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De seguidores de masacre de Columbine a saltarse clases: lo que escondían las amenazas en colegios

De seguidores de masacre de Columbine a saltarse clases: lo que escondían las amenazas en colegios

Martes 28 junio de 2022 | 08:40

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Solo en lo que va de 2022, la Brigada del Cibercrimen Metropolitana de la PDI ha participado en 13 investigaciones por el delito de amenazas al interior de comunidades educacionales del país. El caso cero, señalan, se dio a fines de marzo en el Liceo Benjamín Franklin de la comuna de Quinta Normal, y desde ahí se han reportado hechos tanto en el norte como en el sur del país. Quienes cometen estos delitos son menores que están ligados a los recintos educacionales y las edades van desde los 11 hasta los 18 años. ¿Qué hay detrás? Expertos entregan sus diagnósticos, apuntando al uso de las redes sociales. También dos directoras de liceos donde ocurrieron amenazas cuentan lo que significó la situación.

El 20 de abril de 1999 ocurrió en Estados Unidos una de las matanzas escolares más grandes de la historia. Ese día Eric Harris Davis y Dylan Bennet Klebold ingresaron a la Escuela Secundaria de Columbine, en el estado de Colorado, y asesinaron a 12 estudiantes y a un profesor. Tras ejecutar su sangriento plan, ambos jóvenes se suicidaron, quedando el tiroteo en la retina del mundo y generando debate en torno al uso de armas.

A miles de kilómetros de Columbine, en la ciudad de Antofagasta, el pasado 19 de mayo dos menores de 15 años fueron formalizados por el delito de amenazas, las que dirigieron en contra de la comunidad educativa del Colegio Providencia de la zona. Y no es el único caso. Durante este año la Brigada Investigadora Metropolitana del Cibercrimen de la PDI ha participado en 13 indagatorias de la misma índole.

El caso cero, comentan en la policía civil, ocurrió a fines de marzo en el Liceo Benjamín Franklin de la comuna de Quinta Normal, en la capital. “De ahí comenzaron todas las otras amenazas”, dice el prefecto Luis Orellana, jefe de la Brigada Investigadora del Cibercrimen Metropolitana de la PDI.

El caso de Antofagasta fue “inusual”. Según detalles de la indagatoria, los hechos ocurrieron el 20 de abril de 2022. Aquella jornada la PDI tomó conocimiento que una persona subió a la red social Instagram una publicación en la que manifestaba que, ese mismo día, junto a su hermano “saldrían furtivamente de su domicilio y se dirigirían hasta el Colegio Providencia, lugar al cual accederían y colocarían bolsas con bombas, las cuales serían detonadas alrededor de las 11 horas del mismo día”.

Todo lo anterior, con el fin de “atentar contra la comunidad escolar”, se lee en la orden verbal de detención y entrada y registro del fiscal Liborio Fajardo, de la Fiscalía Local de Antofagasta. El documento agrega que “posteriormente, el mismo imputado subió a la misma red social la palabra ‘Columbine’ y luego la fotografía de los dos autores de ese atentado en Estados Unidos, el cual ocurrió el mismo día 20 de abril, pero de 1999”. Es decir, los dos menores presuntamente eran seguidores de la masacre en Columbine.

El tenor de la amenaza significó el despliegue de un operativo del Gope de Carabineros y la evacuación del recinto educacional para su revisión, junto con vigilancias en el entorno y en el domicilio de los imputados. Y eso no es todo, la misma orden verbal reveló que en la época de los hechos la misma Fiscalía de Antofagasta llevaba adelante una investigación “de similar naturaleza” denunciada por el Juzgado de Familia de la zona.

“Se tomó conocimiento por ese Tribunal de la intención de estos dos imputados de atacar el Liceo Domingo Herrera Rivera, B-13, la Escuela República de Italia , D-66, y el mismo Colegio Providencia, disponiéndose ese Juzgado una evaluación psiquiátrica de los menores, la prohibición de estos a los tres establecimientos educacionales indicados por el plazo inicial de 90 días y, además, denunció este hecho al Ministerio Público”, consigna el documento.

Con la orden de entrada y registro en mano, efectivos de la PDI ingresaron al domicilio de ambos hermanos e incautaron dos teléfonos celulares, dos notebooks y seis memorias usb/pendrives, además de “dos poleras alusivas a la masacre de Columbine”. Luego, en el análisis de los objetos realizado por el Cibercrimen, se pudo determinar que desde uno de los dispositivos y a partir del perfil de Instagram de uno de los imputados salió el “mensaje amenazante en el cual manifestaba su intención de atentar contra el Colegio Providencia”.

