Edson miró a través del ojo mágico y al otro lado de la puerta de su departamento de calle Viel, en Santiago, vio a tres carabineros fuertemente armados. Abrió sin tener idea de qué se trataba y los policías inmediatamente se le tiraron encima.

“¿Dónde está? ¡Sabemos que lo tienes acá!”, le gritaron mientras lo esposaban con unas amarras plásticas que más tarde le dejarían las muñecas enrojecidas por la presión.

Lo apretaron contra el suelo y lo dejaron ahí mientras otros funcionarios procedían a allanar su domicilio. Aún sin saber que pasaba, lo levantaron y lo llevaron a la Cuarta Comisaría. ¿A quién buscaban? Un tal Marcial, supo más tarde, precisamente mientras lo trasladaban al cuartel policial con una rodilla hinchada y con las costillas adoloridas.

Pero Edson y el prófugo -conocido también como El Copetengue- nada tenían que ver: el primero es un informático que trabajaba en Providencia, mientras que el segundo hacía pocas semanas había asesinado, de un tiro en la cabeza, a un carabinero durante el asalto a una caja de compensación en Macul.

Los hechos antes descritos forman parte de la declaración y demanda que presentó la víctima, en la que acusó fuerza desmedida de los agentes del Estado, razón por la que pidió 40 millones de pesos como indemnización al Fisco, dinero que finalmente le será pagado tras la sentencia del Décimo Noveno Juzgado Civil de Santiago que se conoció este lunes.

El homicidio del subteniente Silva

Tres funcionarios de la PDI aguardaban por la luz verde en el semáforo ubicado en avenida Macul con calle Los Cisnes. Esa mañana del 1 de agosto de 2013 iban en dirección al sur, para entregar unas especies al SAG, cuando de pronto un furgón de Carabineros con las balizas encendidas los adelantó y paró justo al frente, en la Caja de Compensación Los Héroes.

Minutos antes, tres sujetos Marcial Berríos Díaz, José Miguel Muñoz Parada y Jaime Jorquera Ibarra habían irrumpido en la sucursal. Llegaron en un Chevrolet Optra plateado y lo hicieron de manera violenta. Portando armas de fuego, amenazaron a los guardias de seguridad, dependientes y público en general que se encontraban en ese momento en el lugar. Inmediatamente introdujeron una manguera conectada a un balón de gas en el sector blindado de las cajas y con ese mismo elemento amenazaron a las cajeras, para que les abrieran las puertas del sector. “Tranquilas, no les va a pasar nada”, les dijo uno de los asaltantes.

Peritajes al auto en el que llegaron los asaltantes tras el homicidio | Agencia UNO
Peritajes al auto en el que llegaron los asaltantes tras el homicidio | Agencia UNO

Una vez en su interior sustrajeron casi 17 millones de pesos en efectivo, los que cargó en un bolso Muñoz Parada, mientras Jorquera Ibarra y Berríos Díaz vigilaban a las personas que estaban en el interior del recinto.

Hasta ahí iba todo de acuerdo a lo planificado, pero en las afueras comenzaron los problemas para los integrantes de la banda -quienes se hicieron amigos en prisión, en Colina 1-, pues mientras Marcial salía de la sucursal con el balón de gas y lo guardaba en el Optra plateado advirtió la llegada de Carabineros. “¡Los pacos, los pacos!”, alertó.

Así las cosas, los asaltantes dispararon a matar, aunque sólo El Copetengue (o el Maru, como también le llamaban a Berríos) -vestido con un overol azul y una mascarilla- logró su propósito. El único tiro que percutó dio de lleno en la cabeza del subteniente Daniel Silva Rodríguez, quien a unos seis metros de distancia se bajaba de la patrulla. Había alcanzado apenas a abrir la puerta del copiloto cuando recibió el impacto.

Silva murió horas más tarde por traumatismo encefálico y lesión balística cráneo encefálica, mientras sus compañeros resultaron ilesos, pese a que también se enfrentaron e intercambiaron disparos con los otros dos implicados.

Subteniente Silva | Agencia UNO
Subteniente Silva | Agencia UNO

Enfrentamiento en el Parque O’Higgins

Los tres detectives que esperaban en el semáforo no sólo vieron todo lo ocurrido, sino que también quedaron en línea de tiro, por lo que lejos de seguir esperando por el verde, apoyaron a los carabineros que perseguían a los pistoleros.

Fue así como los funcionarios de la PDI llegaron a una fábrica de útiles de aseo ubicada en calle Los Flamencos. Allí, tal como le habían informado testigos y operarios, se escondían Muñoz Parada y Jorquera Ibarra, los que segundos antes de ser aprehendidos aprovecharon para sacarse sus cosas -el gorro y la panty que cubrían sus cabezas- y las arrojaron en un tarro de basura.

