Resuena hace pocas semanas: El ingreso de las primeras estudiantes mujeres a uno de los liceos emblemáticos ex-monogénero de nuestro país: el Instituto Nacional. En un contexto educativo marcado por la incertidumbre de las conexiones inalámbricas y un incipiente retorno al aula física, esta noticia pareciese anunciar una arista de los nuevos inicios en la historia educativa de nuestro país (dos siglos de exclusiva colegiatura masculina no pueden ser vistos en menos), sin embargo, también es el epílogo de una apuesta ministerial que no ha conseguido responder a una pregunta clave: ¿por qué aún existen establecimientos que segregan su matrícula por sexo?

Actualmente, menos del 4% de los establecimientos educacionales nacionales mantienen un régimen para hombres o mujeres, destacando entre sus filas aquellos de carácter particular-pagado y emblemáticos (éstos últimos en progresivo debate y transformación). A pesar de que son mínimos en cantidad, su permanencia y resistencia al cambio, nutren la discusión que se enfoca en un universo secundario que aun segrega el acceso a la profesionalización, cultura y el derecho al aprendizaje por motivos de género, coartando y reproduciendo esquemas que no promueven la meta de construir sociedades más inclusivas. Por otra parte, la defensa de este tipo de establecimientos, principalmente por parte de la coalición Chile Vamos en el Parlamento, se ha encargado de paralizar aquellas iniciativas que buscan masificar el sistema de admisión mixto, justificando este cerco con dos principios asiduos en el debate de la reforma educacional: autonomía del proyecto educativo y la libertad de elección por parte de apoderadas y apoderados.

No obstante, la discusión sobre la permanencia de los establecimientos centrados en alumnos o alumnas separadamente se disfraza tras la proposición del “obligar a hacer” y no se concentran en las consecuencias que genera diferenciar espacios de formación educativa, en una cotidianidad de convivencia marcada por la diversidad. El derecho a la educación no sexista es una batalla longeva y de constante actualización en nuestro país, pero que se remite en gran parte a la siguiente interrogante: ¿cuál es el lugar en el cual deben estar hombres y mujeres? La dominación y estructuración masculina del espacio público es una realidad que se ha llamado a cuestionar y rehacer por diversos agentes de cambio, resumiendo su accionar en la reconstrucción de espacios desde los principios de la colectividad, equidad y corresponsabilidad.

De esta forma, la vigencia de los establecimientos para alumnos o para alumnas excluyentemente, no es un debate que se suscriba exclusivamente al interés de voluntades políticas particulares y que deban ser simplemente aplaudidas por derogar lo obsoleto. Finalmente, segregar el aula es un acto de violencia y su invisibilización se contrapone a las metas de una educación libre de discriminación.

Mayra Reyes Erazo
Socióloga UAHC