Fotografía: Jaime Silva (RBB)

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  • “No le tengo miedo a la muerte”, fueron las palabras de Elba Roa Fica, en la última conversación que tuvo con su amiga Sonia Salazar, antes de ser hallada muerta por su propio hijo en el patio de una vecina. Estaba desmembrada y algunas partes del cuerpo estaban perdidas. Horas más tarde, el esposo de la mujer de 70 años, confesaba ante la policía haber cometido el crimen.

    Este hecho conmocionó a la región del Bío Bío, pero no es el único. En 2005, por ejemplo, un joven asesinó y descuartizó a su madre con la ayuda de dos cuchillos y una juguera; en 2012 un hombre mató a su mejor amigo en Cañete, para luego tomarse fotografías y videos con partes del cadáver; y más reciente es el caso de una niña de apenas 12 años que dio muerte a su abuela a martillazos, porque “una voz” se lo sugirió.

    Dos de los autores de los asesinatos fueron declarados inimputables por enfermedades mentales, uno por su corta y edad y otro cumple condena actualmente.

    A continuación, los homicidios ocurridos en la zona que convulsionaron al país y cómo los hospitales psiquiátricos atienden a este tipo de pacientes.

    Por Amparo Montoya y Nicolás Parra

    1. Voces

    La jornada del martes 25 octubre de 2016 comenzó antes de lo usual para los vecinos del pasaje Jeremías de la Villa Evangelista en Boca Sur, San Pedro de la Paz. Pasadas las 02:00 horas, patrullas de Carabineros llegaron hasta la estrecha calle e ingresaron a un domicilio de dos pisos, de reja negra y fachada verde agua. En su interior, en un cuarto del segundo nivel, yacía muerta Margarita de las Mercedes Salgado Jara, de 58 años, quien fue asesinada literalmente a martillazos por su propia nieta.

    La víctima fue la misma mujer que a inicios de 2016 logró por fin conseguir la tuición de la niña (12), luego de que ésta pasara tres años en la Aldea María Loreto de Concepción, centro colaborador del Servicio Nacional de Menores (Sename), tras ser abandonada por sus padres.

    Ambas, entonces, comenzaron a compartir el domicilio de Margarita y los días pasaron de manera normal, hasta la madrugada de ese martes. Esa noche, la menor comenzó a escuchar una voz que le indicaba que debía matar a su abuela, única persona con la que vivía en el lugar: “Mata a tu abuela o si no ella te va a matar a ti”, le sugería.

    Fue así como la menor hizo caso de la instrucción. Tomó un martillo y dio siete u ocho golpes en la cabeza a su familiar, mientras ésta dormía en su habitación. Minutos después, la propia niña alertaba a vecinos de lo que había hecho.

    “Maté a mi abuelita”, le dijo a un matrimonio que vivía en la casa de al lado. Luego les explicó que había llamado a Carabineros, pero que no le habían creído.

    Ellos tampoco dieron crédito a sus palabras, por lo que la menor les dijo que entraran a ver, sin embargo, prefirieron llamar a la policía, confirmando la muerte de la mujer, a quien la encontraron con el arma homicida a su costado.

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    Según los vecinos, la niña era tranquila y no había indicios de que fuera una persona agresiva. Lo que sí les llamó la atención fue que lloró sólo por un momento, pero no mostró arrepentimiento, salvo cuando afirmó que mató a la persona que más la quería y que se había quedado sola.

    Quienes tampoco se percataron de señales que podrían haber vaticinado lo ocurrido esa madrugada fueron los funcionarios del centro donde estuvo la menor. En efecto, la directora del Sename de ese entonces, Rina Oñate aseguró que, mientras la niña permaneció en la residencia María Loreto no se detectaron síntomas de su alterado estado mental.

    Casa donde ocurrieron los hechos | Archivo RBB
    Casa donde ocurrieron los hechos | Archivo RBB

    De todos modos, tras lo ocurrido, trascendió que la joven sí habría presentado problemas relacionados con esa voz hace un mes, pero sólo se lo comentó a una amiga cercana, de modo que nunca fue evaluada ni tampoco estaba medicada.

    Esa mañana, la niña -que por su edad era inimputable- fue detenida y fue internada en el Servicio de Psiquiatría del Hospital Guillermo Grant Benavente de Concepción, donde se le practicó una evaluación. Al tratarse de una menor de edad, se desconocen mayores detalles del caso.

