No es novedad que nos encontramos en una crisis sanitaria y social sin precedentes; la crisis del coronavirus es mundialmente referida como un suceso de gran impacto socioeconómico, que está trayendo consigo consecuencias gravitantes, y que ha marcado un antes y un después en el siglo XXI.

A nivel académico y científico se ha discutido si la crisis del coronavirus califica o no como un “Cisne Negro”, término popularizado el 2007 por el investigador y filósofo libanés Nassim Taleb, debido a que se ha puesto en tela de juicio el hecho de que realmente se tratara de un acontecimiento difícil de predecir con anterioridad. Pero más allá de esta discusión, cabe preguntarse, ¿Qué pasará en los corporativos que hoy lideran los mercados actuales?

Sabemos que las grandes empresas cumplen un rol fundamental en el funcionamiento de una sociedad, puesto que generan progreso y crecimiento de los países. Sin embargo, en ciertos casos nos topamos con corporativos que adoptan una “ceguera intencional”. Esto significa que están 100% focalizados en entregar sus productos y/o servicios, sin importar lo que está pasando fuera de su organización y sin poner atención a las oportunidades y espacios de innovación que se les presentan.

Sumado a esto, muchos coinciden que el impacto de esta crisis ha sido tal, que se ha acelerado un proceso de destrucción creativa, término popularizado por el economista Joseph Schumpeter, mediante el cual una innovación disruptiva logra cambiar el modelo de negocio predominante de una industria; implica “destruir” algo para “crear” algo nuevo y mejor.

Este fenómeno vuelve aún más urgente y necesario que las empresas pongan su foco y atención en las oportunidades que se les presentan desde afuera, con el inminente riesgo de desaparecer si no se innova de forma temprana y oportuna. La aceleración de este fenómeno deja así sólo dos caminos plausibles a las grandes corporaciones: innovar o morir.

Esto puede tener consecuencias irreversibles y negativas. Y si el corporativo llega tarde a la innovación, viene el siguiente cuestionamiento y autoanálisis: ¿Qué hicimos mal?, ¿Por qué nunca lo vimos venir? ¿Podríamos decir que estamos frente a un Cisne Negro? La respuesta a todas estas interrogantes es simple. Nada de esto fue consecuencia de algo inesperado e impredecible, solo producto de la poca capacidad de adaptación hacia su entorno.

Será vital que las empresas estén conscientes de estos fenómenos, y que adopten procesos de destrucción creativa de forma temprana, para evitar las negativas consecuencias de un posible “Cisne Negro” que, sabemos, tiene consecuencias irreversibles.

Que innoven permanentemente y alineado con su propósito.
Que tengan una actitud de observación y adaptación.
Que no imaginen otro Cisne Negro. Solo depende de uno.

Jorge Vásquez
Director de Transforme