Sociedad
Miércoles 01 abril de 2020 | Publicado a las 09:00
5 relatos de trabajadores "invisibles" e imprescindibles para sociedades confinadas por Covid-19
Por Bernardita Villa
La información es de Agence France-Presse
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Enfermeras, basureros, repartidores domiciliarios y cajeras -entre otros oficios a menudo menospreciados- siguen trabajando en la sombra en todo el mundo, expuestos al riesgo de contraer la Covid-19, por el bienestar de la población.

Un verdadero ej√©rcito de “invisibles” sin los cuales los pa√≠ses que decretaron el confinamiento de la poblaci√≥n quedar√≠an paralizados.

La agencia de noticias AFP difunde el testimonio de algunos de esos sacrificados trabajadores en cinco países de Europa.

РEster Piccinini, enfermera en Bérgamo, Italia

Ester Piccinini, enfermera de 27 a√Īos, vive en Albino, un pueblo cerca de B√©rgamo, norte de Italia. Trabaja en el Hospital Humanitas Gavazzeni de B√©rgamo, una de las ciudades m√°s golpeadas por el nuevo coronavirus.

Desde hace un mes, su vida se ha visto alterada. Antes de la pandemia, era coordinadora del ala de los “pacientes privados”, donde se alojaban los pacientes en espera de una operaci√≥n quir√ļrgica. Desde el 1 de marzo, el ala est√° dedicada al coronavirus. All√≠ se instalan los pacientes m√°s graves, que necesitan asistencia respiratoria antes de ser trasladados a cuidados intensivos.

“En la actualidad tenemos 44 pacientes que tienen la Covid-19 (…) Mi trabajo ha cambiado completamente”, afirma.

Para trabajar, debe equiparse con trajes especiales y máscarillas. Casada, sin hijos, gana entre 1.400 y 1.500 euros por mes (entre un millón 300 mil y un millón 400 mil pesos chilenos).

“Ya no veo a mis padres, porque no quiero arriesgarme a infectarlos. Por la ma√Īana, cuando llego al servicio, hago la se√Īal de la cruz esperando que todo vaya bien. No lo hago por m√≠, no me preocupo por m√≠ porque estoy protegida. Pero espero que los pacientes est√©n bien”, reconoci√≥.

“Cuando un paciente es trasladado a cuidados intensivos, significa que su situaci√≥n es cr√≠tica. Tratamos de tranquilizarlos. Una caricia vale m√°s que mil palabras”, dice.

– Ana Bel√©n, cajera en Alcorc√≥n, Espa√Īa

Ana Bel√©n, 46 a√Īos, es cajera en un supermercado de Alcorc√≥n, a 13 kil√≥metros de Madrid.

En Espa√Īa, el segundo pa√≠s m√°s afligido por la pandemia detr√°s de Italia, “las cajeras han tomado conciencia del riesgo de contagio pero los clientes, depende…”, afirma Ana Bel√©n, cajera desde hace 26 a√Īos.

“No se puede comparar a las cajeras con el personal sanitario, pero digamos que la conciencia real de que hay que protegerse unos a otros, no la tenemos del todo. Hay clientes que todav√≠a vienen al supermercado todos los d√≠as (…)”, constata esta delegada para la prevenci√≥n del sindicato Comisiones Obreras (CCOO), en la regi√≥n de Madrid, la m√°s afectada de Espa√Īa.

“La recomendaci√≥n ahora es hablar lo menos posible. Hay clientes que son conscientes de la situaci√≥n, otros que tambi√©n nos dirigen palabras de aliento”.

Ana hace aplicar las nuevas medidas contra el contagio en este supermercado de Alcorc√≥n. “Actualmente, 90% de las cajeras llevan guantes, m√°scaras. Hay l√≠neas de se√Īalizaci√≥n en el suelo, tabiques, gel hidroalcoh√≥lico… recomendamos pagar con tarjeta de cr√©dito”, explica.

“Ya no hay las colas que hab√≠a al principio del estado de alarma (decretado el 14 de marzo), todo est√° m√°s tranquilo”, pero las cajeras acumulan tensi√≥n observa Ana.

“Sabemos que tenemos que ir a trabajar al supermercado, sabemos que tenemos que hacer este servicio”, subraya Ana.

“Pero en las cajas, 95% de los empleados son mujeres, con frecuencia con ni√Īos, ancianos o dependientes de los que se ocupan… As√≠ que vienes a la caja registradora, pero al mismo tiempo piensas en tu madre, considerada m√°s de riesgo, te preguntas si solo le traes sus provisiones, si vas a transmitirle el virus…”, se√Īala.

