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Por el derecho a morir como un perro
Publicado por: Christian Leal
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Esta ma√Īana fuimos con Alejandra y la familia gatuna a la cl√≠nica veterinaria para que le quitaran los puntos a la gata tras haberla esterilizado. Llevamos con ella a sus peque√Īos para que no se sintiera ansiosa y funcion√≥. Durante el rato que esperamos, se ovill√≥ al interior de su jaula transportadora, flanqueada por sus gatos, uno a cada lado.

Antes de nosotros hab√≠an dos pacientes caninos. Uno era una perra que para sus 4 meses ya era bastante grande. Una loca adorable que s√≥lo quer√≠a saltarle encima a todo el mundo y lamerlo. De pelo brillante, ojos vivaces, s√≥lo iba por sus vacunas. Era la imagen misma de la felicidad. Y c√≥mo no, si sus due√Īos la hab√≠an rescatado de la calle cuando era una bola apelmazada, unos meses antes. As√≠ valoran los quiltros el amor. El ya no pasar hambre, soledad ni fr√≠o.

Pero el otro perro no podía ofrecer más contraste.

Echado en una caja grande de frutas, yac√≠a un cocker… o lo que quedaba de √©l. Pese al chaleco que ten√≠a puesto y a que la consulta estaba calefaccionada, temblaba en peque√Īas convulsiones. Estaba inconsciente, o muy cercano a ello. La oreja, la ten√≠a destru√≠da.

No nos cost√≥ entablar conversaci√≥n con su due√Īa, una se√Īora de mediana edad que s√≥lo lo miraba con cara de contricci√≥n. Necesitaba hablar.

El perro era viejo. Ten√≠a 15 a√Īos. Le hab√≠a dado una otitis que se sali√≥ de control y, de alguna forma, un insecto deposit√≥ larvas en su herida que le carcomieron la piel. A partir de entonces su salud se vino abajo. Llevaba m√°s de una semana sin comer y la noche anterior, se hab√≠a negado a tomar agua.

- Creo que ya no quiere seguir viviendo – dijo la mujer resignada.

Los animales lo saben. Saben cuando dejar de luchar. Cuando dejarse ir. Me pas√≥ con Taz, uno de mis gatos, que cuando languidec√≠a, con una sola mirada, s√≥lo me pidi√≥ compa√Ī√≠a y que lo dejara morir. Exhal√≥ horas m√°s tarde abrigado, a los pies de mi cama.

Pero este pobre perro era un espect√°culo que te amu√Īaba el alma. Cada cierto rato, daba peque√Īos gemidos y se estremec√≠a. La estaba pasando muy mal.

- Vamos a ver qu√© me dice el veterinario. Aunque creo que s√© cu√°l ser√° la respuesta – nos confidenci√≥ su due√Īa.

Cuando la llamaron, le deseamos suerte, significara lo que fuere. Me acerqu√© discretamente a mi se√Īora y le susurr√© que lamentablemente ese perro iba a salir en una bolsa. Era evidente.

A los pocos minutos, confirmando mi presagio, su due√Īa sali√≥ del box sola, con los ojos llenos de l√°grimas. Adem√°s de todo el veterinario le hab√≠a detectado tumores. No hab√≠a nada que hacer.

- Lo har√°n dormir – nos dijo llorosa.

Lo lamentamos, pero todos sabíamos que era lo mejor.

Al rato, con mucho respeto, una asistente llegó con la caja y el cuerpo ahora inmóvil del perro. Lo cubrieron con una bolsa. La mujer se lo llevaría, seguramente para sepultarlo.

Con mi se√Īora guardamos silencio por un rato ante la escena. Finalmente, ella me dijo:

- Es absurdo que en este país todo el mundo entienda que un perro tiene derecho a dejar de sufrir, pero no un ser humano.

Y tiene raz√≥n. Dentro de las iron√≠as de nuestra tierra, el √ļnico derecho que perros y gatos tienen sobre los seres humanos -si tienen la suerte de contar con uno que se preocupe de ellos- es que se les ponga fin a sus sufrimientos. Las personas, nosotros, los seres superiores, debemos banc√°rnoslas hasta el final. Sin importar el dolor propio o de nuestras familias. Est√°s condenado a vida. Si es que a√ļn as√≠ puedes llamarle.

Nunca he comprendido a los detractores de la eutanasia. En el aborto, vale, hay campo para discutir. ¬ŅPero por qu√© habr√≠as de negarle a alguien su leg√≠timo derecho a decidir que quiere poner fin justificado a su dolor?

He escuchado algunos argumentos y, con todo respeto, cada cual es m√°s est√ļpido. Que la eutanasia es una excusa para no mejorar los sistemas p√ļblicos de salud. Que s√≥lo Dios puede quitarte la vida (aunque seas ateo). Y mi favorito: que la eutanasia es el primer paso hacia la eugenesia de los nazis, donde podremos deshacernos por orden estatal de discapacitados, deformes y viejos.

(Una absoluta incongruencia que ni siquiera distingue el suicidio del homicidio).

Si ya hemos abierto una brecha en la discusi√≥n de los derechos individuales m√°s fundamentales, como el de amar en las parejas del mismo sexo, o el de las mujeres a decidir con su cuerpo, s√≥lo queda esperar a que sigamos avanzando y alg√ļn d√≠a las personas podamos decidir, de manera libre y consciente, que tenemos derecho a abandonar este mundo en paz y dignidad.

Que tenemos derecho a morir como un perro.

Christian Leal Reyes
Periodista – Director de BioBioChile

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