“Quedé atrapado y después de un rato nos despertamos, quedamos inconscientes con mi señora y empezamos a hablar de una habitación a otra. Escuchábamos a mi hija pequeña y de la incertidumbre de saber cómo estaba (…) Nosotros con mi señora despidiéndonos, agradeciéndonos, perdonándonos, porque no sabíamos qué iba a pasar”.

Así recuerda Cristian Fernández los primeros instantes tras el desplome del edificio Alto Río la madrugada del 27 de febrero, tragedia que le costó la vida a ocho personas y de la cual él, su señora y su hija son sobrevivientes.

Cristian volvió tarde a su hogar, ubicado en el piso 11 de la siniestrada estructura, la noche previa al hecho, miró televisión un rato con su pareja y procedió a dejar a su hija Beatriz -en ese momento de 11 meses- en su cuna ubicada en una habitación contigua, bastando sólo unos instantes para que se iniciase el caos.

“¿Dónde está mi hija?”

“De un momento a otro empezamos a sentir un movimiento muy fuerte y mi señora lo primero que hace es preguntar por mi hija ‘¿dónde está Beatriz?"”, explicó Fernández, afirmando que comenzó a apoyarse en los muros para poder avanzar hacia el encuentro de la pequeña.

Acto seguido, apuntó que “justo cuando voy detrás del refrigerador, no sé si se cayó el edificio o pegó un movimiento muy fuerte y eso a mí me noqueó, me fracturó”. A partir de allí, la oscuridad.

Tanto Cristian como su familia salieron con vida del desplome, aunque el derrumbe pudo tener -a su vez- un costo bastante alto para su vida, ya que sufrió “una luxofractura cervical en dos vertebras y por poco quedo tetrapléjico”, relató.

Producto de lo anterior, quedó con secuelas que ha ido tratando y sanando con el paso de los años.

Una “suerte” similar corrió su pareja, quien, de acuerdo al relato de Cristian, casi pierde un ojo, registrando además “una lesión fuerte y un golpe muy fuerte en la cabeza como en forma de herradura”, sumado a golpes en las piernas, hombros y brazos.

Una cuna, un milagro

A pesar del desastre que vivían, la pequeña Beatriz de 11 meses pasó por una situación que roza en lo milagroso, ya que salió ilesa del desplome.

“Ella estaba en una habitación pequeñita, donde estaba solamente ella con su cuna, que era de estas cunas antiguas con madera grande y robusta, con sus muñecos y peluches”, indicó su padre, agregando que la menor fue rescatada momentos más tarde por Carabineros.

En tanto, a su señora la auxilió un vecino, quien la tomó de sus brazos y la ayudó a salir desde los escombros. En lo que respecta a él, fue sacado -horas más tarde- por un civil y personal de la policía uniformada.

“Yo no pienso en lo que viví esa madrugada”

Mónica Molina, psicóloga, llegó a vivir al Alto Río tres semanas antes del colapso, también en el piso 11, y afirmó que a una década de lo ocurrido no piensa en dicha tragedia, pero sí decidió aprender de ella.

“Yo no pienso en eso, en realidad. Yo no pienso en lo que viví esa madrugada”, reflexionó Molina, acotando que “como experiencia de dolor yo la dejé atrás”.

En esa misma línea, señaló que uno de sus objetivos -tras el hecho que la tuvo atrapada toda la noche hasta ser rescatada por Bomberos- fue “darle un nuevo significado al dolor”.

Fundación Alto Río

Como una forma de dar sentido al trauma vivido, fue que nace en mayo de 2013 la Fundación Alto Río, agrupación -sin fines de lucro- formada principalmente por vecinos sobrevivientes del derrumbe, y que tiene entre sus fundadores tanto a Mónica Molina como a Cristian Fernández.

“Nos basamos en la memoria, en el registro y en la educación”, explicó Cristian, mientras que Mónica apuntó que el derrumbe les permitió darse cuenta de que “las autoridades de los servicios públicos, las autoridades políticas y administrativas del territorio no gestionaron de buena manera las soluciones”.

“El Sistema Nacional de Protección Civil no estaba preparado en ese momento para abordar un desastre como el que vivimos, entonces eso nos hace levantar una serie de preguntas para ver qué es lo que pasó y que es lo que debe cambiar”, explicó Molina, añadiendo que destinan su tiempo libre para sacar adelante la fundación.

Por su parte, Cristian acotó que “son desastres socio-naturales, son todos porque el hombre no ha sabido construir donde corresponde y las normativas sé que han cambiado”, y agregó que incluso como fundación presentaron iniciativas en el Congreso.

¿Qué cambió?

Consultados sobre lo que han “sacado en limpio” desde esa madrugada de febrero de 2010, ambos plantean que se han logrado avances, pero que aún resta mucho por avanzar en materia de de prevención.

“Hemos avanzado, estamos un poco más sensibilizados, pero yo creo que hay una brecha súper grande que caminar, hay un camino bien grande que nos queda todavía”, afirmó Mónica González.

En esa línea, expuso que en la actualidad se habla sobre “gestión del riesgo y eso no se hablaba el 2010 (…) Están surgiendo nuevas especialidades en las disciplinas en las universidades, los investigadores chilenos están abordando estas temáticas, hay un movimiento mucho más rico hoy día respecto de esto y eso es producto del terremoto del 2010″.

“Yo después de 10 años veo muy poco avance (…) Algunos vecinos creo que hemos sido resilientes, porque de lo malo que vivimos logramos sacar ideas”, analizó a su vez Cristian Fernández, quien además tuvo palabras sobre la “batalla” judicial que han debido vivir tras el terremoto, en relación a los dueños del edificio.

“La justicia chilena deja mucho que desear. Estamos hablando de un tercer juicio para un edificio que se cae, (donde) estaban clarísimas las evidencias de que el edificio estaba mal construido”, criticó Fernández, expresando que “la empresa ha sido negligente con el pago de las indemnizaciones”.

“Esta gente nunca nos ha entregado dinero. Lo está pagando con el mismo terreno donde nosotros sufrimos la caída del edificio, donde estaba nuestro propio departamento”, sentenció.