Queda menos de un mes de vacaciones de verano y los estudiantes de Chile volverán a clases. Pero no solo a eso. Para muchos, será regresar al martirio, a la molestia de ser víctimas de bullying, a un mal ambiente en que se les mirará mal, en que pensarán mal de ellos, donde se reirán a sus espaldas, criticándolos por no entenderlos, creándose grupos de amigos que no son más que verdaderas mafias con el ánimo de aislar a otra persona.

Este texto tiene por propósito contar mi experiencia siendo yo el victimario en la trama del bullying escolar y cómo ahora, como adulto, asimilo el asunto tanto en mi vida en general como siendo profesor, entregándole un consejo a víctimas actuales.

Mi infancia, como la de muchos niños molestos, estuvo carente de afectos. Nunca hubo visitas en casa: cero sociabilidad. El matrimonio de mis padres era infeliz. Ahora, de grande, logro darme cuenta cómo aquello en serio repercute en la vida de un niño. Detrás de cada matón escolar existe eso, una realidad familiar carente de amor, pero llena de inseguridades. Desde pequeño e incluso entrando a la universidad, tenía claro que el mundo era mi enemigo, que yo tenía la razón, que éste era el fin de los tiempos, y que cualquier señal de diferencia o pobreza, era digna de una ofensa, de una agresión.

Para ser breve y darles un solo ejemplo: aún recuerdo una compañera que tenía ciertos rasgos de autismo u otra característica en su desarrollo de aprendizaje, lo que la hacía tener, a veces, clases especiales fuera del aula. Una “diferente“. Como a todos, yo la molestaba. Siempre a escondidas, como un buen matón: por detrás. Si hubiese tenido amigos, los habría cautivado para ser mis cómplices y así apoyarme en el bullying contra esa niña. Imaginarán -y estarán en lo cierto- que le decía sobrenombres muy pesados. La martirizaba en los recreos, en clases. Era la década de 1990 y, como no había redes sociales, conseguí su número de teléfono para llamar a su casa, esperar que contestara, y seguir diciéndole sobrenombres a través de llamadas anónimas.

Ese es uno de varios casos que tuve a lo largo de la vida, aunque estas actitudes fueron decreciendo con el tiempo: ya no repartía golpes cuando llegué a cuarto básico, las ofensas se desvanecían de mi vocabulario entrando a la universidad y, saliendo de ella como un profesional, tuve la bendición de tener amigos que me acogieron en sus casas y compartieron conmigo, superando así un periodo tan duro y del que no tenía plena conciencia.

El tiempo pasa. Hoy me vuelvo a encontrar con compañeros que tuve en el colegio. A pesar de todo, es reconfortante ver cómo al crecer, me dan la cara igual y podemos sentarnos a hablar con una paz inexistente en nuestra niñez. Pero la adultez no basta: la vida da muchas vueltas, cambia constantemente. No saber tener la mente y el ánimo abiertos a cualquier cosa, complica. Por eso escribo y reflexiono en torno a esto: de grande, gente incluso adulta, con hijos, con cargos, que siguen haciendo bullying.

De alguna forma aprendí de mi actuar infantil, pero la existencia me hace vivir esto, ahora, desde la otra vereda. Los adultos pueden seguir con niñerías, tal y cual como los matones infantiles: hacen grupos que te apartan, se burlan de ti por quien eres, lo que publicas, tus características físicas… Aunque se suman componentes que pesan más: puedes perder oportunidades laborales, te pueden arruinar la vida amorosa… y como buenos matones, todo por detrás. Susurros constantes que traen burla y odio, ¡incluso siendo adultos! Me pregunto cómo es posible que, siendo mayores, esas actitudes se den. Cómo es posible que alguien sea tan cerrado en sus ideas que no solo no acepte la existencia de alguien distinto, sino que lo ataque o lo intente cambiar, o darle una lección.

Por eso, si quien lee esto aún sigue en el colegio, preste atención al siguiente párrafo:

BekiaPadres.com
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El bullying entre adultos es complejo de solucionar. Cuando una persona tóxica ya no puede causar efecto en ti, intentará intoxicar a otros de tus círculos sociales y cómo te ven. Es injusto, pero lo que queda como adulto, es permanecer de pie confiando que otras personas verán la verdad como tú sí la ves. Porque es eso, o intentar probar en un tribunal que eres víctima, con los costos que ello implica. Pero tú, si estás en el colegio, te digo como profesor: los profesores en realidad nos damos cuenta cuando eres víctima de bullying. Nos damos cuenta que la casa del que te molesta es un desastre y que él también sufre. Sabemos que el problema no es la víctima sino el victimario.

Mucha gente, con buena intención, te dirá que cambies, que no sigas mostrándote de tal forma, que no sigas vistiendo de tal manera, en otras palabras, que cambies tu forma de ser “para evitar darle material a los matones”. No, no amigo: sigue siendo quien eres, por más que te llamen bicho raro o se rían a tus espaldas. ¡Ni tú ni los profesores debemos estar al servicio de quienes te hacen daño! ¡No cambies por ellos, cambia por ti! Y acércate a un profesor, que tú tienes una oportunidad que los grandes no tenemos: un profesor puede, de acuerdo a los reglamentos de convivencia, hacer algo frente a los matones y dejar en claro que no es correcto hacer lo que hacen.

Permanece calmado, que la vida le enseñará a esos matones, tal como me enseñó a mí. Permanece calmado, que si un profesor no hace nada, la vida le enseñará a ese profesor que debe hacer algo. Sigue adelante, con tus propios sentimientos y tu propio estilo.

Que tus vacaciones no sean el único descanso, haz que toda tu vida lo sea.

Y si tú que estás leyendo esto eres profesor, atrévete a ponerle fin al bullying: los profesores tenemos poder aún.

Gonzalo Alexis Luengo Orellana
Profesor