¿Qué pasó con el reconocimiento internacional por los éxitos en los resultados de los programas de salud pública del Estado de Chile? Aquella distinción que hacía de nuestro país un objetivo muy deseado por profesionales de la salud en busca de experiencias y formación reconocida en todo el planeta, ubicándonos a la cabeza de Latinoamérica y el mundo en programas estatales de salud.

Lo ocurrido en Chile es el resultado de una desafortunada combinación de situaciones. El avance acelerado de las ciencias, en particular de aquellas cuyos resultados impactan directamente en diferentes ámbitos y niveles de acción de la salud humana, nos ha hecho transitar en forma muy rápida desde la “revolución científica”, a la “revolución tecnológica”.

Esto sumado a nuevos modelos en la administración y financiamiento de la salud, llevó a un crecimiento gigantesco de representaciones orientadas fuertemente a los aspectos biomédicos, centrados en la enfermedad y sus intentos curativos, donde la relación de los componentes de la ecuación sanitaria abandonan progresivamente la multifactorialidad, reemplazándola sistemáticamente por relaciones lineales y verticalizadas.

El nuevo modelo emergente requería de profesionales de la salud de un nuevo tipo: fuertemente orientados a la especialización y subespecialización en sus respectivas disciplinas, capaces de responder de forma óptima a las demandas y exigencias crecientes de este nuevo desarrollo del enfoque de la salud.

El resultado de esta revolución científica, académica y social tiene dos caras. Primero, en lo estrictamente médico clínico, tuvo éxito al aumentar la expectativa de vida de nuestra población hasta cerca de los 85 años, en un lapso relativamente breve. A pesar de este enorme avance, mostró sus aspectos negativos y enormes debilidades con los cuadros crónicos, cuya evolución requiere como mínimo de 10 años para que aparezcan los primeros síntomas y signos clínicamente reconocibles, produciendo que cualquier tipo de acción médica sólo pueda enlentecer y excepcionalmente detener su avance, pero no desaparecerlos.

Pero tal vez lo más nefasto y dramático desde una perspectiva de la humanización, que debe estar al centro de todo desarrollo médico, es que este nuevo modelo de ejercicio de la salud generó y acrecentó la desigualdad de las personas en el acceso, oportunidad, calidad y resultados a su derecho humano irrenunciable, su salud.

¿Es posible corregir esta dramática situación hoy en Chile? Por supuesto que sí, los cambios sociales los hacen los pueblos, y el nuestro es uno forjado en el rigor, que recientemente ha mostrado su voluntad de justicia, de libertad total, de dignidad y de equidad.

Lo primero es que el Estado de Chile reconozca su rol de entidad que surge del pueblo mismo y que se encuentra al servicio de las personas. Con estos elementos claros, la nueva Constitución debe construir las bases de un nuevo Sistema Nacional de Salud, que recoja los verdaderos valores y principios como la ética de un servicio público centrado en la salud de las personas, poniendo a su disposición todos los recursos propios del Estado al servicio de éste y otros objetivos estratégicos que deben abordarse en esta Carta Magna.

Dr. Bernardo Morales Catalán
Decano facultad de Ciencias de la Salud
Universidad Pedro de Valdivia