Artes y Cultura
Viernes 17 mayo de 2019 | Publicado a las 13:06 · Actualizado a las 13:07
"El vestigio del silencio": una búsqueda interna entra amnesia, pesadilla, inmadurez y "thriller"
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Harry Dillard es un joven que ha olvidado buena parte de su pasado, el que va aflorando poco a poco en su memoria, como chispazos, estimulados por encuentros con personas que lo tratan con familiaridad y que no reconoce, por sueños o pequeños detalles. Tiene cicatrices, recuerda un choque. Confunde sueños, pesadillas, con realidad. Su soledad, sus angustias, la falta de sentido de su vida, con sus deseos de ser “normal” o ser “él”, pero sin saber quién es.

“Dejo de intentar de escribir en mi mente y me digo que ninguna palabra puede salvarme, ninguna palabra puede ser mi hogar.” (pp 124)

“El vestigio del silencio”, de Jorge Yacoman, es un libro particular, escrito aparentemente a borbotones, con dosis de angustia, de frustración, de precariedad emocional, sin mucha pulcritud (y varios errores de redacción), acentuando con ello el estado del protagonista.

“Me acurruco con una manta y una almohada, y trato de disfrutar de la comodidad de la tristeza para no pensar en otra cosa.” (pp 94)

“Veo el cuerpo desnudo de Frances, sus pechos, sus pezones, su culo, su vagina. Una parte de mí está aburrida, otra está muy sola, y otra busca el caos para poder comenzar todo desde cero, con una nueva cara y un nuevo nombre.” (pp 94)

Con “El vestigio del silencio”, Jorge Yacoman nos muestra un mundo de confusión, sin certezas o motivaciones fuertes, un mundo de hombres inmaduros o que actúan en forma superficial, sin medir consecuencias. Y algunas mujeres (la enfermera, la madre que sólo nombran o Frances, la que se convierte su pareja), pocas en un libro muy masculino, centradas, receptivas, pacientes.

En este sentido, “El vestigio del silencio” se enmarca en las obras de abierta o implícita crítica a un mundo masculino inmaduro e autorreferente.

“Desde mi soledad veo un mundo donde la angustia es tener una rabieta, la libertad es ser capaz de follar, drogarse y emborracharse a los doce, la pasión es masturbarse seis veces seguidas, inteligente es hablar de impuestos y repetir todo lo que se oye en la televisión con una copa de vino en la mano, el respeto es guardarte todo, sensible es decir, “Ah, pobrecito” y fingir fruncir el ceño, la honestidad es decir cuántas veces te has masturbado en una semana, la empatía es decir “Sé a lo que te refieres”.” (pp 70)

“El vestigio del silencio” es un libro que resulta, a ratos, fácil de leer, mientras que en otros pasajes es menos fluido. Donde su protagonista, Harry Dillard, puede generar a momentos cierta empatía y en otros hasta fastidio. Todo lo anterior en una búsqueda que va desde lo profundo a lo infantil, en saltos un tanto agotadores. A lo anterior debemos agregar episodios propios de un thriller.

El vestigio del silencio, Jorge Yacoman (c)
El vestigio del silencio, Jorge Yacoman (c)

El vestigio del silencio

Jorge Yacoman
Agosto de 2018, Columbia, Estados Unidos

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