En el mismo aparato, en el de su hermano y en algunas de las memorias usb, se encontraron “imágenes de fotografías y videos alusivos a esa masacre; y, por otro lado, registros de búsqueda en internet de otras masacres en otros colegios de Brasil, instructivos para fabricar bombas de tubo y bombas molotov y la utilización de machetes y hachas”. Tras su formalización, ambos menores quedaron con la cautelar de vigilancia del delegado del Sename Antofagasta, junto a la prohibición de acercarse al Colegio Providencia.

Para el prefecto Luis Orellana, jefe de la Brigada del Cibercrimen Metropolitana de la PDI, este caso fue una “situación totalmente atípica o distinta”. Esto, dice, porque ya “venía una situación como por lo menos preparada y planificada”. Se trata de hechos de los cuales no existen registros en años anteriores, y que han sido realizados en “la mayoría de los casos” por “estudiantes de los mismos colegios o que tuvieron alguna relación con los establecimientos”, señala.

El caso cero de Quinta Normal, en la capital, dio pie a otras amenazas “relacionadas bajo la misma línea, por ejemplo la de Valdivia que ocuparon el mismo formato y cambiaron el nombre del colegio”, da cuenta Orellana. Y agrega que esa “era una línea que tenían, que ocupaban el mismo formato de Anonymous y enviaban”. Otra de las similitudes es el fin que se busca, donde prima la alarma, la visibilidad en redes sociales y con ello la suspensión de clases.

¿Qué esconden estos hechos, qué hay detrás de ellos? El prefecto Orellana señala que existen algunos casos que solamente se realizan para “evitar hacer clases”. “Ahí nos encontramos con menores de edad de 12, 13, 14 años, buscando alguna situación, generar el temor y que se genere una suspensión de clases y que se evite que el colegio siga funcionando”, cuenta.

El segundo apunta a personas que “tuvieron algún problema con el colegio, que fueron expulsados o que tuvieron algún problema con los demás y quieren de alguna forma tomar represalias respecto a ese hecho”, ahonda. Y ejemplifica: “En Iquique, donde participamos, el móvil de este chico, el que hizo las amenazas, quería que restituyeran a los que habían sido expulsados, dentro de los que estaba él, entonces quería volver al colegio como una forma de generar un tipo de presión”, señala.

De los 13 casos en los que ha participado la Brigada del Cibercrimen Metropolitana de la PDI, en todos quienes han cometido los delitos son hombres. Las edades van desde los 11 a 18 años. ¿Se podría hablar de un nuevo fenómeno? El prefecto Orellana explica que el delito de amenaza tiene larga data y que este ha vivido transformaciones: primero con la tecnología y la aparición del celular, y luego con la masificación de internet y las redes sociales.

“La pandemia generó que todas las actividades presenciales se traspasaran a actividades virtuales (…) Entonces, las amenazas que a lo mejor en los colegios se generaban entre los alumnos directamente, en forma presencial, ahora cambiaron y cambiaron de manera virtual, porque tienen más conocimiento en la tecnología, porque tienen más acceso a todo lo que son este tipo de plataformas”, señala el el jefe del Cibercrimen en la Región Metropolitana. Y cierra: “Es un fenómeno que no es nuevo en el mundo, que ya viene de otras latitudes y se está replicando en Chile”.

Análisis de un ¿fenómeno?

Para Felipe Burrows, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad Alberto Hurtado (UAH), esta situación es “un fenómeno que debe entenderse considerando que la violencia no es un fenómeno nuevo; y que hay una serie de factores adicionales que van más allá del ámbito de decisión de los colegios”. Y agrega: “Un punto relevante puede estar referido a la situación de estrés que ha traído consigo la pandemia, y también las dificultades que ésta ha podido implicar en los procesos de socialización de las y los estudiantes”.

En la misma línea, el profesional dice que esta conducta “es una forma de violencia que si bien va dirigida a los colegios, se está llevando a cabo a través de las redes sociales. En ese sentido, es una situación que nos habla del lugar que está teniendo el espacio virtual como contexto en el que tiene lugar parte importante de los procesos de interacción y de la experiencia de jóvenes”. ¿Podríamos estar en presencia de un nuevo fenómeno? El psicólogo comenta que “habría que contar con datos más sistemáticos al respecto. Pero los antecedentes con los que contamos parecen indicar que hay aspectos nuevos en términos de la forma en que se expresa la violencia”.

