Antes de implementarse el Transantiago, el sistema de transporte público de buses de Santiago era caótico, a pesar de los avances que había tenido a principio de los 90, cuando se establecieron recorridos claros y los buses tenían que cumplir con ciertas exigencias mínimas.

Hasta antes del Transantiago, casi ningún chofer tenía contrato y las distintas empresas, los distintos recorrido e incluso cada bus peleaba por los pasajeros, porque sus ingresos dependían de esa dura competencia que muchas veces significaron choques y atropellos, y grandes congestiones que hoy harían más caótica la ciudad (un porcentaje altísimo de los buses pasaba por la Alameda).

Sin embargo, había algo que se perdió. El sistema tenía “sensibilidad social”. Como bien dijo un dirigente mediano el 2003 o el 2004, cuando el pasaje subía $10, el número de boletos “cortados” bajaba inmediatamente y no se recuperaba sino dos o tres meses después. En compensación, aumentaban las personas que caminaban o pedían el clásico “¿Me lleva por 100 (pesos)?”, o “¿Nos lleva a los dos por $300?”.

El sistema anterior permitía una flexibilidad informal de tarifas que respondía a la gran diversidad de ingresos que tienen los usuarios del transporte público, tanto estructurales como circunstanciales (a mayor cesantía, mayor cantidad de tarifas informales).

Chile es un país muy desigual, sin embargo en muchos ámbitos se piensa el país como si fuera “uno solo”, uniforme. Transantiago no consideró que no todos pueden pagar una tarifa tan alta, entonces se dieron condiciones que propiciaron la evasión, tanto de los que no podían o tenían muchas dificultades para pagar como para quienes se aprovecharon de las circunstancias. Lo que, con el tiempo, ha normalizado la evasión.

Transantiago tampoco consideró, por ejemplo, que un porcentaje de sus usuarios son analfabetos (posiblemente alrededor de un 4 o 5%), adoptando un sistema gráfico inspirado en el transporte de ¡Londres! Un sistema donde en es necesario informarse a través del celular… ¿Qué pasa con los que no tienen celular o no saben usarlo para esos fines?

Tampoco en la elaboración de Transantiago se habló con los municipios, los choferes o con la ciudadanía para establecer de mejor forma los recorridos y la ubicación de los paraderos, entre otros.

Los ejemplos anteriores resultan violentos para muchas personas. Más cuando el costo del transporte significa un alto porcentaje del ingreso familiar.

Esas violencias –donde, por ejemplo, no se daban alternativas más económicas para quienes se les hace muy caro pagar el transporte público- fueron de conocimiento de algunas autoridades y funcionarios públicos. Pero no interesaron. No estaban dentro de las prioridades. Eran demandas que no calzaban con el “modelo”.

Y lo que pasa en el transporte público ha pasado y pasa en muchos ámbitos, no es un caso aislado sino todo lo contrario. Parece ser parte de la forma de actuar, parte del sistema, de una cultura de gobernar y de hacer desde el poder.

La desconexión entre las autoridades, los “técnicos” o “expertos” y algunos funcionarios con las realidades locales durante tanto tiempo es lo que ha llevado a situaciones como las que hemos vivido estos días. Una acumulación de rabia frente a un sistema –tanto en el ámbito público como privado- que no escucha a amplios sectores de la sociedad.