Opinión
Ni√Īos de la guerra: cuando vi a un hombre caminar hacia su ejecuci√≥n
Publicado por: Tu Voz
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Al cumplir 11 a√Īos, la memoria de un ni√Īo o ni√Īa sigue en franco proceso de absorci√≥n en modo esponja tanto cuando las escenas que debe presenciar son placenteras o infelices.

Y m√°s a√ļn si se ha sido un ‚Äúni√Īo de la guerra‚ÄĚ.

El concepto queda corto si no se ha vivido un reclutamiento forzado como en El Salvador y su tristemente conocido conflicto armado en los 80; donde un n√ļmero indeterminado de ni√Īos y ni√Īas, adentrados en monta√Īa o trinchera por parte de ambos bandos, cambiaron un juguete por un fusil.

Soy, afortunadamente, de las que me qued√© en el concepto corto -por ser ni√Īa en ese entonces- pero tambi√©n con amplias memorias que hasta hoy no acabo de digerir.

Cuando la “ofensiva hasta el tope” inici√≥ la noche de un 11 de noviembre de 1989, en el √ļltimo intento de la Guerrilla por hacerse con el control del pa√≠s, yo jugaba en la casa de mi vecina Lucero en el pasaje 35 de la colonia Bosques del R√≠o (nuestros populosos barrios) de Soyapango, al extremo oriente de la capital, San Salvador.

Recuerdo a mi papá llamándome con un semblante de preocupación como nunca había visto en él antes, pero esforzándose por no demostrar su alarma, pese a que las cada vez más estruendosas detonaciones ya me auguraban el nivel de los problemas. Una conciencia que se alcanza cuando has tenido unos padres que amanecían leyendo los periódicos y analizando las noticias en la mesa, apenas iniciada la digestión.

‚ÄúSal√ļ‚ÄĚ le dije al despedirme de Lucero, contempor√°nea m√≠a, y marchamos a casa con paso ligero junto a mi pap√°.

Mientras ambos discutían sobre lo que pasaba, yo sólo me centraba en las miradas y en ayudar a volcar la mesa del comedor. La misma donde se analizaba, ahora, con un colchón encima, se convertía en una improvisada barricada.

Esa noche mi padre, amante de la m√ļsica de los venezolanos ‚ÄúLos Guaraguao‚ÄĚ, s√≠mbolos de la protesta, sal√≠a por momentos a encaramarse sobre el enorme lavadero en el patio de la casa, ubicada al tope de Soyapango, hoy mal llamado ‚ÄúSoyabronx‚ÄĚ, ‚ÄúSoyajevo‚ÄĚ, o cu√°ntos otros apodos crueles a los que le ha relegado la delincuencia maldita.

A esa altura, lo pillé observando esas curiosas lucecitas de colores que en fila descendente caían en picada sin un sonido recordable.

– ¬ŅQue es eso? – le pregunt√©.
РEs el helicóptero del Ejército, tirándole a tierra a los guerrilleros Рrespondió sin verme.

Entonces se acerc√≥ amenazante el sonido de aquel monstruo inmenso, coincidiendo con el grito de mi madre, rega√Ī√°ndonos a los dos por exponernos de esa manera.

¬°Si te quer√©s morir vos, es tu problema! La ni√Īa no puede estar afuera.

La verdad es que aquella orden la ignoramos varias veces, porque en la inocencia que a√ļn pose√≠a, disfrutaba contemplar aquel desfile multicolor del asesino de hierro.

Varios d√≠as hab√≠an pasado y segu√≠amos ‚Äúatrincherados‚ÄĚ. As√≠, como si eso nos pudiera proteger de las temibles “papayas” esas bombas que ca√≠an como pan del cielo, porque de levadura ya no hab√≠a. Los panaderos hab√≠an dejado ya de hornear y las tortilleras de palmear, por el miedo justificado de arriesgarse a recorrer las calles.

Cuando hab√≠an transcurrido cerca de dos semanas, las noticias llegaban advirtiendo que la Guerrilla en Soyapango ya hab√≠a avanzado tanto que se tomaron una colonia vecina: Los Conacastes. ¬ŅC√≥mo lo recuerdo? Lo dif√≠cil es olvidarlo. Mi t√≠o Mauricio, hermano de mi pap√°, (sobre)viv√≠a con mis tres primos y su mujer en ese lugar.