El primero de ellos estaba herido, mientras que el segundo lo cuidaba, incluso lo había ayudado a pararse en medio de la huida, cuando recibió un disparo.

A diferencia de sus cómplices, el asesino del subteniente Silva logró escapar y se mantuvo escondido por casi siete meses. Quizás la noche del 23 de febrero de 2014, cuando salía de Fantasilandia con Erika, su pareja, ya no se sentía perseguido. Pero eso estaba lejos de ajustarse a la realidad, pues la mujer era seguida discretamente por un equipo de la PDI.

La tarea había sido encomendada a los subcomisarios de la PDI Christian Salinas Campos y Andrea Jamett Leal, y al subinspector Carlos Jorquera Catalán, quienes llegaron temprano a las instalaciones del parque de diversiones.

Estuvieron ahí casi todo el día, hasta que cerca de las 21:00 horas les informaron que Erika y Marcial se dirigían a la salida.

Los policías los siguieron hasta una plaza de abundante vegetación en medio del Parque O’Higgins e intentaron detener al Copetengue. Sin embargo, al verse acorralado, en lugar de seguir las instrucciones que se le ordenaban, sacó una pistola Smith & Wesson y disparó contra los detectives, aunque sin conseguir herirlos.

Tal como lo hizo la mañana del 1 de agosto, apuró sus pasos y se dio a la fuga. Al menos eso pretendía, porque unos metros más allá cayó herido. Curiosamente cuando lo capturaron dijo ser otra persona: Sebastián Durán Uribe. Incluso portaba una identificación en su bolsillo, pero no fue suficiente prueba para convencer a sus perseguidores.

Fue arrestado y finalmente condenado a cadena perpetua calificada el 23 de diciembre de 2015 por varios delitos asociados al asalto y al homicidio del subteniente Silva.

Marcial Berríos durante el juicio | Agencia UNO
Marcial Berríos durante el juicio | Agencia UNO

El malentendido en el departamento

Fue precisamente durante las diligencias que se realizaron durante las primeras semanas de la investigación, meses antes de que se lograra la detención de Marcial, que la magistrada del Décimo Tercer Juzgado de Garantía de Santiago, Natasha Ruz Grez, dio orden de entrada y registro al departamento de calle Viel.

Por medio del fiscal de La Florida, Felipe Sepúlveda, la instrucción llegó a Carabineros, quienes ingresaron violentamente al inmueble donde residía Edson, quien nada tenía que ver en el asunto.

Según declaró más tarde ante la PDI tras poner una denuncia por lo ocurrido, funcionarios del GOPE lo tiraron al suelo, le amarraron las manos y sin darle una explicación coherente lo llevaron a la Cuarta Comisaría de Santiago supuestamente en calidad de testigo, aunque él sentía que se lo llevaban detenido.

En el cuartel policial -relató- le hicieron firmar unos papeles y lo dejaron en libertad. Afuera del recinto lo esperaban hace más de una hora su amigo Bruno y sus tíos Juan y Blanca.

El afectado llevaba las muñecas enrojecidas y cojeaba por la inflamación en una de sus rodillas que sufrió cuando fue reducido por carabineros en su departamento.

Departamento de Edson donde ocurrieron los hechos | Informe de la PDI
Departamento de Edson donde ocurrieron los hechos | Informe de la PDI

Si bien no está claro porqué se dio la orden de entrada y registro al domicilio de calle Viel, Bruno contó a la PDI que el carabinero que escoltó a su amigo hasta las afueras de la comisaría le refirió que hubo un llamado anónimo que señalaba con lujo de detalles que el asesino del subteniente Silva se encontraba escondido en el departamento de Edson.

Todo había sido “un malentendido”, les explicó el policía a la salida.

Demanda e indemnización

Ya en libertad fue llevado por su amigo y sus tíos a la Clínica Bicentenario, donde cerca de las 00:30 horas se le diagnosticó una contusión y herida en la rodilla izquierda, contusiones múltiples dorsales, lumbares y en ambas muñecas, además de estrés postraumático.

Todo ello motivó la presentación de una demanda en la que Edson explicó que el actuar “ha alterado totalmente su vida, creando una verdadera paranoia al salir a la calle o estar en su casa, piensa que en cualquier momento ser víctima de otro actuar como el señalado”.

La acción legal fue acogida por el Décimo Noveno Juzgado Civil y este lunes se conoció que el Fisco deberá pagar 40 millones de pesos por el actuar de los agentes del Estado.