El masivo exilio de ciudadanos venezolanos, que escapan del actual régimen de Nicolas Maduro, ha ayudado a que operativos de Hezbollah y grupos de criminales asociados a los carteles de la droga y al terrorismo internacional crucen las fronteras de los países de la región.

Latinoamérica parece haber quedado al margen de la ola de trágicos atentados que sacuden a Europa y Medio Oriente. Sin embargo, la ausencia de estos lamentables hechos no debería llevarnos a asumir una falsa sensación de seguridad. Si bien los ataques islamistas no son parte de la realidad cotidiana en nuestra región, Hezbollah y otras organizaciones de similar inspiración han montado células operativas que podrían en cualquier momento activarse.

Y esto no es solo una teoría. En 1992 y 1994 los atentados terroristas ocurridos en Argentina confirman la infiltración de estos grupos en nuestra región. Hezbollah, siguiendo directivas de Irán, planificó y ejecutó estos actos detestables en los cuales 82 argentinos fueron asesinados y cientos resultaron heridos.

Investigaciones efectuadas por la DEA Norteamericana han confirmado la asociación entre Hezbollah y los carteles de la droga. Como resultado de esta sociedad en muchos países de Latinoamérica se han establecido organizaciones que prestan servicios financieros y logísticos a los grupos terroristas de origen islamista.

En 2012 el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, visito al Presidente Hugo Chávez en Venezuela y con esa visita también desembarco el grupo islamista chií Hezbollah. Está probado que la ayuda venezolana para el establecimiento de este grupo en Latinoamérica fue fundamental. Venezuela le entrego apoyo logístico, pasaportes y la posibilidad de crear redes de apoyo en el resto del continente.

Toda esta información ha sido refrendada por el premio nobel María Corina Machado, quien ha alertado que el gobierno venezolano amparó y protegió a Hezbollah. Sumado a esto, el masivo exilio de ciudadanos venezolanos que escapan del actual régimen de Nicolas Maduro ha ayudado a que operativos de Hezbollah y grupos de criminales asociados a los carteles de la droga y al terrorismo internacional crucen las fronteras de los países de la región.

Sudamérica entonces se encontró a la mano de las redes creadas por esta organización. El primer lugar en el que desembarcan es la triple frontera. Este lugar en el que coinciden las fronteras de Brasil, Paraguay y Argentina se transformó en el epicentro de las organizaciones que se dedican al lavado de dinero y el tráfico de armas. Así lo manifestó hace unas semanas la exministra de Seguridad de Argentina, Patricia Bullrich.

La percepción en nuestro país es que este es un asunto lejano y no es parte de las preocupaciones diarias de nuestra sociedad, ello no implica que el fenómeno del terrorismo, y otros asociados a él, como la droga y el crimen organizado, no estén estrechamente vinculados entre sí.

En el norte de nuestro país, específicamente la zona franca de Iquique ha sido incluida por los servicios de inteligencia extranjeros como lugar donde se lava dinero de Hezbollah y de los carteles de la droga. Sin duda, esto debería encender todas las alarmas de las autoridades de nuestro país, ya que es inevitable que el uso de esta zona del territorio nacional para cometer ilícitos, al final hará que aparezca otro flagelo asociado a estas operaciones: la corrupción. Estos tres flagelos, narcotráfico, terrorismo y corrupción son los que destruyen las democracias.

El reto planteado para la seguridad regional por la presencia de grupos islamistas radicales en Latinoamérica requiere una respuesta sostenida y bien planificada. La asociación con gobiernos y servicios de seguridad regionales y mundiales es de suma prioridad. Compartir información es fundamental en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico.

Finalmente, erradicar las redes islamistas de Latinoamérica, y por tanto de Chile, debe ser una prioridad para el nuevo gobierno que asuma en marzo de 2026.