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"Vamos al banco, somos millonarios": el humilde boxeador que humilló al campeón Muhammad Ali

Wepner vs Ali
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¿Ustedes creían que solo Joe Frazier había mandado a la lona a Muhammad Ali? Pues se equivocan. Hubo un humilde boxeador que se enfrentó ante este gigante y pese a perder, lo hirió, y vaya como.

Hablamos de Chuck Wepner, un peso pesado que deambulaba en peleas de tercera y que cierto día, mientras veía televisión, recibió el llamado que le cambiaría la vida.

Wepner tenía 37 años y se encontraba en la etapa final de su carrera. Era un tipo grande y con una peligrosa tendencia a engordar.

Trabajaba como guardia de seguridad y todo su tiempo libre iba hacia el boxeo, que era su pasión. No tenía grandes condiciones, pero su falta de técnica lo reemplazaba su enorme fortaleza mental y su notable capacidad para conectar.

Antes de Ali la carrera de este boxeador no había sido tan mala. Fue campeón estatal y sirvió de sparring para dos leyendas del boxeo: Sonny Liston y George Foreman.

De esos combates se ganó el apodo de ‘el sangrador de Bayonne’, por su facilidad que tenía de terminar con su rostro completamente ensangrentado cada pelea.

En 1974, nuestro protagonista tenía 36 años y el promotor Don King había concertado un combate entre él y George Foreman, que en ese tiempo era el campeón mundial de pesos pesados.

Wepner había tenido un buen combate ante Liston y creían que el oriundo de New Jersey ayudaría a la preparación de los siguientes combates de Foreman.

Sin embargo, la pelea se aplazó, debido al cambio de fecha del legendario combate que dieron Foreman y Ali en Kinshasa (Zaire).

Aquella velada dio como nuevo campeón mundial a Muhammad y este aceptó sorprendentemente mantener el compromiso ante Wepner y poner en juego sus títulos.

La llamada que cambió su vida

El ‘sangrador de Bayonne’ se encontraba en su hogar, mirando su serie preferida (‘Kojak’), cuando de pronto recibió un llamado telefónico que lo dejaría sin palabras. Era su madre, quien le dijo que había escuchado en la radio que pelearía con el mismísimo Muhammad Ali.

El combate se pactaría de la siguiente forma: Wepner ganaría 100 mil dólares, mientras que su rival capitalizaría un millón y medio.

Con esta cantidad, no menor, nuestro protagonista estuvo, por primera vez, apto para realizar una preparación con todas las de la ley.

Se marchó a las montañas por siete semanas junto a su mánager, Al Braverman, y su entrenador, Bill Prezant. Trabajó como lo hacen los profesionales y al momento de la promoción de la velada llegó con un aspecto bastante mejorado.

Como era de esperar, Ali lanzó sus particulares bromas y Wepner las aceptó de manera silenciosa. Sin embargo, su mánager lanzó un desafío que a la larga se cumpliría: “el combate supondrá una gran sorpresa”, dijo.

En ese entonces tenía 37 años y se encontraba en su mejor momento.

El día de la verdad

El 15 de marzo de 1975 el Coliseo de Richmond se llenó para ver al nuevo campeón enfrentarse a la cenicienta.

El combate colmó las expectativas de los asistentes. Ali dominaba con facilidad a su oponente con una serie de golpes bien conectados, mientras que nuestro protagonista trataba de asimilar la lluvia de combinaciones.

Wepner estaba ofreciendo todo lo que podía, pero no era suficiente, hasta que en el noveno asalto sucedió algo que dejó atónitos a todo el público.

De manera sorprendente, Chuck conectó un golpe furtivo que fue a parar al cuello de Muhammad. Aquel mazazo lo hizo tambalear y lo mandó a la lona. Solo Frazier había conseguido algo así hasta ese momento.

Ali estaba incrédulo, no sabía lo que había ocurrido. Por otro lado, Wepner se fue a su esquina creyendo que la pelea había terminado, y le dijo a su entrenador “toma el auto que nos vamos al banco. Somos millonarios”.

Sin embargo, Prezant lo miró risueño y le respondió: “Date la vuelta, que se acaba de levantar y tiene cara de estar enfadado”.

Y así fue, Muhammad no toleró aquella falta de respeto y aumentó la intensidad de sus golpes. Nuestro protagonista aguantaba como podía lo que quedaba de pelea.

Pero no pudo resistir más y en el último asalto una buena combinación lo mandó a las cuerdas. El árbitro había terminado la pelea.

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ADLP

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