Atrás, muy atrás, han quedado los días en que los Supercampeones (y especialmente Bruce) nos enseñaron que el balón es nuestro amigo. Hoy, los especialistas nos advierten que tal vez ya no sea tan así.

Tomemos lo ocurrido en enero de 2017. En un partido de la Premier League, el mediocampista Ryan Mason, del Hull City, salta en medio de un tiro de esquina para cabecear el balón y defender su portería. Detrás de él, Gary Cahill corre y se lanza en busca de la pelota. Su cabeza se estrella contra la de Mason. Las imágenes dejan en evidencia la fuerza del choque.

Ambos caen y se retuercen en el pasto. Después de ser atendido diez minutos en la cancha, Mason es llevado al hospital St. Mary de Londres, donde es sometido a una cirugía para tratar una fractura de cráneo. Luego de ocho días internado, comienza un largo proceso de recuperación que tuvo su veredicto en febrero de este año.

Caen's French midfielder Julien Feret (L) vies for the ball with Saint-Etienne's Jordan Veretout during the French L1 football match between Caen (SM Caen) and Saint-Etienne (AS Saint-Etienne) on October 23, 2016 at the Michel-d'Ornano stadium in Caen, northwestern France.
Charly Triballeau | Agence France-Presse

Según reportó The Guardian, el Hull City informó que “Ryan ha buscado la guía de numerosos neurólogos y neurocirujanos que le han aconsejado no volver al fútbol competitivo”.

Así terminó la carrera de Ryan Mason, de solo 26 años: “No tengo más opción que retirarme debido a los riesgos derivados de la naturaleza de mi lesión”.

La reciente noticia puso una vez más en evidencia los riesgos del fútbol, particularmente de una acción común y necesaria en este deporte. Y aunque el lamentable caso de Mason es un accidente, un reciente estudio publicado en abril, como reporta Sciencedaily, propone que la acumulación de los cabezazos normales a largo plazo puede causar daños graves al cerebro.

Daño evitable

“Por lo general se considera que los impactos no intencionales en la cabeza son la causa más común de concusión cerebral en el fútbol (…), pero los impactos intencionales, esto es, los cabezazos al balón, no son benignos” afirma Michael Lipton, médico que lideró la investigación desarrollada por el Albert Einstein College of Medicine, de Nueva York.

Según Lipton, el grupo de investigadores ya había mostrado en un estudio anterior que los cabezazos frecuentes sí causan síntomas de concusión.

“Ahora hemos encontrado que cabecear también parece alterar las funciones cognitivas, al menos temporalmente” explica.

Esta investigación, desarrollado entre 308 futbolistas amateur de Nueva York, es el primero en comparar los efectos cognitivos de las colisiones accidentales entre jugadores con los provocados por los cabezazos.

Los participantes, con edades entre los 18 y los 55 años, de los que un 78% fueron hombres, se sometieron a pruebas de aprendizaje verbal, memoria de trabajo, velocidad psicomotora y atención, entre otros parámetros.

Según la información aportada por los sujetos, en las dos semanas que comprendió el estudio cada uno cabeceó el balón un promedio de 45 veces, y al menos un tercio de los jugadores sufrió un impacto accidental en la cabeza, como patadas, choques o golpes por caídas.

Jorge Guerrero | Agence France-Presse
Jorge Guerrero | Agence France-Presse

En los resultados se descubrió que aquellos que reportaron la mayor cantidad de golpes y cabezazos tuvieron los desempeños más bajos en las pruebas de velocidad psicomotora y de atención, áreas que son afectadas por el daño cerebral.

Aunque estos cambios en las funciones cognitiva no implican un deterioro mayor, la preocupación de los investigadores es que el impacto acumulado pueda causar cambios microestructurales en el cerebro, lo que podría a su vez provocar un daño permanente en las funciones.

Por eso, la postura de Lipton es clara: “Cabecear es una fuente potencial de daño cerebral, y como esta acción puede ser controlada por el jugador, sus consecuencias pueden ser prevenidas”.

La relación de Lipton con el estudio de esta clase de lesiones no es nueva. A mediados del año pasado, declaró a la revista Wired que la pregunta a contestar no era si acaso golpear repetidamente el balón con la cabeza produce daños, sino cuántos de estos impactos terminarían por desencadenar daños funcionales.

