Hace 23 años falleció mi abuela materna. Unos diez años después, nuestra madre nos permitió elegir algo como recuerdo de ella entre decenas de objetos muy diversos que habían quedado en su casa: dos hermosas vitrinas esquineras vidriadas, una gran mesa de comedor de maderas nobles y un par de gobelinos, eran algunos de ellos.

Después de un largo rato en que recorrí la casa de mi abuela mirando y tocando los diversos objetos, no tuve dudas: el objeto que más valoré fue… un rallador de queso. Un cajón tosco de madera con una hojalata perforada en la parte superior.

Después de 10 años, al abrir el cajón salió un fuerte olor a queso parmesano que me recordó de manera vívida a mi abuela. (Hoy, todavía cuando abro ese cajón sale olor a queso, a pesar de que no lo uso.)

Proyecto de Ley de Patrimonio

Si un experto en antigüedades, un tasador, un “especialista” o algún funcionario público hubiese tenido que decidir qué conservar entre todas las cosas que había para elegir como “patrimonio” (cultural) que rememorara a mi abuela, de seguro ninguno habría elegido entre las 10 primeras opciones el rallador de queso (probablemente nunca).

Esta anécdota –real- la relato para explicar que el Patrimonio Cultural también tiene aspectos afectivos, espirituales y vivenciales que sólo las personas o comunidades directamente involucradas pueden apreciar en su justa profundidad. Así como a mí me pasó con el rallador de queso, a las comunidades le puede pasar con algún edificio sin ningún valor “histórico” o “arquitectónico”, con un árbol o con un banco que, a ojos ajenos, pueden parecer iguales a otros, por mencionar ejemplos.

Cuando el Patrimonio Cultural queda exclusivamente en manos de “especialistas” y de funcionarios públicos (con todas las buenas intenciones que tengan), se pierde uno de los aspectos más importantes: el espiritual, afectivo, el vivencial, los factores que hacen que las personas directamente vinculadas a él lo valoren y estén conectadas íntimamente a ese patrimonio.

Cuando en las decisiones sobre qué es o no Patrimonio Cultural quedan fuera los factores explican por qué éste tiene un valor mucho más allá que el que puede asignarle un “tasador”, se pierde lo que hace que, incluso el Patrimonio Material, tenga un valor inmaterial que lo engrandece, por qué para algunos es invaluable.

Acepto que esto (que algo sea invaluable, que no tenga precio), en un sistema materialista, muchos no lo entiendan (y otros tantos no lo quieren entender).

El Proyecto de Ley de Patrimonio ingresado por el Gobierno al Parlamento dejaría las decisiones tanto a nivel regional como a nivel nacional en manos de una amplia mayoría de funcionarios públicos de confianza del gobierno de turno y de algunos representantes del mundo “ciudadano” que representan profesiones o especialidades, y que son elegidos por el Presidente de la República (Nacional) o el Delegado Presidencial (a nivel regional) a partir de ternas propuestas por esos sectores. Esto pasa incluso con las dos excepciones: el representante de las comunidades vinculadas al Patrimonio y a un cultor de Patrimonio Inmaterial (2 de un universo de 17).

El Proyecto de Ley de Patrimonio, de aprobarse como se presentó, significaría un gran retroceso en el sentido profundo y actual que tiene el Patrimonio Cultural, esto es hacer que sean las propias comunidades involucradas las que sean partícipes en su valoración y gestión. Es decir, tiende a darle más protagonismo.

Con todo, sigo feliz con mi rallador de queso y, tengo claro que, cuando se haya desvanecido su olor, ya estaré en condiciones de usarlo para dejarlo de herencia a mis hijos.