Eduardo Pino, psicólogo infanto-juvenil y académico de la Universidad de Magallanes, indica que “las muestras de violencia se han masificado en nuestra sociedad y las comunidades educativas no escapan a esta realidad. El gran problema más que su aumento, en mi opinión es que se han legitimado las conductas violentas como medio legítimo para obtener los fines que se buscan”.

Sobre esto último, añade que “el estallido social es un punto de inflexión al respecto, pues un sector relevante de la clase política legitimó su uso y otro sector no supo enfrentarla, por lo que medidas efectivas en contra de la violencia no se observaron de manera relevante”. Si estamos en presencia de un nuevo fenómeno, el especialista en Psicología Educacional y Escolar cree que sí.

“El colegio que es una institución que debería representar el agente educativo por excelencia en nuestra vida, después de la familia; pero en estos casos se le percibe como un agente autoritario y despersonalizado que debe cambiar. Si bien la crítica de los jóvenes siempre será valiosa para que los adultos a cargo coloquen atención en mejorar la gestión que están realizando, debe tenerse cuidado con la idealización e inconsistencia propia del pensamiento de los adolescentes, fomentando la comunicación permanente y la participación activa en las dinámicas de convivencia y formación”, finaliza Pino.

Por su parte, Paulina Rasso, psicóloga jurídica, magíster en Intervención Psicojurídica Forense, coordinadora de Vinculación y docente Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad de O’Higgins, señala que “si nos restringimos al entorno educativo, los colegios representan un mundo social que sobre todo, tras la primera etapa de la pandemia ha sido espacio de aflore de las repercusiones de la salud mental y de los desajuste conductuales producidos por este contexto”.

Si a lo anterior, continúa, “sumamos problemáticas ya presentes antes de este hito, tenemos una agudización de desajustes socioemocionales, pero también de dinámicas y comportamientos transgresores ya existentes dentro y fuera del colegio, y cuyo abordaje ya resultaba problemático para las escuelas, asociadas al bullying y a la resolución violenta o poco asertiva de conflictos”.

No obstante, para Rasso estas conductas son un “síntoma de un proceso mucho más complejo y multisistémico relacionado a lo que está pasando con el manejo escolar efectivo de situaciones interpersonales a nivel de alumnado en el marco de la convivencia, pero también con el entorno social mismo (familia, comunidad), quedando al debe a estos niveles el acompañamiento tanto afectivo como normativo del cual muchas veces carece este grupo (infanto-juvenil) en particular”.

¿Está más violenta la sociedad y ello se está viendo reflejado en los recintos educacionales? La académica no confirma aquello, pero sí advierte que “se está observando un agravamiento de las formas de expresión de violencia, las cuales ya estaban presentes desde los contextos de bullying dentro y fuera del colegio (pensando igualmente en ciberbullying, por ejemplo) hasta ya las dinámicas de pandillas, grupos organizados. Todas ellas implican una validación de la violencia como medio de visualización social y resolución de conflictos. La diferencia es que no contaban con los medios a los que hoy hay acceso para su expresión ni conocimiento (redes sociales, armas y cobertura de medios)”.

Fabián Barrera, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad de los Andes, recalca que durante este primer semestre los colegios “han atravesado un periodo histórico de re-encuentro después de 71 semanas de permanecer sin clases presenciales (casi el doble que la media mundial)”. Esto, agrega, ha afectado de “múltiples formas a las comunidades escolares, pero en lo que atañe a los y las niños, niñas y adolescentes (NNA) me parece que los colegios no han estado logrando atender varias de sus necesidades de desarrollo y bienestar socioemocional”.

“Hay que ponerse en el lugar de los NNA para analizar esto. Por una parte, los cambios de maduración son especialmente marcados en estas edades y no es raro que lleven a reconfigurar el círculo de amistades entre lo/as compañero/as de curso. (…) Después de 2 años de distanciamiento social, las relaciones entre pares se han mediatizado en gran parte a través de las redes sociales de Internet, por lo que el reencuentro entre NNA merecía una intervención especial desde marzo a nivel nacional, algo que aún no hemos observado más allá de los diagnósticos”, plantea.

