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Papa en misa en La Araucanía: "No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro"
Publicado por: Gonzalo Cifuentes
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El papa Francisco realizó la esperada misa en el aeródromo Maquehue, región de La Araucanía, denominada por el progreso de los pueblos.

El obispo de Roma llegó al altar escoltado por decenas de sacerdotes y ante la expectante vista de miles de feligreses que repletaron el recinto ubicado en la comuna de Padre las Casas.

En primer lugar, una veintena mapuches le entregaron presentes al líder de la Iglesia Católica y realizaron una rogativa frente al estrado. Tocaron sus instrumentos típicos y agitaron ramas de canelo, su árbol sagrado.

Durante la homil√≠a, Francisco salud√≥ en mapudungun e inici√≥ su discurso agradeciendo poder estar “esta linda parte de nuestro continente, La Araucan√≠a”, citando a Gabriela Mistral.

As√≠, continu√≥ se√Īalando que es un sitio en el que las generaciones se han caracterizado por su amor a la tierra, destacando al pueblo mapuche y a otros pueblos originarios. Junto con ello, afirm√≥ que la eucarist√≠a tambi√©n se realiza con pena y dolor. Afirm√≥ que “Arauco tiene una pena”.

“Lo hacemos en este aer√≥dromo de Maquehue, en el cual tuvieron lugar graves violaciones de derechos humanos. Esta celebraci√≥n la ofrecemos por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada d√≠a llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias”, sostuvo.

El l√≠der religioso afirm√≥ que deben pedir a Jes√ļs por la unidad. “No permitas que nos gane el enfrentamiento ni la divisi√≥n”, sostuvo.

Asimismo, profundiz√≥ que no se debe confundir la unidad con ser todos iguales, sino que corresponde cuando cada uno comparta su “sabidur√≠a” con los dem√°s.

“La unidad de nuestros pueblos necesitan, reclaman que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos”, manifest√≥ Francisco, quien a√Īadi√≥ que la solidaridad es el camino para lograrlo.

En la instancia advirti√≥ sobre dos tipos de violencia que atentan contra esta unidad. “Debemos estar atentos a la elaboraci√≥n de bellos acuerdos que nunca llegan a concretarse”, manifest√≥, ya que frustran la esperanza.

Asimismo, sostuvo que no se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, ya que genera violencia. “La violencia termina volviendo mentirosa la causa m√°s justa”, dijo.

En ese sentido, llam√≥ a ser “artesanos de la unidad”.

Posteriormente, se dio lugar a las peticiones por parte de los fieles, momento en que destacó un hombre que pidió en el idioma originario y luego en castellano.

Al finalizar la misa, se retiró en el papamóvil del aeródromo, para luego emprender rumbo hacia Temuco en un vehículo cerrado.

Lee a continuación el discurso completo del Papa en La Araucanía:

¬ęMari, Mari¬Ľ (Buenos d√≠as)
¬ęK√ľme t√ľnng√ľn ta niem√ľn¬Ľ (La paz est√© con ustedes) (Lc 24,36).

Doy gracias a Dios por permitirme visitar esta linda parte de nuestro continente, la Araucan√≠a: Tierra bendecida por el Creador con la fertilidad de inmensos campos verdes, con bosques cuajados de imponentes araucarias ‚ÄĒel quinto elogio realizado por Gabriela Mistral a esta tierra chilena‚ÄĒ,[1] sus majestuosos volcanes nevados, sus lagos y r√≠os llenos de vida. Este paisaje nos eleva a Dios y es f√°cil ver su mano en cada criatura. Multitud de generaciones de hombres y mujeres han amado y aman este suelo con celosa gratitud. Y quiero detenerme y saludar de manera especial a los miembros del pueblo Mapuche, as√≠ como tambi√©n a los dem√°s pueblos originarios que viven en estas tierras australes: rapanui (Isla de Pascua), aymara, quechua y atacame√Īos, y tantos otros.

Esta tierra, si la miramos con ojos de turistas, nos dejar√° extasiados, pero luego seguiremos nuestro rumbo sin m√°s; pero si nos acercamos a su suelo, lo escucharemos cantar: ¬ęArauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar¬Ľ.[2]

En este contexto de acci√≥n de gracias por esta tierra y por su gente, pero tambi√©n de pena y dolor, celebramos la Eucarist√≠a. Y lo hacemos en este aer√≥dromo de Maqueue, en el cual tuvieron lugar graves violaciones de derechos humanos. Esta celebraci√≥n la ofrecemos por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada d√≠a llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias. La entrega de Jes√ļs en la cruz carga con todo el pecado y el dolor de nuestros pueblos, un dolor para ser redimido.