    2. Crimen en Talcahuano: dos cuchillos y una juguera

    Rodrigo Ernesto Dotte Riquelme odiaba a su madre. Siempre la quiso matar, pero no sabía cómo. Por lo menos así consta en la declaración que le entregó a Jaime Quiroz Caro, detective de la Policía de Investigaciones, el mismo día que fueron encontrados partes del cuerpo de su progenitora.

    El lunes 20 de junio de 2005, Felicia Riquelme Hinostroza (48) llegó con víveres y ropa a la casa de su hijo Rodrigo, de 23 años. El inmueble estaba ubicado en el pasaje Caleta Camarones, población Los Copihues, Talcahuano. Las provisiones eran para él.

    Dicha visita comenzó cerca de las 10:00 horas, pero a eso de las 20:00 todo tomó un rumbo inesperado, al menos para Felicia: la mujer le ofreció a Dotte un vaso de vino, pero todo derivó en una discusión que terminó finalmente en parricidio.

    Según su propio relato, Rodrigo tomó del pelo a la mujer, la botó al suelo y con su brazo derecho le apretó el cuello hasta asfixiarla. La víctima trató de zafarse, pero no pudo. Al darse cuenta de lo que había hecho, intentó reanimarla. No lo logró.

    Al ver a su madre muerta, la arrastró hasta el baño, tomó un cuchillo, la decapitó y desmembró en la tina. Arrojó algunas partes por el inodoro y pasó toda la noche en esa labor. Ya cuando aclaraba, se cansó y se fue a dormir. A la tarde del día siguiente continuó con su actividad, luego lavó ropa y echó agua a la tina. Una hora más tarde fue donde un vecino, quien le facilitó un cuchillo y una juguera.

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    De acuerdo a su testimonio, la mujer tenía que quedar en los huesos, pues “no merecía tener carne”. Y así lo hizo. Horas más tarde, cerca de la medianoche, llegó personal de Carabineros preguntando por Felicia, tras una denuncia por presunta desgracia presentada ese mismo día.

    Como advirtió que algo podía pasar, envolvió el cadáver y se fue. No obstante, antes las respuestas evasivas de Dotte, personal policial volvió al domicilio, descubriendo en el dormitorio de Rodrigo, a un costado de la cama, el esqueleto de Felicia y los implementos empleados: dos cuchillos de más de 20 centímetros de largo, una hoja de cuchillo de ocho centímetros de largo y la juguera.

    Tras el hallazgo se ordenó la detención inmediata de Dotte, quien se había fugado. Casi un año y medio después, el 3 de noviembre de 2006 la justicia dio su decisión final y determinó que al momento de cometer el asesinato sufría esquizofrenia catatónica paraonidea, que le provocó que su que su juicio de realidad se encontrara totalmente alterada.

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    3. “Grábame conchatumadre

    “Grábame conchatumadre, para que este hueón me crea”, le gritaba Víctor -alías El Nápoli- a Verónica, con quien vivía hace un mes en Cañete, provincia de Arauco. Eran pololos, se conocieron en Curicó cuando trabajaban en la fruta. “Grábame para que el Andrés crea que es verdad, que sí pude”, le increpaba nuevamente, mientras descuartizaba y luego sostenía y ponía contra su mejilla la cabeza decapitada de su amigo Rubén Humberto Villagra Arias (24), a quién había matado a sangre fría mientras éste dormía en la pieza contigua a la de la pareja.

    Víctor Fernando Águila Nápoli (20) -conocido más tarde como El Descuartizador de Cañete- y la víctima eran amigos de la infancia, cuando ambos vivían en Osorno. Incluso, cuando Rubén estuvo en la cárcel éste lo visitaba. Habían robado juntos, pero Águila sólo quedó con firma mensual. Por eso, cuando Rubén se escapó del CET (Centro de Educación y Trabajo) osornino se fue inmediatamente donde su pana, como decía.

