Notas
El funeral de la Paloma
Publicado por: Christian Leal
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Imagen: Alfonso Benayas (CC)

Imagen: Alfonso Benayas (CC)

Fue en el viejo barrio, después de haber andado, literalmente, 6 meses recorriendo calles adoquinadas, pasajes empedrados y cuanto recoveco del viejo y silente puerto encontrara.

Entre los habituales de toda plaza, es f√°cil encontrar uno que otro borrach√≠n, vendedores de “yerbitas”, due√Īas de casa, la se√Īora de los huevos duros, la de las hierbas m√°gicas y medicinales, perros vagabundos, gatos y por supuesto, las reinas de todo centro social de reuni√≥n: las palomas.

No s√© ni quiero saber cu√°nto vive una de estas nunca bien ponderadas avecillas. Lo cierto es que est√°n ah√≠, por todas partes, en todas las plazas, en todas las torres, en todas las ciudades, y pareciera que no tienen ning√ļn inter√©s en usar controles de natalidad o condones para palomos. Ellas viven, se reproducen y existen, quer√°moslo o no.

No hay que desconocer que estos insignificantes seres han tenido cierto grado de participaci√≥n en la historia, estando desde siempre junto a nosotros; fue una de ellas la que anunci√≥ con una rama de olivos el fin del diluvio; fueron palomas las que en varias guerras lograron llevar mensajes seguramente decidores en la victoria o en la derrota; fue una paloma la que -se supone- descendi√≥ del cielo cuando fue bautizado Jes√ļs por su primo Juan, y claro, es una paloma el s√≠mbolo de la paz.

Entonces, surge la interrogante.
¬ŅEn qu√© momento permitimos que estos sencillos pajaritos nos sobrepasaran?

Algunas semanas previas a este d√≠a caluroso, una noticia hab√≠a sido el comidillo de la prensa. Un sacerdote, al verse colapsado por la gran cantidad de palomas que llegaban a pedir asilo en su iglesia, sencillamente las mando a matar. Lo curioso es que el sacerdote es de la orden franciscana; s√≠, la misma orden fundada por Francisco de As√≠s, patrono de los animales y que trataba a estos seres como “hermanitos menores”.

Es igual que si un sacerdote jesuita, de la misma orden que nuestro Padre Hurtado, protector de los pobres y desamparados, se parara frente a una Hospedería del Hogar de Cristo y dijera ya, vamos a echar a unos cuantos indigentes porque son muchos en la iglesia.

Ese d√≠a, recorriendo el viejo barrio, sub√≠ las escalinatas de la Iglesia la Matriz y all√≠ estaba, como dormida en el borde de uno de los pelda√Īos. Como descansando, como agotada despu√©s de una larga ma√Īana. Todas las palomas son como las moscas, dif√≠ciles de atrapar. Es como si tuvieran ojos en la espalda, o peor a√ļn, como que se burlaran de todo incauto que ha pretendido alguna vez tratar de tocarlas o atraparlas, vaya a saber uno con qu√© mal√©ficos planes. Pero la paloma de la escalinata no vol√≥. Ni siquiera intent√≥ hacerlo. Se quedo ah√≠, acurrucada en el borde del pelda√Īo y me mir√≥ con esos ojos de sufrimiento, de pena.

Me agach√©, ni siquiera lentamente. S√≥lo me agach√© a tocarla como abrigando una leve esperanza de que emprendiera el vuelo. No lo hizo. Se quedo all√≠, hasta que sinti√≥ mi tosca mano recorrer su lomo. Probablemente pens√≥ en escapar como tantas otras cientos de veces lo hab√≠a hecho, pero esta vez no fue as√≠. Solamente estaba ah√≠, acurrucada al borde de un pelda√Īo de la escalinata de la Iglesia La Matriz en Valpara√≠so.

El fuerte hedor a orina, a excremento, a fritura de pescado, de mariscos, ese olor a puerto, me transporta a otro mundo, un mundo desconocido para mi, que no deja de sorprenderme, que no deja de atraparme, de absorberme. Ese mundo, ese entorno, me hizo, no s√© porqu√© raz√≥n, quedarme a un costado de la Iglesia, sentado, absorto por el paisaje de puerto de pel√≠culas, l√ļgubre, de calles estrechas.

Y ahí me quede. Encendí un cigarrillo y disfruté segundo a segundo, minuto a minuto, cada bocanada.

