Tecnología
S√°bado 14 julio de 2018 | Publicado a las 21:38
El ingeniero de Apple que debía ocultarse en el clóset cada vez que Steve Jobs aparecía
Publicado por: Christian Leal
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Genio. Déspota. Loco. Estos son los adjetivos que con más frecuencia se utilizan al hablar de Steve Jobs Рy no necesariamente en ese orden. Creador de un imperio que actualmente se cotiza en 945.000 millones de dólares, Apple llegó a convertirse en la empresa más valorada del mundo gracias a su visión, alternada con frecuentes arranques de ira.

Historias que grafican esto existen muchas, pero probablemente pocas tan absurdas como la de Hidetoshi Kamoto, un joven ingeniero japon√©s que fue parte del equipo a cargo de crear el legendario computador Macintosh… pero de una forma tan clandestina que deb√≠a correr a ocultarse cada vez que el l√≠der de Apple hac√≠a su aparici√≥n.

Pongamos la situación en perspectiva.

En enero de 1983, un Steve Jobs de apenas 28 a√Īos entraba en la recta final del desarrollo del Macintosh cuando surgi√≥ un grave problema. El nuevo modelo de unidades de disco que iba a tener la m√°quina se estaba fabricando con una tasa inaceptable de errores: ni siquiera la mitad de ellas pasaba el control de calidad.

“Jobs mont√≥ en c√≥lera. Con el rostro enrojecido, comenz√≥ a gritar y a amenazar con despedir a todos los que all√≠ trabajaban. Bob Belleville, el jefe del equipo de ingenieros del Mac, lo condujo suavemente hasta el estacionamiento para poder dar un paseo y hablar de las alternativas”, cuenta el periodista Walter Isaacson en la biograf√≠a del cofundador de Apple.

Luego de evitar que Steve Jobs demoliera el lugar con su furia, Belleville comenzó a pensar en una forma de sortear el escollo. La mejor opción parecían ser los -por entonces- flamantes disquetes de 3.5 pulgadas que Sony estaba introduciendo al mercado.

Disquetes de 3,5 pulgadas | Russell Illig
Disquetes de 3,5 pulgadas | Russell Illig

Estos peque√Īos cuadritos pl√°sticos, pese a ser de un tama√Īo que les permit√≠a guardarse en el bolsillo de una camisa, ofrec√≠an mayor capacidad de almacenamiento que sus voluminosos antecesores de 5.25 pulgadas.

Pero la decisi√≥n no era trivial. Si decantaban por Sony, sus unidades elevar√≠an el precio final de la computadora. Por otro lado un fabricante tambi√©n japon√©s pero de menor tama√Īo, Alps Electric, estaba trabajando en una unidad compatible que resultar√≠a mucho m√°s barata… eso, si lograban terminarla a tiempo.

Jobs, Belleville y el ingeniero Rod Holt decidieron volar hasta Japón para revisar los detalles. Allí sostuvieron una ronda de reuniones donde Jobs horrorizó -o en algunos casos divirtió- a sus anfitriones con su ya entonces famoso mal comportamiento.

“Cuando le hac√≠an entrega formal de peque√Īos regalos, como era la costumbre, a menudo los dejaba all√≠ y nunca respond√≠a con obsequios propios. Adoptaba un aire despectivo ante los ingenieros que, colocados en fila para saludarlo, se inclinaban y le mostraban educadamente sus productos para que los inspeccionara. Jobs detestaba aquellos aparatos y aquel servilismo. ‘¬ŅPara qu√© me est√°s mostrando eso? -solt√≥ en una de sus escalas- ¬°Esto es una basura! Cualquiera puede construir un disco mejor que este"”, describe Isaacson.

Parte del equipo del Macintosh junto a Steve Jobs | Apple
Parte del equipo del Macintosh junto a Steve Jobs | Apple

Pese a que Sony tenía los discos listos para su uso, Jobs quedó irritado por la forma de producción manual de la empresa y decidió que apostarían por los discos de Alps. Aunque Belleville hizo todos los esfuerzos por hacerlo cambiar de opinión, el testarudo joven le ordenó terminar toda negociación con Sony.

El jefe de ingenieros sin embargo no se rindi√≥. Tras una reuni√≥n con Mike Markkula, miembro del consejo que gozaba de gran influencia en la empresa, decidi√≥ ignorar a Jobs y pedir de todas formas a Sony que adaptara sus discos para funcionar con el Macintosh. Belleville estaba seguro que Alps no podr√≠a cumplir la meta y para entonces, aquella ser√≠a la √ļnica alternativa viable.

Para esto, Sony envi√≥ a la sede de Cupertino a Hidetoshi Kamoto*, un ingeniero graduado de la Universidad de Purdue, en Indiana, quien hab√≠a dise√Īado los discos de 3.5″. Pero dado que el japon√©s ten√≠a asignada una labor que Jobs no s√≥lo desconoc√≠a sino que hab√≠a prohibido, deb√≠a ocultarse cada vez que el cofundador de Apple se aparec√≠a por el lugar.

(*En el libro se lo apellida incorrectamente Komoto).

