencia a pesar de los cambios y modificaciones de turno, hablándole al público y permitiéndole reflexionar en pleno siglo XXI? En lo que respecta a este montaje que abrió la temporada de ópera 2016 en Chile, definitivamente es digno de ser recomendado y vale completamente la pena viajar a verlo en Rancagua. Un nuevo logro para aplaudir en ese teatro, y otro motivo para permanecer expectantes ante los otros dos títulos que incluye su programación lírica para este año.

Las siguientes funciones de “Don Giovanni” serán este sábado 02 y lunes 04; en esta última el rol protagónico será cantado por el barítono Eleomar Cuello Calles.

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