Medios internacionales dieron cuenta de la historia del maquillador venezolano Andry Hernández, hombre que dejó su país natal y cruzó la peligrosa selva del Darién para juntarse con su novio Paul Díaz en Estados Unidos. No obstante, fue deportado y enviado al CECOT El Salvador.
Después de cuatro meses preso en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), a donde había sido enviado por las autoridades estadounidenses, fue liberado junto a sus 251 compañeros de infortunio y ahora está de regreso en su país.
Ambos se conocieron por internet hace dos años y, sin haberse visto personalmente, habían planeado encontrarse en Filadelfia para formar una pareja. Soñaban incluso con fundar una asociación para ayudar a niños con VIH y cáncer.
En 2024, como otros 300.000 venezolanos, se lanzó a atravesar la selva del Darién, que ha costado la vida a muchos migrantes. En su bolsillo llevaba dos brazaletes idénticos para Paul y él. Cruzó Centroamérica, incluso la frontera estadounidense, pero fue detenido y expulsado a México.
Entonces pidió cita con las autoridades estadounidenses a través de la aplicación CBP One, que permitía a los migrantes indocumentados —especialmente a los venezolanos— solicitar asilo en Estados Unidos. Le asignaron fecha: el 29 de agosto de 2024.
“Lo logré”, recuerda haber pensado al cruzar la frontera nuevamente y ver la bandera estadounidense. Pero fue una desilusión.
Lo cierto es que dos coronas tatuadas en sus muñecas hicieron que los servicios de seguridad lo catalogaran como peligroso y probablemente miembro del Tren de Aragua. Aunque explicó que nunca había sido condenado ni acusado y que los tatuajes representaban a los Reyes Magos, no le creyeron.
Fue enviado a un centro de detención en Otay Mesa, California, junto a un centenar de personas, la mayoría venezolanos tatuados. “Ese día pensé en mis padres, en Paul, en todo lo que había arriesgado para no conseguir nada”, dice.
La historia de Andry Hernández
Formó parte de los 252 venezolanos que la administración Trump expulsó al Cecot, amparado en la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798. Siguieron cuatro meses de golpes, insultos y abusos sexuales en el Cecot.
“Soy gay, soy peluquero, por favor no me corten el cabello, ¡no soy un criminal!”, recuerda haber suplicado en vano a los guardias, arrodillado en el suelo de la prisión inaugurada por Bukele en 2023.
Un día, sofocado por el calor y con un dolor de cabeza insoportable, se agachó para echarse agua. “¿Qué haces bañándote a escondidas? Eso no está permitido, tenemos que castigarte”, le gritó un guardia. Lo llevaron a una celda de aislamiento de 9 m², sin luz ni ventilación, apodada “la isla”.
“Me dijeron: ‘¡arrodíllate!"”, recuerda Andry. “Sentí que cuatro personas me rodeaban, me tocaban; uno me obligó a hacerle sexo oral, otro frotaba mis partes íntimas con una porra, me la colocaban entre las piernas y la empujaban hacia arriba”.
Su liberación fue un alivio. Fue recibido como un héroe en Capacho. Saborea la libertad recuperada, pero las posibilidades de construir una vida con Paul se han reducido.
“Hay que tener los pies en la tierra, hay que enfrentar la realidad: él está allá, yo estoy aquí”, dice antes de romper en llanto. Andry no descarta intentar regresar a Estados Unidos. “Si me permiten entrar, sí, iré”, afirma, aunque por ahora el plan es reencontrarse con Paul en Colombia en unos meses.