De pronto, escucho unas risas. Eran tres los que ven√≠an conversando y el cuarto, que se quedo unos pasos m√°s atr√°s, le dio el √ļltimo puntapi√© a su pelota ocasional de la que se alzaron a duras penas, un par de alas grises azuladas. Era mi amiga la paloma que ya no estaba acurrucada al borde de un pelda√Īo de la escalinata de la Iglesia La Matriz, sino que hab√≠a servido de pelota para entretener por menos de dos minutos la existencia de ese engendro. Pasaron corriendo y r√°pidamente me levant√©, tom√© a la paloma en mis manos y la coloqu√© a mi lado.

No le dije nada, solo la acaricié.

Imagen: Jordi Navas (CC)

Imagen: Jordi Navas (CC)

En mi mente desfilaron las cientos de palomas que he visto en mi vida, miles en realidad. En las plazas, en los torreones, en el patio de la casa de mi abuelo, en Chill√°n, en Santiago en el Parque Forestal, en Barcelona, Madrid, Cha√Īaral, Copiap√≥, Mendoza, Vi√Īa del Mar, Los Andes, San Felipe… en tantos lugares. Y no pude evitar pensar que habiendo miles y millones de palomas en el mundo, y cientos de miles en Valpara√≠so, y centenares de ellas en las cercan√≠as de la Iglesia La Matriz, absolutamente ninguna de ellas se acerc√≥ siquiera a darle un cucurrucuc√ļ de aliento a su compa√Īera.

Ah√≠ estaba, sola, abandonada a su suerte, viviendo quiz√°s sus √ļltimos minutos de vida y junto a un perfecto extra√Īo, que ni siquiera es de su raza.

El hecho es que s√≥lo estaba echada a mi lado, acurrucada como esperando que alg√ļn sacerdote saliera de la iglesia y le otorgara la extremaunci√≥n. Ah√≠ est√°bamos los dos, ella despidi√©ndose y yo despidi√©ndola. Encend√≠ otro cigarrillo y la contemple con nostalgia, con compasi√≥n, con l√°stima.

Sent√≠ una extra√Īa sensaci√≥n, como si ella me devolviera con agradecimiento infinito el haberme detenido a acompa√Īarla en su √ļltimo viaje. Con cada mirada de sus ojitos vidriosos, perdidos, como tratando de buscar por ultima vez el horizonte, su propio horizonte, tan distinto al nuestro.

Traté por un momento de transformarme en ella e imaginar y ver lo que había visto desde las alturas cuando podía volar. Ver los buques, las palmeras, los techos desde lo alto. Un mundo distinto al que yo veo día a día pero que paradójicamente es el mismo, sólo que visto desde distintas perspectivas.

Fue sólo una decena de segundos, no más que eso. Había aprovechado de ir a aportar con lo mío al olor a puerto, escondido entre las ruinas de unas murallas y un terreno baldío, detrás de un portón de latas oxidadas.

Sin embargo cuando regres√©, mi amiga ya no estaba. Se hab√≠a ido. Hab√≠a emprendido su √ļltimo vuelo. Probablemente cuando intercambiamos miradas, ella con sus poderes m√°gicos de paloma, entr√≥ a trav√©s de mis pupilas a mi mente, a mis recuerdos y por eso no quiso darme otro dolor. Por eso se fue sola, sola como hab√≠a nacido y sola como hab√≠a vivido, gritando en silencio y en soledad el √ļltimo cucurrucuc√ļ, que tampoco escuche. La paloma muri√≥.

Por supuesto no hubo flores, no hubo llantos, no hubo carroza, ni dolientes. S√≥lo un silencioso funeral del que nadie se acuerda porque nadie asisti√≥. S√≥lo otra paloma estuvo ah√≠, a lo lejos, picoteando el desde√Īado pavimento, recogiendo las migajas que podr√≠a haber compartido, como otras veces, con mi paloma. La que vivi√≥ sus √ļltimos minutos acurrucada en un pelda√Īo de una escalinata. La que muri√≥ sola, triste y que al final, tuvo como sepulcro un basurero verde a un costado de la Iglesia La Matriz en Valpara√≠so.

Probablemente, cuando llegue el momento de emprender mi √ļltimo vuelo, tambi√©n tendr√© un funeral de paloma y, como a todos, me ir√°n a botar al basurero de la sociedad, donde tiramos lo que esta viejo, donde dejamos lo que ya no sirve. Ese basurero verde al que ir√≥nicamente llamamos cementerio.

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