Cultura
Cultura del robo
Publicado por: Ezio Mosciatti
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Un pa√≠s donde el respeto por los dem√°s y el bien com√ļn no se ponen en cuesti√≥n‚Ķ

Pas√≥ hace unas semanas en Wellington, capital de Nueva Zelanda, en ‚Äú4 Four Square‚ÄĚ, un local que forma parte de una gran cadena de peque√Īas tiendas que venden b√°sicamente alimentos.

La se√Īora que atend√≠a me dijo que si quer√≠a comprar me apurara porque ten√≠a que salir a dejar unas cosas a unas cuantas cuadras. Al salir, puso un letrero que dec√≠a ‚Äúcerrado‚ÄĚ, pero dejando la puerta abierta y la fruta y las verduras expuestas en la calle. Esto a pocas cuadras de ‚ÄúCuba street‚ÄĚ, un lugar comercial y tur√≠stico de la capital.

A partir de entonces, me fij√© en varios negocios que estaban ‚Äúcerrados‚ÄĚ de la misma forma, en la poca ‚Äďy casi nula- presencia de polic√≠as, la inexistencia de guardias privados, en las escas√≠simas c√°maras de vigilancia y en la gran cantidad de casas con rejas muy bajas o sin cierros de sus terrenos, entre otras tantas muestras de un pa√≠s donde casi no se roba.

Al volver, la pregunta obvia es ¬ŅQu√© efectos tiene el robo ‚Äďtan com√ļn y ‚Äútransversal‚ÄĚ- en Chile? Los econ√≥micos son gigantescos, si pensamos en que s√≥lo en Santiago hace casi 4 a√Īos hab√≠a cerca de 75.000 guardias privados (muchos m√°s que los carabineros en todo el pa√≠s). Sumemos las rejas, chapas de seguridad, alambres electrificados, c√°maras de seguridad, etc. Y Carabinaros y ‚ÄúSeguridad Ciudadana‚ÄĚ de municipios que no impiden tener alt√≠simos √≠ndices de robos.

Lo anterior tambi√©n tiene efectos ambientales, est√©ticos, visuales: vivimos en entornos que transmiten inseguridad, llegando en casos a ser casi carcelarios. Y a tanto condominio donde el sentido de lo p√ļblico ha desaparecido.

Los efectos más relevantes, para mí, son los que inciden en las relaciones humanas, en las confianzas. El estar inmersos en una sociedad donde no podemos confiar prácticamente en nadie, porque todos o casi todos roban.

El robo, en Chile, es un tema cultural de larga data, que ha sido recogida en muchos textos, en la literatura y en testimonios muy diversos (Por ejemplo en las memorias de Alfredo Gómez Morel). Pero las circunstancias, el contexto, han cambiado. Un ejemplo para explicar:

El a√Īo pasado, conversando con dirigentes sociales y vecinos de la comuna de Cerrillos, una mujer relat√≥, en el contexto de la toma de terrenos (a dos kil√≥metros de la locomoci√≥n colectiva, que deb√≠an caminar por senderos de tierra y barro), que realizaron a principios de los 70, lo siguiente:

‚ÄúLa toma la hicimos con fonolas y frazadas. Yo ten√≠a una puerta de madera, una de verdad, que era nuestro orgullo. Entonces, cuando sal√≠a a trabajar, le pon√≠a un candado y me iba de lo m√°s tranquila‚ÄĚ.

El tema no es que no hubiera robos y violencia en esa época. Había muchos. Es cierto que había menos armas de fuego (aunque mucha gente portada armas blancas y eso estaba normalizado) y no había pasta base y el tema drogas era mucho menos complejo. Pero la gran diferencia es que existían organizaciones sociales, tejido social, había solidaridad y ciertos códigos que se respetaban.

En una sociedad donde el robo es cultural pero ésta está desprovista de cierta ética, de tejido social y de solidaridad y, además, en la que se ha fomentado al extremo el individualismo, el consumismo y el querer acceder a bienes sin importar cómo, los resultados pueden ser devastadores.

La ecuaci√≥n tiene diversas variables, pero ninguna de ellas es f√°cil de manejar. Al menos eso parece cuando se viene de un pa√≠s donde el respeto por los dem√°s y el bien com√ļn no se ponen en cuesti√≥n‚Ķ

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