    Rubén Humberto Villagra Arias (24)  | Archivo (RBB)
    Rubén Humberto Villagra Arias (24) | Archivo (RBB)

    Trabajaron juntos y se fue a vivir con él en la población Los Canelos de Cañete, en la casa que era propiedad de la madre de Verónica. Sin embargo, el 9 de junio de 2012 Víctor llegó de Concepción enojado. No había estado todo el día en la casa y se puso a discutir con Rubén. Subió al segundo piso, se tomó una botella de pisco y bajó a comer con Verónica y su amigo. Pese a que la situación se calmó por algunos instantes, éste comenzó de nuevo la discusión: “Echas a Rubén o te vas con él”, le dijo a su pareja. Ella habló con Rubén, le pidió que se fuera el domingo en la mañana y éste le respondió que al otro día se iba. Todos se fueron a acostar, incluido el hijo de Verónica, que estaba pronto a cumplir tres años. Ya en la cama, por confianza, ella le contó a Víctor que Rubén le había dicho que se fuesen a Copiapó juntos a trabajar en la fruta y que lo dejaran. Víctor se levantó, fue a la pieza de al lado, y mientras su amigo dormía sobre unos cartones (había vendido la cama) le disparó justo en el centro de la frente.

    Verónica sólo escuchó el tiro. Víctor volvió a la cama. “Rubencho no era mi amigo, no es el que conocí, no era mi hermano, era otro”, le aseguró, advirtiéndole que lo iba a descuartizar, para sacarlo de la casa, según él iba a ser más fácil así. De vuelta recibió el reto de Verónica: “Cómo se te ocurre, estás huevón, sácalo de alguna forma, pero no esa”, le increpó. Eran como las 02:20 del 10 de junio, vio la hora en la televisión… se había acabado la transmisión. El cuerpo quedó ahí todo ese domingo. Ya el lunes, Víctor, lo envolvió en un nylon, le había sacado la ropa, no la ropa interior, porque no quería que ella lo viera. Dijo “eso no lo voy a aguantar”. Junto a Verónica movieron el cuerpo y lo dejaron debajo de la cama de dos plazas que tenían.

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    Ella dejó a su hijo en el jardín, volvió y acompañó a Víctor a comprar una galletera -de color naranja- que usaría para lograr su cometido. Al rato después fue a buscar al menor y se lo fue a entregar a una tía del niño. Le mintió, le señaló que se lo dejaba porque viajaba en la noche a Concepción.

    Ya sin el pequeño de dos años, la casa quedó a disposición para que comenzaran a dividir el cuerpo de Rubén. A eso de las 19:00 lo sacaron de debajo de la cama y a duras penas lo bajaron por la escalera caracol que había en el domicilio. Lo llevaron al baño y Víctor -que se puso una pechera blanca y un gorro- comenzó a cortar mientras Verónica se turnaba entre sus labores como ayudante: tomar fotografías, grabarlo, abrir bolsas de basura para que él echara las partes, afirmarle el galletero para que no se desenchufara y darle trago en la boca mientras seguía cortando.

    También la mujer debía llamar y poner en altavoz a Andrés, tío de Víctor a quién le contó que estaba descuartizando una persona. La reacción al otro lado del teléfono era de incredulidad, de ahí que quería que todo quedara grabado. La idea era convencerlo e incluso se sentía orgulloso de lo que estaba haciendo. Andrés no le contestó más el celular esa noche.

    Víctor Águila Nápoli | Fiscalía
    Víctor Águila Nápoli | Fiscalía

    De acuerdo a la declaración entregada por Verónica a la PDI, en algún momento de la noche, “El Nápoli” le cortó el dedo medio a la víctima, no recuerda de qué mano. Lo metió en una olla y lo empezó a hervir porque según él se lo va a comer. Le refirió que tenía un acuerdo con Rubén, que el primero que muriera el otro se iba a comer el dedo para hacerse un “mata cola” para fumar marihuana. Lo cose, lo pela, lo guarda y lo andaba trayendo.

    Cuando Víctor terminó de cortar, limpiaron y éste se tiró a dormir por un rato. Ya despierto, echaron el tronco en una mochila grande de camping y el resto del cuerpo en un bolso. La primera mochila la llevó ella y el otro bolso junto a la bencina que habían comprado los llevó él.

    Caminaron hasta un lugar cercano a un bosque, donde había mucho barro, había llovido, era invierno. Durante el trayecto Verónica incluso cayó con el peso, tuvo que pararse y caminó enterrada hasta que Víctor encontró el sitio donde dejarían los restos: “Aquí es, aquí lo vamos a dejar”, le dijo y empezaron a dejar todas las cosas, sacó el cuerpo de las bolsas, abajo dejó toallas, todo lo que se había ensuciado con restos de sangre y de carne lo dejó abajo e intentaron prenderle fuego.

