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Crítica de Teatro: “Smiley, una historia de amor”

Teatro Sidarte (c)
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El catalán Guillem Clua escribió este texto que la directora Miriam González adaptó para el público chileno. Un título publicitado como comedia romántica ganadora de tres premios Butaca 2013 (mejor guión, actor y obra) y mejor obra (revista Time Out).

Los actores Luis Olea y Andrés Sánchez, integrantes de la compañía La Pluma (“Waking Up”) son los encargados de ponerla en escena.

Tema central: que el amor es uno solo, cualquiera sea la conformación de la pareja.

Idea todavía en pleno debate y que provoca reacciones brutales en los sectores más conservadores e influyentes de la sociedad.

No es primera vez que el tema homosexual sube a un escenario. Dan cuenta de esta sensibilidad, entre otros, el montaje sobre el libro de Jorge Marchant-Lazcano, “Sangre como la mía” (2011), y “Romeo prisionero” (en cartelera), versión de Felipe Ríos sobre el clásico de Shakespeare.

Y aún se recuerda la última obra de Andrés Pérez, “La huida” (2001), con la historia de un botillero y su amante, un joven poblacional.

Ocurre en el marco del “fondeamiento” en el mar de homosexuales, durante el gobierno del general Carlos Ibáñez del Campo (1927 y 1932). Un montaje de alto nivel artístico.

Soledad y felicidad

Dos jóvenes gay protagonizan esta historia de amor que comienza con una cita a ciegas.

La relación, que tiene un desarrollo previsible, se caracteriza por divertidos altibajos, originados en la desconfianza e incertidumbre inicial, y por las diferencias educacionales y de expectativas que cada uno tiene.

Lo único común es la soledad y la búsqueda intensa del amor y la felicidad. Y el afán y los modos de la conquista.

En términos generales, “Smiley” gira en torno al te quiero-no te quiero-no sé si te quiero…, como si fuera una sola escena alargada.

Una escenografía que remite al mesón de un bar es el espacio elegido para la sucesión de anécdotas que van dibujando aspectos cotidianos del mundo gay.

Así, la obra se hace contingente, más aún si la adaptación recoge códigos chilenos atribuidos a los homosexuales.

Todo se hace con velocidad y diálogo chispeante. La comicidad de los gestos amanerados y de las situaciones simpáticas de confrontación se acomodan al formato del esquetch, con momentos farsescos e, incluso, de caricatura.

Son recursos de actuación con que la directora parece subrayar esa idea de la espontaneidad escénica, a partir de actuarse a sí mismo.

De este modo, se subraya el carácter humano de sentimientos y emociones simples y cotidianas en la pareja gay.

En una propuesta en que predomina el dibujo más externo de los protagonistas, el dúo dialoga con chispa y efectividad.

Leopoldo Pulgar

Leopoldo Pulgar

La obra tiene algunos momentos “brechtianos”: detiene la acción y, por ejemplo, los protagonistas explican a los heterosexuales de la platea -que los actores buscan con la mirada y el gesto… por si hay alguno- chistes y alusiones a los códigos íntimos gay, muy bien apreciados por buena parte del público.

Es posible pensar que, por su perfil y opciones escénicas, esta obra corre el riesgo de hacer propaganda homosexual más que (o junto con) mostrar una cierta realidad del mundo gay.

Leopoldo Pulgar Ibarra
Periodista

Sala Sidarte. Ernesto Pinto L. 131. Fono 2 777 19 66 / reservasteatro@sidarte.cl. Jueves a sábado, 20:30 horas. $5.000 general; $3.000 Estudiantes y tercera edad. Jueves popular $3.000. Hasta el 23 de Mayo.

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