РMohamed, basurero en París, Francia

Mohamed, 40 a√Īos, basurero en Par√≠s, destaca la soledad del trabajo desde que el confinamiento dej√≥ las calles vac√≠as.

“Uno se siente solo en el mundo, no hay nadie con quien hablar”, conf√≠a Mohamed, que toma el transporte p√ļblico cada d√≠a para llegar a su puesto de trabajo en un distrito del noreste parisino.

“Vamos con una bola de angustia en el est√≥mago, pero no tenemos opci√≥n. Me gustar√≠a que me hicieran un test y si el test fuera negativo ir√≠a al trabajo con m√°s tranquilidad”, dice Mohamed que trabaja del mediod√≠a hasta las ocho de la noche y gana 1.550 euros mensuales.

Cuando “eso empez√≥”, cuenta, recordando las primeras semanas de marzo, “no ten√≠amos nada, no ten√≠amos equipo”. Pero uno de sus compa√Īeros dio positivo al coronavirus y entonces llegaron los guantes, las m√°scaras y el gel hidroalcoh√≥lico.

Mohamed vive con la “angustia” de poner en peligro a sus padres de 70 y 80 a√Īos, con quienes vive.

Desde el inicio del confinamiento, Mohamed constat√≥ un cambio en la mirada de la gente. “Hay quienes nos saludan, que nos desean buena suerte. Nos sentimos valorados y nos da un poco de alegr√≠a”, dice.

A veces, en algunas calles de París, cuando pasan los basureros, la gente los aplaude desde el balcón, observó AFP.

“Tambi√©n hay gente que se desplaza 4 metros cuando nos ven. Tienen miedo. Los entiendo”, dice Mohamed.

– Usman, repartidor en Bruselas

Usman, 22 a√Īos, repartidor de comidas en Bruselas, trabaja con “un poco” de miedo porque no sabe si sus clientes est√°n afectados por el virus.

“Cuando llego a la casa del cliente, pongo el paquete en el maletero de mi bicicleta, digo hola y me aparto para que tome su pedido”, cuenta, imitando la escena, delante del mostrador de Konbini Kitchen (especializado en comida asi√°tica), donde los cocineros preparan los platos para llevar.

Desde el brote de la Covid-19, se ha erigido en la acera una “barricada de seguridad”, compuesta de cajones, para respetar las distancias de seguridad entre la cocina y los repartidores que esperan ser contactados.

Gorro de lana en la cabeza, Usman no lleva m√°scara. “Hab√≠a comprado una caja al principio pero ya no tengo m√°s y no consegu√≠ otra”, comenta.

Entre los repartidores que esperan junto a él, algunos llevan guantes azules de protección, pagados, como las máscaras, con su dinero.

Usman, cuya familia es oriunda de Guinea, ha recibido algunas propinas “un poco m√°s importantes, dos euros” desde la crisis sanitaria, pero no en todos los casos.

Dice que hace una “decena de entregas al d√≠a”, por unos 400 euros a la semana en su bicicleta el√©ctrica, que alquila por 170 euros al mes.

A pesar de las grandes dificultades para trabajar en este contexto, también hay satisfacciones.

“Los clientes nos dicen ‘gracias por su valent√≠a’. Es un placer seguir trabajando”, dice Salahedin, uno de los cocineros.

РDirk Foermer, enfermero auxiliar en Berlín

Dirk Foermer, de 50 a√Īos, es auxiliar de enfermer√≠a en una residencia de ancianos de Berl√≠n desde 1996.

En la residencia hay 37 ancianos, de los cuales muchos sufren de demencia.

“En este momento, la situaci√≥n de las personas empleadas en residencias de ancianos, tiendas, etc. es m√°s reconocida, algo agradable, por supuesto”, dice Foermer.

“La poblaci√≥n se da cuenta de cu√°nto depende en realidad de esos empleados. Es gratificante”, dice Foermer.

Muchas de las nuevas normas sanitarias son difíciles de aceptar para las personas con demencia.

“Se les puede decir que es peligroso y que no se debe salir (…) Otros no entienden por qu√© sus familias no los visitan. En particular, se utiliza Skype o FaceTime” para mantener el contacto con los familiares, explica.

Uno de los principales temores de Dirk es la posible aparición de casos de covid-19 en su establecimiento.

“Anteriormente, los residentes a veces quer√≠an abrazarnos, este gesto es dif√≠cil en este momento, tenemos que mantener las distancias”, afirma.

“Tenemos gente con la que hemos forjado lazos muy fuertes y si los perdi√©ramos por el virus, ser√≠a muy dif√≠cil. Llevamos m√°scaras y batas” y “todo est√° desinfectado” pero “por supuesto, no somos un servicio de cuidados intensivos.”, se√Īala.

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