El escritor Ariel Dorfman puede ser perdonado por celebrar la elección del presidente Salvador Allende en el Chile de 1970. Hace 50 años, Dorfman sin duda era un joven idealista y no tenía forma de predecir cómo sería el futuro de Chile bajo el gobierno de Allende.

Sin embargo, resulta más difícil excusarlo ahora si sigue pensando que ese hecho fue algo bueno.

Allende, quien fue electo tras recibir una amplia variedad de votos (36.6% contra el 35.3% de su rival conservador), comenzó su mandato forzando una redistribución de la tierra y de la propiedad, además de nacionalizar la industria minera del cobre, la mayor parte de las grandes industrias, los bancos y los grandes terrenos.

Predeciblemente, durante la presidencia de Allende la demanda superó a la oferta, la economía se redujo, el déficit por gasto estatal creció exponencialmente, las nuevas inversiones y el comercio con el exterior escaseó, comenzó el desabastecimiento y la inflación alcanzó una tasa anual de 600%. Para mediados de 1973, tanto la economía como el gobierno estaban paralizados.

Augusto Pinochet, quien derrocó a Allende en el golpe de Estado de 1973, fue un tirano que, en efecto, torturó y asesinó a sus opositores. Su golpe fue el culatazo, el giro total del péndulo al otro extremo, a la elección y gobierno de Allende. Si Allende no hubiera llegado al poder, tampoco lo habría hecho Pinochet.

No veo ninguna razón para “bailar en medio de una multitud” celebrando tan triste capítulo en la historia de Chile.

Por cierto, los coloridos lentes con los que Dorfman mira las cosas no le permiten ver que Allende no fue electo por una mayoría de los votos, sino que fue designado por el Congreso chileno luego de que ninguno de los tres candidatos presidenciales en la elección de 1970 alcanzara una mayoría.

Difícilmente podríamos considerar esto como ser “democráticamente electo”.

Barry DuRon y Budd La Rue
Esta carta al director fue publicada originalmente en Los Angeles Times