“Cada vez que Jobs llegaba desde su oficina para visitar a los ingenieros del equipo del Mac -cosa que ocurr√≠a casi todas las tardes- estos se apresuraban a encontrar alg√ļn lugar para que Kamoto pudiera esconderse. En una ocasi√≥n, Jobs se encontr√≥ con √©l en un quiosco de Cupertino y lo reconoci√≥ de cuando se hab√≠an conocido en Jap√≥n, pero no sospech√≥ nada. Y casi lo descubre cuando lleg√≥ un d√≠a sin avisar, mientras Kamoto se encontraba en uno de los cub√≠culos. Un ingeniero lo agarr√≥ y le se√Īal√≥ un armario para guardar escobas. ‘¬°R√°pido! ¬°Esc√≥ndente en el armario! ¬°Por favor! ¬°Vamos’. Kamoto se mostr√≥ confundido pero se meti√≥ dentro e hizo lo que le ordenaron. Tuvo que quedarse all√≠ 5 minutos hasta que Jobs se march√≥. Los ingenieros del equipo del Mac le pidieron disculpas. ‘No hay problema -contest√≥ √©l- pero las pr√°cticas empresariales americanas son muy extra√Īas, muy extra√Īas”.

Por lo menos, Kamoto se lo tomaba con humor.

En mayo de 1983, Alps reconoció que no tendría lista la unidad de disco y que necesitaba al menos otros 18 meses para finalizarla. Belleville había tenido razón.

Bob Belleville y Steve Jobs
Bob Belleville y Steve Jobs

Con teatralidad, Markkula le preguntó a Jobs qué pensaba hacer ahora, cuando el jefe de ingenieros los interrumpió para contarles que podía tener pronto una alternativa de la mano de Sony.

Al principio, Jobs pareci√≥ desconcertado, pero r√°pidamente at√≥ cabos y entendi√≥ por qu√© se hab√≠a encontrado aquel d√≠a con el empleado de Sony. “¬°Qu√© hijos de perra!”, exclam√≥.

Sin embargo no estaba molesto. Por el contrario, en su rostro se dibujó una amplia sonrisa al descubrir que los otros ingenieros habían tomado la decisión correcta y con eso salvado el lanzamiento del Mac.

“Steve se trag√≥ su orgullo y les dio las gracias por desobedecerlo y haber hecho lo correcto. Despu√©s de todo, es lo mismo que √©l habr√≠a hecho en su situaci√≥n”, sentencia Isaason citando a sus compa√Īeros.

El campo de distorsión de la realidad de Steve Jobs

Incidentes como este y el hecho de que Jobs no fuera programador o t√©cnico en s√≠, proyectan la imagen de que el director de Apple s√≥lo se aprovechaba de las creaciones de los dem√°s, sin embargo su inspiraci√≥n fue vital en el √©xito de la compa√Ī√≠a.

De hecho, fue Jobs quien forjó el concepto del sistema operativo basado en un escritorio y ventanas que utilizamos hasta hoy, perfeccionando la rudimentaria creación del centro de investigación PARC de Xerox, asi como masificando el uso del ratón como puntero.

Obstinado hasta el hartazgo, fue su obsesi√≥n por los detalles la que dio forma a muchos de los elementos que hoy damos por sentado en cualquier computadora. Sin ir m√°s lejos, fue su insistencia en ofrecer diferentes tipos de letra a los usuarios la que logr√≥ el v√≠nculo entre Apple y el mundo del dise√Īo, cuando todos pensaban que aquella funcionalidad ser√≠a s√≥lo un gasto de tiempo y recursos.

Pero quiz√° su mayor aporte era lo que sus colaboradores denominaban su “campo de distorsi√≥n de la realidad”, bajo la cual Jobs -cual hipnotizador- lograba que la gente a su alrededor hiciera cosas que ni ellos mismos cre√≠an posibles.

El mejor ejemplo de ello es la conversación que tuvo con el ingeniero a cargo del sistema operativo del Macintosh, Larry Kenyon, debido a la lentitud del equipo para encender.

Norman Seef
Norman Seef

Cuando Kenyon comenz√≥ a explicarle las razones por las que no pod√≠a apresurarse m√°s, Jobs lo interrumpi√≥. “Si con ello pudieras salvarle la vida a una persona, ¬Ņencontrar√≠as la forma de acortar en 10 segundos el tiempo de inicio?”. Tras su respuesta afirmativa, Jobs fue a una pizarra y le mostr√≥ que si 5 millones de personas usaban el Mac y tardaban 10 segundos m√°s en arrancar cada d√≠a, eso sumaba 300 millones de horas anuales que la gente pod√≠a ahorrarse, lo que equival√≠a a salvar 100 vidas al a√Īo.

“Larry qued√≥ impresionado, como era de esperar, y unas semanas m√°s tarde se present√≥ con un sistema operativo que iniciaba 28 segundos m√°s r√°pido. Steve ten√≠a una forma de motivar a la gente haci√©ndoles ver una perspectiva m√°s amplia”, confes√≥ su viejo colaborador, Bill Atkinson.

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