    Arma homicida y caja de madera donde estaba el dedo de Rubén | Archivo RBB
    Arma homicida y caja de madera donde estaba el dedo de Rubén | Archivo RBB

    La misión de Víctor, sin embargo, fracasó, porque la bencina no alcanzó y debió optar por poner los restos cerca de una piedra y taparlo con hojas. Poco más de una semana después, a las 09:45 horas del 19 de junio de 2012, trabajadores encontraron -en el mismo lugar ya referido- a un perro jugando con un cráneo. Éste estaba junto a otros tres huesos y pertenecían a Rubén.

    Tiempo después, el 8 de julio de ese mismo año, El Descuartizador de Cañete era detenido en Rahue Bajo, Osorno. En su poder y de Verónica se encontró el arma homicida y el dedo de su amigo, “de recuerdo”, al interior de una cajita de madera.

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    4. Bolsas al camión

    “No le tengo miedo a la muerte”, fueron las palabras de Elba Roa Fica, en la última conversación que tuvo con su amiga Sonia Salazar, antes de ser hallada muerta por su propio hijo en el patio de una vecina. Estaba desmembrada y algunas partes del cuerpo estaban perdidas.

    Todo quedó al descubierto el jueves 30 de agosto de este año en el sector Villa Alegre a la altura de calle Manuel Montt.

    Ese día, el hijo de la víctima llegó hasta el mencionado lugar en busca de su madre. La mujer llevaba dos días desaparecida por lo que un sobrino de Elba le prestó ayuda. Mediante una aplicación conectada al celular de la fallecida logró establecer la ubicación y le entregó la información obtenida a su primo. El hombre fue hasta el sitio señalado, pero encontró lo que sólo eran partes de su madre. Más restos fueron hallados en dos sacos guardados en un gallinero de la casa que la víctima compartía con su esposo, aunque aún no eran encontrados todos.

    Control de detención de Humberto Pereira | Agencia Gradual
    Control de detención de Humberto Pereira | Agencia Gradual

    La conmoción se acrecentó cuando vecinos empezaron a ver cómo funcionarios de Carabineros, PDI y Servicio Médico Legal llegaban al domicilio donde se ubica una iglesia evangélica. Cuando se percataron que era Elba a quien habían encontrado muerta todos apuntaron inmediatamente al esposo de ésta como el responsable. Y no estaban tan equivocados, puesto que horas más tarde, el cónyuge de Roa Fica se entregó a la policía y el anciano -Humberto Pereira González (84)- confesaba el crimen, siendo llevado a la Subcomisaría de Villa Mora.

    Eso sí, un día antes del hallazgo, el 29 de agosto, el hombre salió de su domicilio, alrededor de las 10:00 horas para terminar de “hacer desaparecer las partes” y entregó a personal del camión recolector de basura dos bolsas. Según se presume, ahí iba la cabeza y manos de Elba, las que fueron encontradas por la PDI en el relleno sanitario de Cosmito, comuna de Penco.

    Ambos compartían vivienda y tenían una relación hace 20 años, aunque en 2015 decidieron casarse, manteniendo -de acuerdo a lo señalado por el hijo de la anciana- serios problemas de convivencia.

    “Lo malo es que nosotros no hicimos nada. Y es una culpa para mí, no haberle dicho desde un comienzo: ‘Elbita, vente a vivir conmigo””, se lamentó Sonia Salazar, tras lo acontecido a su amiga.

    Agencia Gradual
    Agencia Gradual

    El después: ¿Ahora qué?

    Hace algunos días el juez de garantía de Coronel, Jorge Henríquez, determinó suspender el procedimiento en contra de Humberto Pereira González de 84 años, acusado y confeso del asesinato de su esposa Elba Roa Fica de 70 años.

    La defensa del formalizado sostuvo que éste tendría un trastorno delirante paranoide con probable demencia, ordenando su internación provisoria para que el Servicio Médico Legal (SML) de Concepción realice los estudios.

    Dicho análisis se vuelve crucial para el hombre que, ahora, debe pasar sus días bajo observación médica en el servicio de psiquiatría del Hospital Regional. Si estos exámenes determinan que Humberto Pereira no está apto para enfrentar un juicio, será inimputable.

    El artículo 10 del Código Penal en Chile libra de responsabilidad criminal a “el loco o demente, a no ser que haya obrado en un intervalo lúcido, y el que, por cualquier causa independiente de su voluntad, se halla privado totalmente de razón”.

