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Talento archivado: el injusto olvido del compositor Enrique Soro

Enrique Soro | www.memoriachilena.cl
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¿En qué momento el “más inspirado compositor de toda la América” pasó a la condena del olvido? Pese al reconocimiento que obtuvo en nuestro país, en Europa y en Estados Unidos, el recuerdo de Enrique Soro Barriga, ubicado entre los primeros sinfonistas de esta tierra, al parecer se diluyó en el patrimonio humano chileno.

Incluso en su natal Concepción su nombre no suena mucho más que en un pasaje de San Pedro de la Paz o en una escuela de Villa Candelaria de la misma comuna. Soro nació el 15 de julio de 1884 en una casa ubicada en lo que hoy se conoce como la avenida Arturo Prat, y la influencia musical provino de su padre, el compositor italiano José Soro Sforza.

Según consignó en 1975 Raquel Bustos Valderrama en la Revista Musical Chilena, el talento de Enrique Soro se hizo patente desde su infancia, “componiendo desde los tres años y ofreciendo a los cinco un concierto con sus propias creaciones“. Uno de sus formadores en Concepción, el maestro italiano Domingo Brescia, le recomendó trasladarse a Santiago junto a su madre, Pilar Barriga.

El periodista Francisco Darmendrail, quien mantiene el blog Historia Social y Política de Concepción, destaca el trabajo de Soro y cómo entró en los hogares de destacados personajes capitalinos: “Se codeó con lo mejor que había en la capital. Iba a conciertos privados, tocaba piano en casas de destacados aristócratas de la época. Eso ya es un honor muy grande que hoy no se reconoce”, señala.

Lo anterior le sirvió como una carta de presentación ante el Senado, que le otorgó una beca para cursar estudios de música en el extranjero. En primera instancia llegó a París en 1898 -alrededor de los 14 años- y luego arribó al reputado Conservatorio “Giuseppe Verdi” de Milán. Bajo la formación de destacados maestros, la mayor parte de sus composiciones que se hicieron famosas tuvieron lugar en la península itálica.

Entre sus obras se encuentra Romanza para violín y piano (estrenada en 1900), Cuarteto en La Mayor para dos violines (que se conoció en 1903) y, quizás una de sus piezas más populares, Andante Apassionato en 1901 que, consigna Revista Musical Chilena, fue el punto cúlmine de su curso de contrapunto y fuga.

https://youtu.be/mrePEpUwqJM

Previo a su retorno, una gira lo llevó a codearse con compositores de la talla de Piero Mascagni, Camille Saint-Saëns y Théodore Dubois, que lo impulsó en el continente europeo y que también cimentó su venida, apoyado por la prensa de Santiago y Concepción que seguía atentamente sus pasos.

Ya de vuelta, casi la totalidad de su carrera la efectuó en Santiago, aunque constantemente se presentaba en los escenarios penquistas y hasta una muy avanzada edad recibió homenajes de la Municipalidad de Concepción. Su arribo al Conservatorio Nacional de Música se concretó en 1906, lugar en donde llegó a desempeñarse como director desde 1919.

Entre sus viajes destacaron sus presentaciones en Estados Unidos, donde tuvo la oportunidad de brindar su obra en la Casa Blanca y en el Carnegie Hall de Nueva York. En esta ciudad firmó un contrato de 50 años con G. Schirmer Inc., compañía especializada en música clásica con un amplio catálogo de compositores.

Antes de asumir la dirección del Conservatorio Nacional, en 1918 estrenó el Gran Concierto en Re Mayor, que le valió una crítica más que favorable tanto en nuestro país como en otras latitudes.

https://youtu.be/hZ1NQ-3VEOg

El punto de consolidación lo marcó su Sinfonía Romántica, estrenada en 1921 y que, según señaló la prensa en ese entonces, tuvo una preparación que se extendió por tres años. Esto le significó tomar un lugar entre los pocos sinfonistas chilenos.

https://youtu.be/L9C2n-pqMTY

El reconocimiento y la intensa actividad pública de Soro tuvieron un hiato en 1928, a un año de la llegada al poder de Carlos Ibáñez del Campo que intervino el Conservatorio, lo que significó que el compositor debiera dejar su cargo. Revista Musical advierte eso sí que siguió formando a talentos “muy seleccionados”, mientras continuaba enviando sus obras a Schrirmer en el amrco de su contrato.