Iglesia de Cinquera en El Salvador
Iglesia de Cinquera en El Salvador

Para esa fecha ya se hab√≠a comunicado asegurando que la Guerrilla abr√≠a trinchera tras trinchera, casa por casa, para escapar a como de lugar, mientras el Ej√©rcito que segu√≠a avent√°ndoles sus ‚Äúpapayas‚ÄĚ. Por esto los techos de las casas ya no exist√≠an. S√≥lo quedaba en pie los esqueletos de las viviendas, t√©tricos vestigios de aquella literal zona de guerra.

Como era de esperar, gradualmente todo comenz√≥ a escasear. El agua, el pan, la leche, los huevos, todo. En ocasiones llegaban camiones con v√≠veres que, honestamente, nunca supe qui√©n los mandaba. Para entonces, la solidaridad entre vecinos nunca se hab√≠a manifestado tanto porque el chambre -los rumores- que imperaban en ese lugar, se hab√≠an transformado en una permanente fuente de preocupaci√≥n para los adultos, quienes reunidos, a veces s√≥lo permanec√≠an juntos guardando silencio…

Ese silencio que sólo el temor y la incertidumbre en plena guerra consiguen afinar.

‚ÄúYa no hay nada que comer‚ÄĚ
, dijo mi mam√°. Bajo toque de queda, conseguir alimento dificultaba a√ļn m√°s la cosa porque el que se pasaba de las 6 de la tarde, era hombre muerto, y no por desnutrici√≥n o sed.

Fue un s√°bado por la ma√Īana cuando llegaron noticias nefastas, para acompa√Īar la de los muertos que ya las pintaban sangrientas en los dos bandos. Estaban saqueando un supermercado de Super Selectos en la colonia Los √Āngeles.

‚ÄúVoy a ir porque ya no hay comida‚ÄĚ, dijo mi pap√°.

Prosigui√≥ un debate interno en mi casa que, honestamente, no recuerdo en detalle. Pero cuando mi pap√° afirmaba con m√°s fuerza que hab√≠a que ir, luego dejaba pasar el tiempo, como si quisiera ser de los √ļltimos en llegar. Para entonces ya hab√≠an pasado casi dos horas desde que la guerrilla dinamitara la entrada para aprovisionarse y dejar a los lugare√Īos del sector el resto de cosas. De hecho, ese ‚Äúgesto‚ÄĚ les hizo ganar simpat√≠as en algunos hogares que, seg√ļn me contaban mis pap√°s, se atrevieron a darles comida o art√≠culos de primera necesidad.

Mi papá regresó del saqueo con las manos vacías, diciendo que no había quedado nada.

Hasta hoy sigo pensando que fue intencional. Como queriendo no encontrar.

M√°s tarde, vino la escena que realmente marc√≥ mi memoria en esa cruenta guerra. Nos dirigimos hacia La Monta√Īita, una afamada tienda cerca del punto de buses y microbuses de la colonia, en cuyas inmediaciones una panader√≠a hab√≠a encendido con llama t√≠mida su horno para fabricar pan. Se imaginar√°n a todos los vecinos del sector, que ya hab√≠an madrugado para hacer fila y obtener unos cuantos panes que parec√≠an ca√≠dos literalmente del cielo, porque su precio estaba por las nubes.

Soyapango | Gervasio S√°nchez
Soyapango | Gervasio S√°nchez

Siempre de ‚Äúmetida‚ÄĚ yo, en buen salvadore√Īo, me agarr√© de la mano de mi pap√° y me fui cuesta arriba a buscar aquel man√° cuando, de repente, un hombre semidesnudo iba la inversa m√≠a, cuesta abajo en direcci√≥n al r√≠o Las Ca√Īas, hasta el tope de mi colonia, como el nombre de la ofensiva.

Iba escoltado por un militar, amarrado y con la vista al suelo. Recuerdo que vi a mi papá voltear su mirada indignada pero cautelosa a la vez, y estoy segura que rogaba que no le formulara la pregunta de rigor. Pero adivinen: sucedió.

Se limitó, procurando primero avanzar varios metros luego de pasado el militar con su prisionero, para decirme que se trataba de un guerrillero que había sido capturado por el Ejército.

¬ŅY por qu√© hacia el r√≠o? – mi siguiente pregunta.

Pero no respondi√≥ nada. Luego, en una pl√°tica posterior y no conmigo, me enter√© que en Las Ca√Īas los tiros de gracia para los enemigos abundaban.

Pasaron las semanas y nos consol√≥ el hecho de saber que la Guerrilla no hab√≠a adentrado su ‚Äúestrategia‚ÄĚ hasta las zonas lim√≠trofes de la colonia, ‚Äúal hoyo‚ÄĚ pues, donde con suerte viv√≠amos nosotros. Eso mantuvo lejos al ejercito.

