Artes y Cultura
Lunes 29 abril de 2019 | Publicado a las 14:30
Conoce la novela de ciencia ficción que imagina el Chile austral como zona cero del Apocalipsis
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Vladimir Rivera, autor de la muy recomendada novela de ciencia ficción “Yo soy un pájaro ahora”, evalúa un funesto destino para la humanidad. Una crisis sanitaria, material y anímica con epicentro en Chiloé. Los síntomas están hoy a la vista: la muerte de 1300 niños en hogares de acogida que a nadie importan, sequías históricas y depresiones colectivas de las que, aparentemente, no hay escape. “Finalmente la muerte es también un acto de amor”, dice aliviado.

Por Carlos Salazar

Siete historias componen el ágil libro “Yo soy un pájaro ahora” (Montacerdos) de Vladimir Rivera, cineasta y profesor de lengua castellana. Con la mirada del autor de películas y el don de la palabra del profesor que escucha, el escritor plantea un original relato creado a partir de ideas reconocibles del último par de décadas. En la marcha final de la humanidad hacia su final, el sur de Chile parece ser el último escenario de la catástrofe.

La crisis que recibe el nombre de “Holodomor”, remite a la gran hambruna-holocausto ucraniana del siglo pasado y recibe en su réquiem a personajes que parecen sacados de una realidad paralela, pero demasiado familiar para quienes temen el fin del agua en Chile, la depredación ambiental o la depresión colectiva como un rasgo cultural.

Esto último, conduce el desolador relato de la muerte de niños y viejos por acción de un virus mutante o (incluso) por la infantil mano propia. Un tema impopular en tiempos en que el acoso escolar, los abusos y las exigencias de un mundo de apariencias nos entregan estadísticas como estas: poco más del 3% del total de suicidios en Chile los cometen niños de entre los 4 y 11 años.

“Creo que el tema debería incomodar a todos. Los niños no se tienen que suicidar, deben vivir para jugar. Hay un modelo familiar y educacional que apunta a estresar a los niños, a intelectualizarlos para que en el futuro sean mano obrera calificada. Nadie apela a la felicidad de los niños. Nos enteramos que en el SENAME murieron más de 1300 niños y no hay detenidos, no hay culpables. Estamos en presencia del infanticidio más letal de la historia”, asegura –hastiado- Vladimir Rivera sobre la forma en que se usaba la palabra “stock” al referirse a la partida de un niño de estos hogares de acogida, como si fuesen parte de una bodega, de una merma: “un acto agresivo de invisibilidad. Desde el momento en que te asignan un número ya eres invisible”, declara el guionista de las series “Gen Mishima” y “Solos en la noche: Zamudio y sus asesinos”.

Recientemente, los medios chilenos hacían eco de una paranoica advertencia de la policía española y sobre un video viral que incitaba a los niños a provocarse la muerte. Los medios publicaban la info como real, siendo una (más) de las postverdades que acompañan a niños y adultos en la vida digital. Sin embargo, cadenas Whatsapp y mensajes de Twitter alertaban como real la posibilidad de que un niño sea capaz de suicidarse por las órdenes de un mensaje cifrado en capítulos de Peppa Pig. “Es a un terreno desconocido al que nos ha llevado la tecnología”, cree el autor de “Yo soy un pájaro ahora”.

Una nueva batalla, dice, cuyo final es tan insospechado, como los caminos en que puede derivar. “Estamos en la Matrix, cruzamos el espejo hacia el mundo de Alicia en el país de las maravillas y en este cruce, hemos perdido el sentido de lo real. Lo real era lo tangible, ahora, todo es real. Hemos extraviado esa barrera y no sabemos cómo escapar del espejo, como en Narnia, nos estamos congelado a la intemperie de lo virtual, pero no hay camino de regreso más que la destrucción”, dice recurriendo a otros relatos de aparente ligereza infantil.

Cedida
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Todo mal

En esta pérdida de la realidad es donde se ha normalizado que en los colegios haya maltrato entre pares, desde profesores a alumnos y de alumnos hacia profesores. Si a esto sumamos la pandemia del ciberacoso, el panorama se transforma en una isla de la que nadie puede escapar, como plantea la publicación del docente de la Facultad de Artes de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. “Está comprobado que las redes sociales producen depresión y ansiedad; que los celulares producen daño neurológico en los niños. Estamos impávidos ante la muerte. Más grave que una normalización, lo que hay es desidia e indiferencia. La gente está sola en su red luchando sus propias batallas”, agrega.

En “Yo soy un pájaro ahora”, esa red que lo aplasta todo es una reversión del Holodomor (la legendaria hambruna genocida de la URSS) que se reconfigura en el texto como una lección no aprendida que muta en una amenaza a la vuelta de la esquina y que en Chile podría ser perfectamente la crisis del agua, el cambio climático, la contaminación o la brecha sanitaria que abren los movimientos antivacunas.

El apocalipsis personal de Rivera es tan desolador como la peor ficción: “Pienso en que todos vamos a morir irremediablemente, que la revolución será contagiada, que no habrá un paraíso y nos iremos con dolor ante el fin de los tiempos. No hay vuelta atrás, es cosa de tiempo y estoy seguro que cuando venga ese tiempo final, solo desearemos estar con los seres que hemos amado en la vida. Porque finalmente la muerte es también un acto de amor”.

-La preocupación por esa trascendencia o la falta de ella, parece ir en sentido opuesto a la dirección en que avanza el Chile del desarrollo y lo “anecdótico” que se torna el aumento de la depresión, el burn out en el trabajo o el suicidio infantil y escolar como externalidades negativas de este crecimiento. ¿Lo llamarías un exitismo a cualquier costo?

-Pienso que todas las épocas tienen sus propias batallas. En esta época es el éxito. Queremos ser influencers, que nos miren, hemos bajado la barrera de nuestra intimidad, nos hemos expuesto al mundo. La única manera de tener éxito es dejar de ser invisible. El poeta que escribe solo en su habitación para que descubran sus textos 50 años después, no tiene ninguna chance, lo más probable es que publique algo así como “escribiendo poemas aquí en mi habitación acompañado de buena música y un rico vino”. El poema da lo mismo, lo que importa es que todos sepan que es poeta; si es bueno o malo es otra cosa.

-Sobre la temática del virus que arrasa la vida en el sur de Chile y sus circunstancias. ¿No crees que ya hay suficientes relatos sobre devastación apocalíptica y zombis?

-Creo que siempre depende de la mirada. Si lo miras desde el mainstream hay un nicho ahí que adora este tipo de historias. Jim Jarmush hizo una película de zombies, por lo tanto, ahí también hay una mirada. Si fuera porque hay muchas, nadie haría novelas históricas, o románticas. Depende de lo que quieras decir. En mi caso, la ciencia ficción es un contexto, es biopunk, es la enfermedad, una especie nueva de terror, de bioterror; quizás a lo Cronemberg en el fondo, más a Bradbury en la forma. El arte es evasión, pero dentro de esa evasión igual puede haber un acto de reflexión. Los géneros te permiten usar la metáfora, ir a lo oblicuo, en mi caso es un pretexto, a mí me gusta la reflexión que genera la devastación interna. No creo en el género puro, no me gusta, no va conmigo.

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