Internacional
La historia del exesp√≠a de 90 a√Īos que s√≥lo quiere volver a Corea del Norte
Publicado por: Diego Vera La información es de: Agence France-Presse
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Fue condenado a muerte dos veces por espionaje y pas√≥ tres d√©cadas entre rejas en Corea del Sur. Ahora, a sus 90 a√Īos, Seo Ok-Ryol s√≥lo tiene un deseo antes de morir: volver a casa, a Corea del Norte.

Seo nació en Corea del Sur, donde tiene familia, pero fue soldado y espía de Pyongyang, donde dejó a su esposa e hijos. Simboliza las divisiones de la península y la forma en la que los coreanos se vieron zarandeados por la historia.

Demacrado y encorvado, el exespía del gobierno norcoreano camina con bastón. Pero su mente es ágil y sus modales, airados.

“No he hecho nada malo, no he hecho m√°s que amar a la madre patria”, un concepto que para √©l, engloba al Sur y el Norte, afirm√≥ a la Agence France-Presse en su primera entrevista con un medio de comunicaci√≥n internacional.

Despu√©s de una cumbre intercoreana hist√≥rica en 2000, Se√ļl envi√≥ a Corea del Norte a unos sesenta exprisioneros de larga duraci√≥n, sobre todo soldados y esp√≠as.

Pero Seo hab√≠a firmado una promesa de lealtad a Se√ļl para poder salir de la c√°rcel, lo que le supuso la obtenci√≥n autom√°tica de la nacionalidad surcoreana y no pudo acogerse al programa.

En la actualidad, la izquierda surcoreana hace campa√Īa por el exesp√≠a de Pyongyang y otros 17 presos (uno de ellos de 94 a√Īos) para que puedan regresar a casa.

Nacido en una isla del Sur, Seo se hizo comunista cuando estudiaba en la prestigiosa universidad Korea de Se√ļl. Durante la guerra de Corea (1950-1953) se uni√≥ a las fuerzas del Norte, con las que se bati√≥ en retirada a medida que avanzaban las tropas de Estados Unidos y de la ONU.

Veneno

Seo se inscribió en el Partido de los Trabajadores de Corea del Norte y trabajó como profesor en Pyongyang hasta su envío a una escuela de espionaje en 1961.

“Tuve que irme sin ni siquiera poder despedirme de mi esposa”, cuenta.

Lo enviaron a Corea Sur con la misión de intentar reclutar a un responsable gubernamental, cuyo hermano se había marchado al Norte.

Cruzó la frontera de forma ilegal, a nado, y se reunió con sus padres y sus hermanos, quienes hasta hoy viven en Corea del Sur.

Pero no logró entregar al responsable gubernamental una carta de su hermano, fallando en su misión.

“Para m√≠ es como si mi hermano estuviera muerto. Le coment√© a las autoridades que hab√≠a muerto durante la guerra”, le dijo el hombre al esp√≠a, rechazando la carta.

√Čl no denunci√≥ a Seo de haber cruzado ilegalmente la frontera, pese a que los contactos no autorizados con norcoreanos pod√≠a acarrear penas de c√°rcel.

Despu√©s del fracaso de su misi√≥n, Seo se qued√≥ un mes en el Sur, siempre alerta para ocultar el libro que conten√≠a los c√≥digos, hasta la difusi√≥n por radio de una serie de n√ļmeros que lo llamaban de nuevo al Norte.

Pero llegó tarde al lugar previsto para transportarlo en barco. Intentó llegar a nado pero la corriente lo llevó de vuelta a Corea del Sur y fue detenido.

“Como esp√≠a, se supone que nos ten√≠amos que suicidar tragando una c√°psula de veneno
o con armas. Pero no me dio tiempo”, indica.

Cuenta que durante meses fue sometido a interrogatorios, a palizas y a privaciones de sue√Īo y de comida. Finalmente un tribunal militar lo conden√≥ a muerte por espionaje.

Aislamiento

Aislado, con escasas raciones de croquetas de arroz y rábanos salados, vio como varios espías y simpatizantes del Norte se iban a la horca.

En 1963, su condena fue conmutada porque era novato en espionaje y su misión había fracasado. Pero en 1973, volvió a ser condenado a la pena capital, esta vez por haber intentado convertir a un preso al comunismo.

“Escuch√© en seis ocasiones las palabras ‘pena de muerte’ en boca de los fiscales y de los jueces (…) Mi madre se desmay√≥ varias veces”, recuerda.

Sus padres vendieron una casa para financiar su defensa y la pena de Seo volvió a ser conmutada. Murieron antes de que su hijo fuese liberado.

A mediados de los a√Īos 1970, la pol√≠tica de reeducaci√≥n de los prisioneros norcoreanos aplicada por la dictadura surcoreana estaba en pleno auge. Los antiguos presos afirman haber sufrido golpes, ahogamiento simulado y las “celdas de castigo” min√ļsculas.

Pero √©l asegura no haber cedido, ni siquiera cuando su ojo izquierdo sufri√≥ una infecci√≥n. “Me dijeron que me convirtiera, me promet√≠an tratamiento. Me negu√©, diciendo que no pod√≠a cambiar mi fe pol√≠tica por un ojo”.

Perdi√≥ la vista de ese ojo pero no se arrepiente: “Mi ideolog√≠a pol√≠tica es m√°s valiosa que mi propia vida”.

Seguir vivo

En 1991, aceptó un acuerdo y se comprometió a respetar la legislación surcoreana. Lo liberaron bajo control judicial y se instaló en la localidad meridional de Gwangju, bastión de la izquierda surcoreana, cerca de su lugar de nacimiento, con la esperanza de poder juntarse con su mujer e hijos en una Corea reunificada.

Su fidelidad a Corea del Norte permanece intacta, y tambi√©n su anhelo de una sociedad “igualitaria”.

En su peque√Īo apartamento, Seo justifica las ambiciones nucleares de Pyongyang por la necesidad de defenderse de Estados Unidos y de su presidente Donald Trump, “un loco de remate”.

Veinticinco organizaciones lanzaron una petici√≥n para dejar marchar a Seo -quien estuvo dos meses hospitalizado este a√Īo por problemas card√≠acos- y a sus camaradas disidentes.

A√Īos despu√©s de su liberaci√≥n, una coreana residente en Alemania que viaj√≥ a Pyongyang le dijo que su familia segu√≠a viva pero le desaconsej√≥ contactarla para no perjudicarla.

Seo no se volvió a casar. A la pregunta de qué le diría a su mujer si la volviera a ver, tarda en contestar.

“Le dir√≠a ‘gracias por seguir viva”
, responde. “Te he echado de menos. No contaba con vivir separado de ti tanto tiempo”.

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