No hubo trincheras que tapar con cemento, como en otras casas o colonias. No hubo ‚Äúpapayas‚ÄĚ destruyendo techos. M√©rito a√ļn mayor considerando que, para entonces, las noticias daban cuenta de que en la Zacamil, colonia del municipio de Mejicanos, la cosa segu√≠a tan fea que los cad√°veres se esquivaban por las calles, como hoy los baches con el veh√≠culo.

Ya hab√≠a m√°s libertad de escuchar a ‚ÄúLos Guaraguao‚ÄĚ y su repetitivo ‚ÄúNo basta rezar‚ÄĚ, ese tema que tanto le gustaba a mi mam√°, pero al que mi pap√° cortaba los decibeles con bravura.

– ¬°Bajale el volumen! ¬ŅA qui√©n crees que van a sacar los soldados de la casa si pasan y escuchan eso? – le dec√≠a enojado .

A m√≠ me gustaba a√ļn m√°s escuchar el casete… pero no olvidaba lo prohibido de las letras.

Todo esto que les cuento, vino a mi memoria, a s√≥lo horas de derogada la Ley de Amnist√≠a, la cual surgi√≥ tras los acuerdos de paz bajo aquella famosa frase de ‚ÄúPerd√≥n y Olvido‚ÄĚ, enfocada en aquellas emblem√°ticas masacres que ya rebotaban en mi mente de ni√Īa: El Mozote, El Sumpul y otras que s√≥lo Dios sabr√° perdonar en su infinita misericordia.

Acto seguido le√≠ escritos en redes sociales que iban desde ‚ÄúUn nuevo estallido social puede llegar luego de esta sentencia‚ÄĚ, ‚ÄúTiemblan ahora militares y guerrilleros, por igual‚ÄĚ, etc√©tera.

Yo s√≥lo me puse a pensar, ‚Äúhey, ¬Ņcu√°ntos ni√Īos de la guerra estaremos recordando la ofensiva del 89 en tiempos de paz‚Ķ de paz?” Reflexion√©, recordando la conversaci√≥n que sostuve a inicios de a√Īo con el embajador de El Salvador designado en la capital del pa√≠s sudamericano.

Ah√≠, en su oficina, en febrero pasado, platicando con √©l sobre los requisitos para vivir en ese pa√≠s, nos habl√≥ de lo enterado que estaba de la polarizaci√≥n en nuestro ‚Äúpulgarcito‚ÄĚ debido a la pol√≠tica de extremas. Lo peligroso que se ha vuelto por el tema de las pandillas y su accionar, cuid√°ndose de mencionar la tregua ante esta ‚Äúmal intencionada‚ÄĚ periodista -seg√ļn algunos funcionarios- y de la herencia maldita que nos dej√≥ el conflicto armado.

Salvadore√Īos acostumbrados a ver cuerpos mutilados o cabezas caer en patios de casas.

“¬ŅC√≥mo no vamos a ser un pa√≠s violento, si estamos acostumbrados a la violencia?”.

Eduardo A. Villarroel | Flickr
Eduardo A. Villarroel | Flickr

Sus palabras nos parecieron sabias, tomando en cuenta que la huida de algunos a Estados Unidos en el marco de la guerra salvadore√Īa, no fue precisamente para hacer dinero con el “sue√Īo americano‚ÄĚ, sino para adquirir ma√Īas de autodefensa cuando se sent√≠an atacados por otros grupos raciales o forasteros.

Ya iban de la guerra, ¬Ņpor qu√© no se iban a armar, literalmente, al punto de pertenecer a una mara como La Salvatrucha? Para el momento de su deportaci√≥n, el producto de importaci√≥n postguerra ya era la pertenencia a esos grupos delictivos y su inseminaci√≥n a esta tierra f√©rtil.

Partiendo de ese diagn√≥stico diplom√°tico que no pretendo que compren, es que me pregunto si nos queda el calificativo de ‚ÄúNi√Īos de la guerra, Ni√Īos de la paz‚ÄĚ. Total, en pleno 2016, sacando conjeturas a partir de lo que pueda pasar con la actuaci√≥n desde el poder judicial, s√≥lo nos queda valorar qu√© tanto aprendimos la lecci√≥n y sanamos heridas, aunque las balas hoy est√°n abriendo otras y dejando hu√©rfano tambi√©n al pa√≠s, sin posibilidades aparentes de una curaci√≥n eficaz, o con cicatrices a medio sanar, m√°s, si se sufri√≥ la p√©dida de uno o varios seres queridos.

Yo no lo sé. Juzgue usted.

Paola Alem√°n
Periodista de seguridad y política internacional
El Salvador

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