Como una impresión de “déjà-vu”. Resignados, los franceses se plegaban este viernes a un segundo confinamiento para contener un repunte de contagios de covid-19, pero mucho más flexible que el de la primavera, con escuelas, fábricas y ciertos comercios abiertos.

“¡Hay mucha más gente en las calles de lo que me imaginaba!”, dice con cierto alivio Yohan, empleado de un banco en París, mientras espera el metro para ir a su trabajo, al otro extremo de la ciudad, hoy menos bulliciosa que de costumbre, pero lejos de las escenas fantasmagóricas de la primera cuarentena.

Aunque los franceses que pueden hacerlo deberán trabajar desde sus casas, al menos hasta el 1 de diciembre, muchos podrán seguir yendo a trabajar. Además de los comercios esenciales como supermercados y farmacias, se autorizó a las escuelas, bancos, florerías, ópticas, entre otros, a permanecer abiertos.

“Es un confinamiento diferente al primero, en abril no había tanta gente en las calles. Por el momento no veo mucha diferencia con los días anteriores, salvo que los cafés están cerrados”, dice Daniel, mientras camina en una calle en pleno centro de París.

Cerca, policías controlan que los transeúntes lleven consigo en un papel impreso o sus móviles el permiso para estar fuera de sus casas, ya sea para ir a trabajar, ir de compras o acudir a una cita médica, so pena de una multa de 135 euros (122 millones de pesos).

“En general me parece que el ambiente es más feliz que la primera vez, hay más gente en las calles, tenemos menos esa sensación de estar perdidos”, estima Eléonore, que prefiere tomar este nuevo encierro con filosofía.

‘Intentar compensar las pérdidas’

En el mercado de Belleville, uno de los más antiguos de la capital francesa, los parisinos hacen sus compras para el fin de semana, casi como cualquier otro viernes.

“Intentaremos trabajar lo que más podamos en noviembre y diciembre, para intentar compensar las pérdidas”, señala Salah Sangar, un vendedor, mientras distribuye gel para las manos entre sus clientes.

“Tengo una impresión de ‘déjà-vu"”, dice por su parte Anne, una parisina de 30 años, que salió a hacer unas compras al supermercado de su barrio. “Algunas estanterías estaban casi vacías, como las de papel higiénico, pasta o harina, pero las demás disponían de la mayoría de productos básicos”, cuenta a la Agence France-Presse la joven.

Los franceses vivieron un férreo confinamiento de 55 días, entre marzo y mayo, durante la primera oleada de la epidemia de covid-19 que ya se ha cobrado la vida de 36.000 personas.

Los esfuerzos de los 67 millones de franceses pagaron, pero desde agosto se observa un fuerte repunte de contagios que obligó al gobierno a ordenar un nuevo confinamiento al menos hasta el 1 de diciembre.

Unas horas antes de que entrara en vigor el nuevo confinamiento el jueves a la medianoche, las autoridades francesas de salud dieron cuenta de 235 muertos en los hospitales del país en las últimas 24 horas, frente a 211 el miércoles.

Además 3.147 personas se encuentran actualmente hospitalizadas en cuidados intensivos, es decir 111 más que el miércoles.

Los museos y monumentos no se salvaron del nuevo confinamiento. Al igual que en marzo, tendrán que mantener cerradas sus puertas, por una duración mínima de cuatro semanas, lo que en este país muy rico en espectáculos, exposiciones y conciertos fue recibido con consternación.

“Es un poco triste. Lo que más me va a hacer falta son las actividades culturales. Se acepta que haya gente en los mercados y supermercados, mientras que en las librerías, donde hay dos, tres, máximo cinco personas, deben cerrar. ¡No es normal!”, estima Ethel, una parisina de 66 años.