“¿Y en tu país hay escritorios (pupitres)?”.

Cuando mi hija, recién llegada a Chile, se integró al colegio con el resto de niñas locales, recibió la pregunta. La descolocó, pero en su infinita tolerancia, que suele caracterizarla, lo entendió porque sabía que el tema de la migración es hasta cierto punto novedoso en este país.

Fue una migración a la buena. Hace ya 5 años, ni ella ni yo veníamos huyendo de algo o alguien, pese a que en El Salvador las pandillas suelen “echarle el ojo” a niñas como ella. Si aceptan estar con ellos, es jugarse la vida. Si dicen que no, es la muerte segura.

Nadie que viva en mi país de origen lo puede negar. Hasta en los sectores más acomodados de esa nación centroamericana, lo saben.

Las pandillas, que se contabilizan en más 60 mil integrantes, según reportes periodísticos de El Faro, en una nación de menos de 7 millones de habitantes, dominan territorios, como los narcotraficantes lo hacen en algunas poblaciones chilenas. Pero de eso, a comparar ambas situaciones, es tan descabellado como encontrar petróleo en Concepción.

Por eso, hablando de frases descabelladas, desatinadas y lo que le sigue, sale a la luz la del director general de la Policía de Investigaciones (PDI), Héctor Espinosa.

Citado por Teletrece, el funcionario aseguró que “nos hemos ido centroamericando. Yo creo que debería prohibirse el ingreso de gente con antecedentes policiales”, con base a su experiencia tras pasar dos meses en El Salvador.

Varias acotaciones para tan xenófoba frase: la primera, es que no veo por ninguna parte la estadística con la que el director Espinosa hace referencia a un problema salvadoreño, para descargar lo que ocurre a nivel local. Es decir: ¿cuántos centroamericanos hay delinquiendo en Chile, por sobre otras nacionalidades? En la práctica, ni siquiera aparecen en las gráficas.

Resulta que en El Salvador, el tema de las pandillas tiene como base una creciente desigualdad socioeconómica posconflicto armado. Estamos hablando de más de tres décadas en las que los fusiles dejaron de tronar, pero la espalda del salvadoreño promedio crujió de tal forma que pudiera ganarse el pan.

Los niños se educaron como pudieron, con pupitres roídos, pero lo hicieron con la esperanza de un futuro mejor, hasta que las pandillas entraron en acción. Era la generación de disconformes con un sistema que los abandonó y por eso estaban dispuestos a darles una familia a los olvidados de una especie de proyecto crecer, que hasta el sol de hoy, solo ha alcanzado para políticos y gobiernos de turno.

Segundo punto: no es lógico que el director Espinosa diga que nos estamos “centroamericandoporque resulta que mis compatriotas no están llegando en masa a Chile. Su sueño siempre ha sido el ‘americano’. Allá, en EEUU, donde se ganan dólares a granel, no 300 mil pesos chilenos al mes, que no alcanza más que para estar descontento. Ya todos vimos lo que ocurrió desde octubre de 2019.

Sudamérica no es Centroamérica. Comparar regiones del mundo o continentes, con problemas localizados, no es sano. Raya con la xenofobia, es desatinado. Es como decir, ignorantemente, que nos estamos africanizando porque nos ha dado tanto el sol, que nos cambió el color de piel.

Allá en mi país, los jóvenes desaparecen. Acá, la situación está a tiempo de controlarse, si no se pierde el tiempo en mirar al patio ajeno.

Es importante que se adquieran conocimientos geográficos para saber que Colombia, República Dominicana y Venezuela, entre otras del cono sur y del Caribe, no son centroamericanas (solo Guatemala, Belice, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá).

Es urgente que se luche contra el narcotráfico, que es un problema en crecimiento y local, como es imperativo que se controlen los antecedentes policiales de quienes ingresen a Chile. Le concedo el punto expresado por el funcionario y se lo aplaudo, pero no tiene porque hacer referencia a dos realidades muy distintas.

Los dos meses que estuvo Espinosa en San Salvador, aunque instructivos, no tienen la suficiente solvencia como para hablar de los 40 muertos a diario (en ese entonces) en mi país de origen.

Centroamérica
¿Centroamérica?…

Lo dice una reportera de calle, donde abundan las cintas amarillas de crimen, y de ceremonia en el legislativo o Casa Presidencial.

En la primera, vi el desconsuelo de madres, llorando a sus hijos, asesinados a manos de pandillas (las 3 que operan en territorio salvadoreño) que quieren control económico y social. En más de alguna ocasión nos dieron entre 5 y 10 minutos para abandonar las escenas del crimen, porque con cámara y micrófono invadíamos “su territorio” y nada teníamos que estar contando de lo que ocurriera ahí. No me dio por desobedecer. Pero, por eso, ahora puedo refutar.

En la segunda instancia, vi a políticos hacerse de la vista gorda, porque, pese a todo, los del crimen organizado en esas estructuras, son ciudadanos que votan y no se puede despreciar ese caudal. Hay que mandarles uno que otro operativo policial, pero nada que apriete o que abarque a la realidad.

Sé muy bien que es preocupante que en Chile el crimen esté creciendo. Estoy tan alarmada como el que aquí nació. Sobreviví a situaciones extremas, como un asalto a un rancho de playa en pleno verano, apuntada junto a mis hijos con armas de fuego, mientras un grupo de pandilleros se llevaban todo lo que podían. No me alcanzaron los rezos, a Dios gracias tampoco las balas. Uno de ellos era menor de edad y se estaba iniciando en la criminalidad. “Matate a uno”, le decía otro de mayor jerarquía. “Así ya estás con todo, adentro”.

Hacerse de la vista gorda, a situaciones como esa, es tan descriteriado como comparar dos realidades tan lejanas en geografía, contexto, población, ingreso percápita, etc.

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“Hay casi un 50% de los homicidios que ocurren en [la zona sur] la región Metropolitana (…) queremos que la brigada esté orientada al crimen organizado porque el homicidio tiene una relación con las bandas criminales y el narcotráfico”
- Héctor Espinosa. Director general PDI

El narcotráfico en crecimiento y la falta de acción necesaria para pararlo, no tiene que hacerlos perder el horizonte como funcionarios y mirar a otras regiones para encontrar la culpa en los menos indicados.

Y si en algo se parece Chile a El Salvador, es que los políticos han pasado 3 décadas barriendo el pasillo y dejando por debajo de la alfombra los problemas reales. La educación está por los cielos, el conocimiento por los suelos (si no tienes dinero para comprarlo) y de ahí parte la necesidad de delinquir para sobrevivir y, de paso, tener lo que otros tienen.

En eso hay que mencionar a El Salvador y Centroamérica. No en los problemas domésticos, que son reales, existen. Pero si nos distraemos mirando la paja en el ojo ajeno, nos convertiremos en lo que tanto criticamos. El narcotráfico crecerá como las pandillas en El Salvador y en otra nación harán referencia a Chile, porque perdimos tiempo y geografía en lugar de aplicarnos.

Dirán “nos estamos chilenizando”.