En el Evangelio que hemos escuchado, Jes√ļs ruega al Padre para que ¬ętodos sean uno¬Ľ (Jn 17,21). En una hora crucial de su vida se detiene a pedir por la unidad. Su coraz√≥n sabe que una de las peores amenazas que golpea y golpear√° a los suyos y a la humanidad toda ser√° la divisi√≥n y el enfrentamiento, el avasallamiento de unos sobre otros. ¬°Cu√°ntas l√°grimas derramadas! Hoy nos queremos agarrar a esta oraci√≥n de Jes√ļs, queremos entrar con √Čl en este huerto de dolor, tambi√©n con nuestros dolores, para pedirle al Padre con Jes√ļs: que tambi√©n nosotros seamos uno; no permitas que nos gane el enfrentamiento ni la divisi√≥n.

Esta unidad clamada por Jes√ļs es un don que hay que pedir con insistencia por el bien de nuestra tierra y de sus hijos. Y es necesario estar atentos a posibles tentaciones que pueden aparecer y ¬ęcontaminar desde la ra√≠z¬Ľ este don que Dios nos quiere regalar y con el que nos invita a ser aut√©nticos protagonistas de la historia.

1. Los falsos sinónimos

Una de las principales tentaciones a enfrentar es confundir unidad con uniformidad. Jes√ļs no le pide a su Padre que todos sean iguales, id√©nticos; ya que la unidad no nace ni nacer√° de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integraci√≥n forzada ni de marginaci√≥n armonizada. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabidur√≠a con los dem√°s. No es ni ser√° una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del m√°s fuerte, ni tampoco una separaci√≥n que no reconozca la bondad de los dem√°s. La unidad pedida y ofrecida por Jes√ļs reconoce lo que cada pueblo, cada cultura est√° invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la l√≥gica de creer que existen culturas superiores o inferiores. Un bello ¬ęchamal¬Ľ requiere de tejedores que sepan el arte de armonizar los diferentes materiales y colores; que sepan darle tiempo a cada cosa y a cada etapa. Se podr√° imitar industrialmente, pero todos reconoceremos que es una prenda sint√©ticamente compactada. El arte de la unidad necesita y reclama aut√©nticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los ¬ętalleres¬Ľ de los poblados, de los caminos, de las plazas y paisajes. No es un arte de escritorio, ni tan solo de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radica su belleza y tambi√©n su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendr√° que enfrentar.

La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos, que no significa tan s√≥lo ¬ęrecibir informaci√≥n sobre los dem√°s‚Ķ sino de recoger lo que el Esp√≠ritu ha sembrado en ellos como un don tambi√©n para nosotros¬Ľ.[3] Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la √ļnica arma que tenemos contra la ¬ędeforestaci√≥n¬Ľ de la esperanza. Por eso pedimos: Se√Īor, haznos artesanos de unidad.

2. Las armas de la unidad

La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que m√°s que impulsar los procesos de unidad y reconciliaci√≥n terminan amenaz√°ndolos. En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboraci√≥n de ¬ębellos¬Ľ acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, s√≠ ‚ÄĒy necesarios‚ÄĒ, pero que al no volverse concretos terminan ¬ęborrando con el codo, lo escrito con la mano¬Ľ. Esto tambi√©n es violencia, porque frustra la esperanza.

En segundo lugar, es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucci√≥n que termina cobr√°ndose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo √ļnico que despierta es mayor violencia y divisi√≥n. La violencia llama a la violencia, la destrucci√≥n aumenta la fractura y separaci√≥n. La violencia termina volviendo mentirosa la causa m√°s justa. Por eso decimos ¬ęno a la violencia que destruye¬Ľ, en ninguna de sus dos formas.

Estas actitudes son como lava de volc√°n que todo arrasa, todo quema, dejando a su paso s√≥lo esterilidad y desolaci√≥n. Busquemos, en cambio, el camino de la no violencia activa, ¬ęcomo un estilo de pol√≠tica para la paz¬Ľ.[4] Busquemos, y no nos cansemos de buscar el di√°logo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Se√Īor, haznos artesanos de unidad.

Todos nosotros que, en cierta medida, somos pueblo de la tierra (Gn 2,7) estamos llamados al Buen vivir (K√ľme Mongen) como nos los recuerda la sabidur√≠a ancestral del pueblo Mapuche. ¬°Cu√°nto camino a recorrer, cu√°nto camino para aprender! K√ľme Mongen, un anhelo hondo que brota no s√≥lo de nuestros corazones, sino que resuena como un grito, como un canto en toda la creaci√≥n. Por eso, hermanos, por los hijos de esta tierra, por los hijos de sus hijos digamos con Jes√ļs al Padre: que tambi√©n nosotros seamos uno; haznos artesanos de unidad.

URL CORTA: http://rbb.cl/j3i5
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