    De ahí que los peritajes del Servicio Médico Legal se vuelven decisivos para el futuro del hombre ante la justicia. Si los estudios determinan que padece una enfermedad mental, pero no representa un riesgo para la sociedad, será entregado a su familia para cumplir un tratamiento en libertad.

    Sin embargo, si los resultados indican lo contrario, Humberto Pereira sería llevado a juicio para establecer su internación y el tiempo que deberá ser tratado por equipo médico a través de fármacos, calculado en base a las penas según el crimen que los jueces logren establecer.

    El Código Procesal Penal en el artículo 457 establece que “en ningún caso la medida de seguridad podrá llevarse a cabo en establecimiento carcelario”, incluso detalla que si la persona estaba recluida “será trasladada a una institución especializada para realizar la custodia, tratamiento o la internación. Si no lo hubiere en el lugar, se habilitará un recinto especial en el hospital público más cercano”.

    Es así como el Hospital Clínico Regional de Concepción Dr. Guillermo Grant Benavente, cuenta con el Servicio de Psiquiatría ubicado en un sector que está a cuadras del edificio principal. En ese lugar existe la Unidad Forense que recibe a personas que resultaron inimputables.

    De criminal a tratamiento psiquiátrico

    Rodrigo Dotte, el joven que impactó a Talcahuano y a la región del Bío Bío por el escabroso crimen en contra de su propia madre, fue declarado inimputable luego de que peritajes comprobaran una esquizofrenia catatónico paranoidea, siendo derivado en primera instancia al José Horwitz Barak, principal hospital psiquiátrico de Chile, ubicado en Santiago, para recibir los cuidados y el tratamiento farmacológico mientras cumplía la condena.

    También resultó inimputable la niña de 12 años que mató a martillazos a su abuela en San Pedro de La Paz. De acuerdo al Código Penal en su artículo 10, los menores de 18 años y mayores de 14, se regularán bajo la ley de responsabilidad penal juvenil.

    El jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Regional, Benjamín Vicente, describe que hasta la Unidad Forense del recinto son derivados dos tipos de pacientes. En el primer grupo están las personas que padecen una enfermedad mental e incurren en ilícitos.

    “Estas son personas que han cometido delito, que tienen una enfermedad mental y en la conjunción de estos dos componentes el tribunal ha determinado que son inimputables y que esa persona condenada es enviada por una cantidad, a veces años, a un tratamiento con nosotros en una unidad forense, en este lugar, o cualquier otro lugar del país”, explica.

    El otro tipo de paciente, detalla el profesional, son quienes han sido derivados para ser custodiados mientras se realizan los estudios, ante la sospecha de un desorden psiquiátrico.

    “Los tribunales, cuando tienen sospecha de que una persona que ha cometido delito tiene trastorno mental, ellos tienen la posibilidad de enviar ese paciente a hospitalizarse para que se haga la evaluación y eso se denomina imputado”, afirma el profesional.

    Este sería el caso de Humberto Pereira González, internado de manera provisoria y que espera conocer los resultados del peritaje que realiza el Servicio Médico Legal, para determinar su posible inimputabilidad tras descuartizar a su esposa en Coronel.

    Radiografía al psiquiátrico de Concepción

    En ocasiones y por orden del tribunal, los imputados son enviados con custodia de Gendarmería hasta la Unidad Forense del servicio de psiquiatría.

    Benjamín Vicente explica que “cuando decide enviarlo con custodia de gendarmería (el tribunal), nosotros tenemos que recibir además del imputado, el gendarme que lo cuida. Y de hecho no es inhabitual que tengamos entre 8 y 10 funcionarios de Gendarmería en el recinto de la Unidad Forense”.

    Este sector del Servicio de Psiquiatría, exclusivo para pacientes que cometieron delitos, tiene una capacidad para 22 personas. Sólo cuatro cupos son para mujeres que, además, deben compartir las áreas comunes.

    Debido a que la ley impide que las personas con enfermedades psiquiátricas vayan a la cárcel, el cuidado está a cargo de los profesionales que trabajan en la Unidad Forense, quienes deben administrar los medicamentos y tranquilizar a quienes, por distintas razones, se descompensan.

    Servicio Psiquiátrico | Revista NOS
    Servicio Psiquiátrico | Revista NOS

    La técnico paramédico del Servicio de Psiquiatría y dirigente de la Federación Nacional de los Trabajadores de la Salud (Fenats) del Hospital Regional de Concepción, Ana Soto, cuenta que día a día están expuestos a la inestabilidad mental de los pacientes.