La reaparición en la vida pública, aparte de algunos conciertos en el tramo anterior, se dio cuando ya estaba instalado Pedro Aguirre Cerda en la Presidencia. Así, el Gobierno lo homenajeó en 1940 por su trayectoria, mientras que en 1943 recibió el Premio Nacional de Arte.

De su última época surge Tres aires chilenos, en 1942. La que tal vez es su obra más conocida, recoge toda la corriente romántica combinada con los sonidos criollos. Esto fue una marca característica de sus creaciones, lo que propició que su impacto se diera a nivel transversal en las clases sociales, no solo en los estratos más altos.

https://youtu.be/FC5_n6Qo-X4

Afectado de un cáncer, y con el dolor de haber perdido a su esposa Adriana Cardemil -con quien se casó en 1924-, Enrique Soro falleció en Santiago el 3 de diciembre de 1954 a los 70 años.

El desvanecimiento de la memoria

Si bien Soro no es el único penquista “olvidado”, su caso llama la atención por la influencia que éste ejerció en el ambiente musical chileno en los albores del siglo XX y el marcado contraste con la situación actual, donde su nombre es casi desconocido.

Es más, en Santiago es más factible escuchar conciertos dedicados por entero a su persona -usualmente a cargo de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Chile- que en Concepción, donde su nombre figura a través de la interpretación de algunas piezas o de su reconocida Sinfonía Romántica.

Para Francisco Darmendrail, el análisis es complejo y parte por el poco conocimiento que existe en torno a la música docta.

En Chile no hay muchos seguidores de música selecta, o melómanos. Tomando en consideración ese parámetro, si pregunto a una persona cuántos compositores de música chilenos conoce, es menos. Si uno pregunta ‘¿ubicas a Vicente Bianchi o a Pedro Humberto Allende?’, es poco probable que obtengas una respuesta. Son compositores chilenos, pero no muchos lo ubican“, sentencia.

Su opinión no es antojadiza. La producción musical en Chile dedicó en 2013 el 1,4% de los discos a la música clásica, según el Informe Anual de Cultura y Tiempo Libre publicado por el Instituto Nacional de Estadísticas en noviembre de 2014. El mismo documento evidencia también que la asistencia a conciertos de este tipo también es más reducida, representando un 29% del total de las funciones de música de nuestro país. Eso sí, menos de la mitad pagó por entrar a uno de estos conciertos.

A lo anterior, Darmendrail suma el escaso interés por el rescate del patrimonio musical, humano e incluso arquitectónico. “Un día en el año sobre patrimonio, ¿no crees que es poco? Debiera ser más seguido. no es necesario que solo el Estado deba meter las manos, esto tiene que partir de la sociedad“, añade.

Un factor no menor es la poca difusión que ha tenido la obra de Enrique Soro. El grueso de sus creaciones se encuentra en manos de un pariente del compositor en un hogar de Valparaíso, sin posibilidad de que sea registrado y dado a conocer al mundo.

El diagnóstico de las razones del olvido dista de poder expresarse en unos cuantos párrafos. Mientras tanto, y pese a las iniciativas esporádicas por poder perpetuar su legado, Enrique Soro continuará siendo una expresión empleada por quienes habitan en dicho pasaje de San Pedro de la Paz, por los alumnos del establecimiento educacional de Candelaria o, más lejos incluso, de una escuela de música en Quilicura.

https://youtu.be/qQyVtbXimC8

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