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Iguales ante la ley

Tribunales de Justicia de Santiago (c)
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En el relato ‘Ante la Ley’, Kafka muestra que la ley tiene esas paradojas en las que se ofrece y se niega al mismo tiempo. Es un baile entre la legalidad y la justicia, que mientras más necesaria y esperanzadora, más irritante y frustrante se muestra.

Texto de Fernando Balcells

Los episodios de incomunicación profunda y de violencia verbal no son raros en el país. Lo que es nuevo es que quienes se sienten tratados injustamente sean los empresarios. Para entender su reclamo es necesario asumir que existe un movimiento social empresarial que pide derechos y dignidades que estima legítimamente ganados y que siente amenazados desde distintos lados. Basta mirar desde este ángulo el conflicto de los empresarios gastronómicos en Providencia para encontrar ese tipo de arraigo en los reclamos de distintos gremios. Lo que iguala a estudiantes, inmigrantes y empresarios es el desamparo de su triste figura ante la fuerza imperturbable de la ley.

Se puede negar la pertinencia de esta asimilación que, en muchos sentidos fundamentales es efectivamente injusta. ¡Como comparar la reivindicación de privilegios por las clases dominantes con el reclamo de equidad de los sectores más vulnerables! ¡Como comparar a las necesidades de la creación de riqueza con la demanda de los que quieren apropiarse de sus frutos sin pagarlos! Y todavía podemos abundar en la disyunción con las opiniones de Vicente Huidobro… La justicia de Chile… lleva en un platillo de la balanza la verdad y en el otro platillo, un queso. La balanza inclinada del lado del queso. Una justicia tuerta. El ojo que mira a los grandes de la tierra, sellado, lacrado por un peso fuerte y sólo abierto el otro, el que se dirige a los pequeños, a los débiles.

No asustarse, solo estamos poniéndonos en la ficción del aldeano de Kafka, de visita en Chile y detenido a las puertas de la ley. Sometido a la ausencia de un rostro que se le anuncia y se escabulle, que le impone la calvicie de su razón enigmática y lo deja plantado en la puerta. Es en esa posición y en ese debate discursivo que la justicia nos iguala en su desprecio. Digo que hay que escuchar a los empresarios a pesar de sus precarias razones y sus dificultades expresivas porque hay que apoyarlos en su tránsito a la modernidad.

La escucha tiene que ser directa. Tolerancia y respeto no consisten en asistir a conferencias amortiguadas ni en oír impávidos los golpes de un habla agramatical que arroja amenazas y ruidos como cosas. La lengua del mal hablado –estudiante o empresario- es un nudo incomprensible que surge de manera indignada e inexpresable de la denegación del oído de la ley.

Lo que cambia entre escuchar y ser escuchado es el lugar del protagonista de la acción, que pasa desde el que habla al que escucha. En Chile, tenemos mucho que decirnos y el habla del que se expresa es urgente pero menos crítica para la convivencia que el oído del que escucha con apertura, con completa atención y con riesgo para su integridad. No hay otra manera de escuchar y de hacer justicia.

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