Siempre se habla que en determinados momentos hay que estar en el sitio adecuado, aunque en algunas ocasiones dicho cálculo puede fallar.

Lo último grafica muy bien lo ocurrido a Mónica Molina, psicóloga que por “azares del destino” vivió en carne propia dos tragedias de magnitud ocurridas en la capital penquista: la caída del edificio Alto Río el 27 de febrero de 2010 y la explosión en el Sanatorio Alemán ocurrida el pasado 21 de abril.

Mónica había llegado a vivir al tristemente célebre edificio tan solo tres semanas antes del terremoto. Su departamento estaba en el piso 11. En el momento del derrumbe la invadió una “sensación de desconcierto, ya que era primera vez que vivía en un departamento (…) era notorio que se trataba de un terremoto, pero nunca pensé que (el edificio) se iba a caer”, describió a BioBioChile.

En lo que guarda su relación a lo ocurrido tras el colapso, Molina precisó que estuvo atrapada en el edificio toda la noche, hasta que “como a las ocho de la mañana, Bomberos bajó con una escalera por la ventana, a la cual yo tuve que saltar para poder salir”, esto último tomando en cuenta que su departamento se encontraba en la parte central de la estructura y mirando hacia el río, lo que dificultó su rescate.

Respecto a vivir tan de cerca una tragedia tan emblemática como lo ocurrido en Alto Río, Mónica reflexiona sobre la magnitud del hecho, haciendo foco en las vidas que se perdieron, indicando que “lo que siempre yo planteo es que el edificio no se cayó porque tembló, el edificio se cayó porque estaba mal construido”.

Un paseo que pudo terminar mal

La “conexión” de la psicóloga con la explosión del Sanatorio Alemán no es tan directa como lo ocurrido en Alto Río, ya que el recinto médico debía ser originalmente un simple punto de encuentro para partir a una caminata al faro de Cocholgüe, cuya convocatoria se hizo por redes sociales.

“La salida era a las 09:30 horas, pero el chofer tuvo un problema, porque en una maniobra se quebró el vidrio y le provocaron cortes en la mano. Así que le pusieron unos puntos, por lo que la salida se retrasó”, explicó Mónica.

Siguiendo en esa línea, la mujer indicó que la explosión ocurrió justo en el momento en que se disponían a partir, subiendo al bus. En primera instancia “nosotros no sabíamos muy bien lo que estaba sucediendo”.

Continuando con su relato, Mónica Molina apuntó que la gente a su alrededor estaba “paralizada”. Ahí aprovechó de poner en práctica sus conocimientos en comportamiento humano durante crisis y se dijo a si misma que “hay que evacuar a esta gente de acá, llevarla a un lugar seguro”.

Dicho panorama, le permitió sacar como conclusión -con el paso de las semanas- que en el recinto médico no se manejaban los protocolos necesarios para una emergencia de ese tipo.

“Tengo formación en primeros auxilios psicológicos, por lo que estuve haciendo un acompañamiento (…) Pude notar varias cosas, y bueno, el protocolo la gente (del Sanatorio) lo tuvo que haber manejado antes”, agregando que le tocó ver “a la gente de la clínica desarticulada, desesperanzada y como muy alterada”.

Finalmente, al ser consultada por una posible “mala fortuna” al vivir ambas emergencias, Mónica fue enfática al manifestar que “yo no creo en la suerte, yo creo que uno está donde tiene que estar, entonces mi reflexión personal al respecto es que uno tiene que estar preparada lo mejor posible para enfrentar estas situaciones”, preguntándose sobre qué es lo mejor que ella puede ofrecer para evitar un “daño emocional” de las víctimas.