Si algo hemos aprendido las organizaciones en esta pandemia es que hay que adaptar los planes sobre la marcha, destacando una cualidad por sobre todo: la agilidad. Y no confundir agilidad con rapidez, que no son lo mismo. Ágil es tener la capacidad de moverse con rapidez, pero también con destreza, precisión, conocimiento.

La carrera por la vacunación contra el covid ha emparejado el terreno para las economías grandes y pequeñas, donde todas están llamadas a buscar soluciones para proteger a sus ciudadanos. Extrapolémoslo a los gobiernos. Esto no tiene que ver con la cantidad de recursos disponibles, sino con la agilidad para poner esos recursos a disposición de las personas.

Hemos visto cómo líderes de potentes economías como Alemania, Brasil e incluso Argentina han fracasado en poner en marcha procesos exitosos por no contar con la agilidad necesaria a nivel organizacional para -valga la redundancia- organizarse adecuadamente y entregar soluciones oportunas. Y sabemos que es posible, sin importar el tamaño de la organización, que en este caso son los gobiernos.

Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Chile. Al 26 de abril, en el país liderado por Boris Johnson, un 50% de la población recibió por lo menos la primera dosis. En los EE. UU un 60 %, y en Chile ya se la cifra supera los 8 millones de personas. Rezagados, quedan Alemania (sobre el 23%), España (32.07%), Italia (21%). Guardando las proporciones de más o menos habitantes -lo cual marca una diferencia en términos de volumen- la clave está en cómo algunos países supieron adaptarse a un entorno adverso con la mayor agilidad posible.

La mayor o menor agilidad está relacionada con los modelos mentales o qué tanto pesan preconcepciones a la hora de tomar decisiones. Contar con más o menos información o comparar situaciones y contextos esencialmente diferentes no hace más que entorpecer los procesos, mermando la capacidad de agilidad. Quizás este aspecto es el que mejor evidencia la necesidad que tiene una organización –de cualquier tipo y tamaño- para saber revisar regularmente la idoneidad de sus procesos de decisión para los tiempos que atraviesa. En la mayoría de los casos, descubrirá que los modelos mentales, paradigmas o simples creencias que en su momento las definieron ya no son actuales. Son esos procesos, y no tanto la rapidez, que definen la agilidad de una organización para adaptarse a nuevas circunstancias.

La experiencia indica que las decisiones se toman en base a información incompleta, algo que hemos comprobado en la lucha contra la pandemia, teniendo que ir decidiendo en el camino. Una toma de decisiones ágil considera decidir sobre los datos disponibles en el momento, sin dejarse cegar por prácticas pasadas, políticas o incluso creencias. En segundo lugar, se debe incorporar la aceptación del error como parte del aprendizaje, lo cual enriquece la toma de decisiones futuras. Y, por último, desburocratizar los procesos, pues las estructuras jerárquicas obligan a que la cúpula decida sobre temas en los que casi nunca son expertos, teniendo que nutrirse de información que ha debido pasar por múltiples niveles antes de llegar con una recomendación y sesgo sobre los datos.

Se debe tomar decisiones en base a datos reales, oportunos y de calidad, aceptando errores y aprendiendo de ellos. Solo así seremos realmente ágiles en tiempos de incertidumbre. Si no, que les pregunten a los gobiernos.

Alejandro Goldstein
Socio de OLIVIA