El 17 de mayo fue el Día Internacional contra la Transfobia, Homofobia y Bifobia, día en que la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales, en 1990.

Desde aquel entonces, en un Chile post dictadura y hasta hoy, las disidencias sexuales y de género han obtenido progresivamente mejores espacios en lo denominado social, aunque la discriminación y la marginación siguen siendo parte del cotidiano.

Como respuesta a lo anterior surge el concepto de “inclusión” como posible solución a este dilema, el que, sin embargo, tensiona al corroborar que ningún proceso de inclusión está libre de relaciones de poder.

Si consultamos en la RAE, el concepto incluir refiere a “poner algo o a alguien dentro de una cosa o de un conjunto, o dentro de sus límites”, lo que en la literatura y conocimiento producido en torno al tema, no dista mucho de esta visión lingüística.

La peligrosidad de pensarnos desde ahí –“de incluir a esta otredad, a la normalidad de lo permitido”– podría continuar negando que la diversidad de personas en base a su sexualidad e identidad de género es una condición real e histórica. Es pensarlo desde una estrategia para no incomodar a las normas culturales heterosexistas que por años se han validado como únicas prácticas correctas y se han posicionado desde lugares de privilegio, lo que trae consigo, desde una mirada rebelde, que quienes disiden sigan un camino alternativo, marginal e invisible, por lo tanto, no se resuelve el problema de la discriminación.

El momento social en el que Chile está, llama a cuestionar lo que por años se arrastra en nuestra cultura, cuestionar la normalidad de la desigualdad y denunciar una estructura que propicia el abuso de poder. Aprender de la diferencia es una gran oportunidad.

Alejandro Bustos Doussang
Trabajador Social
Encargado Prevención y Promoción del Programa de Género y Equidad UTEM