    Afirma que las agresiones físicas y verbales son frecuentes, incluso han tenido intento de motines.

    – ¿Han tenido incidentes de pacientes que agreden a funcionarios y los hayan herido?

    Los incidentes son a diario y eso se puede comprobar a través de un documento que se llama incidente crítico, y eso se debe hacer cada vez que existe una agresión o hecho importante desde pacientes a funcionarios, o cualquier cosa que salga de lo normal.

    – ¿Nos puede graficar cuáles son ese tipo de incidentes?

    Hemos tenido, por ejemplo, motines. Hemos tenido intento de motines al interior de la unidad (…) estos pacientes tienen conductas carcelarias, entonces tienen hábitos que son de cárcel y cualquier cosa, cualquier elemento lo pueden transformar en cortopunzante.

    Soto afirma que se sienten inseguros y a pesar que las personas con medidas cautelares llegan con custodia de Gendarmería, describe que en oportunidades el tribunal ordena que los pacientes permanezcan con grilletes.

    “Vienen con orden del tribunal en esas condiciones y ahí no se puede hacer nada en lo clínico”, afirma.

    Pero esto no es todo, porque también se debe atender a los menores de edad que cometen delitos y que están diagnosticados con una enfermedad psiquiátrica. En la Unidad Forense el panorama es dramático.

    La dirigente de la Fenats asegura que todos los sectores, divididos para el paciente común y el que enfrenta condenas, están con su capacidad al máximo, incluso con sobrecupo.

    Explica que cuando no hay espacio para internar a menores de edad, son llevados al área de adultos o derivados hasta la Unidad de Pediatría del Hospital Regional, donde los niños sanos son mezclados con pacientes que padecen alguna enfermedad psiquiátrica.

    “Cuando no hay cupo, por ejemplo, para internar a pacientes menores y hay capacidad en el sector de adultos varones o adultos mujeres se tienen que internar allá, o en su defecto en el Servicio de Pediatría del Hospital Regional”, afirma.

    La inseguridad en la Unidad Forense

    En esta área trabajan cerca de 25 funcionarios encargados del monitoreo de las cámaras de seguridad, de los tratamientos farmacológicos y de acompañar a los imputados cuando son requeridos, por ejemplo, en tribunales. Mientras que otro porcentaje, cuida permanentemente a las mujeres que ahí están internadas.

    Las conductas poco sanas de las personas que llegan a la Unidad Forense, mantiene en constante preocupación al equipo médico, que se siente expuesto a la violencia verbal y física de los pacientes.

    La dirigente de la Fenats describe que las medidas de seguridad pasan por el manejo técnico de los profesionales y por las cámaras de vigilancia, que no están operando correctamente.

    “Hay puntos muertos, puntos ciegos donde no alcanza a llegar el ángulo de la cámara (…) Hay un sector en específico en el área forense, que es en el pasillo del primer piso donde la cámara no está funcionando”, asegura la mujer.

    La funcionaria agrega que el espacio físico es reducido y que eso mismo provoca, en oportunidades, que el paciente se descompense con facilidad y esto vaya en escalada, aumentado los niveles de agresividad.

    Soto explica que una de las soluciones podría ser la construcción de una unidad adosada a la cárcel o ampliar los espacios que existen en la actualidad.

    A pesar de que la mujer reconoce que el trabajo de psiquiatría es según sus palabras “cautivante”, la integridad de los funcionarios está amenazada y no hay medidas de por medio como, por ejemplo, vacaciones compensatorias o bono de riesgo.

    Y aunque parece poco fácil de creer, la dirigente asegura que tampoco tienen asistencia psicológica o psiquiátrica, ante la carga emocional que significa pasar 12 horas al día con este tipo de pacientes.

    La Unidad Forense es de corta estadía, ya que las personas pueden permanecer hasta 60 días, sin embargo, hay quienes llevan esperando desde antes del terremoto por su traslado.

    Este hecho revela la precariedad del sistema público en salud mental. Según la dirigente falta hogares protegidos y a pesar que existen en la red, son los mínimos y con una baja capacidad.

    El Servicio de Psiquiatría del Hospital Regional en Concepción continúa a su máxima capacidad, de acuerdo a los trabajadores, que atienden a personas que son derivadas de los principales centros de salud del sur de Chile.

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