El especialista ya había publicado en 2013 una investigación con una posible respuesta: considerando que en cada partido un futbolista cabecea entre seis y doce veces pelotas que van a unos 80 kilómetros por hora, y que en una jornada normal de entrenamiento se realizan ejercicios de 30 cabezazos seguidos, los problemas de memoria podrían aparecer luego de 1.800 cabezazos.

Lipton insiste en que se requieren estudios de mayor alcance para confirmar estas proyecciones. Pero su trabajo en el área ya ha levantado la preocupación al respecto entre jugadores profesionales y amateurs en Estados Unidos.

Fútbol y football

Durante mucho tiempo, en el país del norte, el monopolio de la preocupación por las lesiones cerebrales en el deporte lo tuvo el fútbol americano, uno de los más populares en Norteamérica y uno de los más violentos.

Desde años, la evidencia científica ha encontrado vínculos entre los traumatismos en la cabeza, comunes en este juego, y el daño cerebral a largo plazo.

Uno de los últimos estudios al respecto fue el desarrollado por la Universidad de Boston, en el que se analizaron 111 cerebros de jugadores de la NFL ya fallecidos, de los cuales 110 mostraron señales de encefalopatía traumática crónica (ETC), enfermedad neurodegenerativa que se asocia a recibir golpes en la cabeza en forma repetitiva.

Los síntomas de la ETC incluyen problemas en la función ejecutiva y en la memoria, depresión y complicaciones en el control de impulsos. Lamentablemente, la única manera de detectarla es después de la muerte, mediante la autopsia, asociando las características del tejido cerebral dañado con los síntomas mencionados.

Mediante esta técnica se ha detectado ETC en jugadores brasileños e ingleses de fútbol profesional retirados, según reportó un estudio publicado en 2016.

Medidas de protección

Dado que las investigaciones recientes apuntan a que la repetición y la acumulación de los golpes en la cabeza son factores más relevantes que la intensidad, la atención en Estados Unidos ahora también se enfoca en el balompié. De acuerdo con el Washington Post, el equipo de fútbol profesional DC United ha perdido a seis jugadores en los últimos diez años a consecuencia de traumas cerebrales.

En 2015, la Federación de Soccer de Estados Unidos estableció la prohibición de cabecear a los menores de 11 años, así como la obligación de reducir el número de cabezazos en las prácticas para los jóvenes de entre 11 y 13 años.

La medida, obligatoria para todas las ligas juveniles de balompié, no ha dejado de causar polémica. En un reciente reportaje publicado por el Baltimore Sun, administradores y entrenadores de clubes juveniles de fútbol advierten un descenso en el número de niños y adolescentes que participan de la actividad. El motivo sería la mayor reticencia de los padres ante los riesgos que han surgido a la luz en el último tiempo.

El problema, alegan, es que este tipo de medidas puede retrasar el desarrollo deportivo de un jugador, porque ahora debe esperar años antes de practicar una parte esencial del juego, como es el dominio del balón con la cabeza.

Johannes Eisele | Agence France-Presse
Johannes Eisele | Agence France-Presse

Por otro lado, las advertencias también están llegando de ídolos de antaño que hoy podrían estar sufriendo las consecuencias de una larga carrera de cabezazos y concusiones. Es el caso de Alan Shearer, el excapitán de la selección inglesa que hoya, a su 47 años, confiesa que podría tener síntomas de demencia, según informó el medio británico Independent.

“Por cada gol que hice de cabeza debo haberlo practicado unas mil veces en los entrenamientos. Eso me pone en riesgo” afirmó el exfutbolista, quien confesó que su memoria es pésima y que se ha realizado exámenes con resultados poco alentadores.

“Cuando juegas fútbol en forma profesional, sabes que después tendrás problemas en tus rodillas, tus tobillos o tu espalda, como yo. Pero nunca pensé que jugar fútbol pudiera relacionarse a padecer una enfermedad cerebral. Por eso hay realizar investigaciones” manifestó Shearer.

Para finalizar, quedémonos con otra de sus reflexiones acerca del deporte que es pasión de multitudes: “Es un juego duro, es un juego brillante, pero tenemos que asegurarnos de que no sea un juego que acabe con vidas”.