¿Fenómeno? A raíz de los casos que este año ha investigado la Brigada del Cibercrimen Metropolitana, PhD en Educación del Institute of Education, University College, Londres, Reino Unido, dice que “al parecer esto es así, al menos lo reportan las 13 denuncias. (…) No tengo recuerdo de haber conocido de este fenómeno en nuestro país, y aunque hubiera casos, me parece cualitativamente contundente su gravedad, tener prácticamente 3 casos por mes y su diversidad geográfica”.

Fuga de estudiantes

En conversación con la Unidad de Investigación de Radio Bío Bío, la directora del Liceo Benjamín Franklin de la comuna de Quinta Normal, Angélica Olivares, cuenta que los hechos acontecidos a fines de marzo estremecieron a todos los integrantes de la comunidad educativa. “Muchos de ellos manifestaban el temor que tenían, era una situación nueva, la amenaza estaba formulada de tal manera que además era creíble, no era tan descartable”, recuerda.

Bajo ese contexto, relata, “nos estábamos moviendo en un ámbito de incertidumbre, a pesar de todas las medidas que habíamos tomado, a pesar de que habíamos generado toda una planificación relacionada con espacios distintos, con reestructuración, habíamos invertido harto tiempo en reflexionar sobre cómo íbamos a trabajar en lo socio-emocional, pero nos estremeció muchísimo. En términos prácticos, hubo muchos estudiantes que se retiraron, vinieron durante esos días apoderados a retirar estudiantes”.

¿De la matrícula?

– De la matrícula. Y muchos de ellos después han vuelto, después de un tiempo se fueron a otros establecimientos y volvieron porque este es un establecimiento que tiene una particularidad, aquí han estudiado generaciones de familias completas. (…) Entonces, hubo estudiantes que se retiraron y que después volvieron, pero en lo inmediato hubo una disminución de matrícula que fue importante, fueron aproximadamente 40 estudiantes los que se retiraron y que después de alguna forma han vuelto.

Las cosas en el Benjamín Franklin han cambiado. Posterior a la amenaza, se realizaron reuniones reflexivas en donde también participaron los estudiantes. “La idea era pensar, reflexionar, si efectivamente aquí habían situaciones que podían generar una suerte como de segregación, de que gente se sintiera fuera de la comunidad educativa como para proferir una amenaza como esta, y pensar qué venía de aquí para adelante”, detalla la directora.

Tras las conversaciones, se pasó a la planificación. Ahí surge la idea de retomar lo que era antes la institución. “Este liceo tiene una misión que se basa en la generación de oportunidades, generación de oportunidades de aprendizaje en distintos ámbitos, no estamos hablando solo en el ámbito cognitivo, sino también en lo que son experiencias en el desarrollo de talentos, en que los estudiantes tengan la posibilidad de encontrar aquí un espacio para estar, pero también para ser, dice Olivares.

El Benjamín Franklin es un liceo técnico profesional. Imparte las especialidades de telecomunicaciones, electrónica, electricidad y mecánica automotriz. Comenzó el año con 917 estudiantes. Actualmente, tiene 835. “Muchos se han trasladado si de región. Hubo 35-40 que se retiraron y otros se trasladaron de región”, explica la directora. Está ubicado en una de las avenidas más emblemáticas del sector norponiente de Santiago: Mapocho.

Se hicieron propuestas a la Corporación de Educación ligadas al ámbito del deporte, arte y tecnología. La idea era darle más posibilidades a los estudiantes de hacer actividades. Se aumentaron las horas de educación física y se autorizó la contratación de dos asistentes de la educación para que los jóvenes tuvieran más acompañamiento. Se buscó potenciar el bienestar de los menores, sumado a la mantención de los aprendizajes de calidad desde lo cognitivo.

La académica también hace mención al factor de las armas, un problema que se ha visto agudizado con la llegada de la pandemia. “Hay mucha tenencia de armas, hay, no sé, una suerte como de cultura de las armas, de la tenencia, una especie de cultura relacionada con esto de la pandilla, actuar mucho en la oscuridad en el anonimato. Entonces siento que es un tema que es necesario revisar, revelar, o sea, no decir acá no existen situaciones porque pueden existir acá o en cualquier otro establecimiento, porque evidentemente hubo un cambio de mentalidad que yo creo que todavía nosotros no alcanzamos a dimensionar”, dice.

En su rol de docente, ¿por qué se estaría dando esta situación?

– Creo que aquí hay un fenómeno post pandemia. Hubo un cambio de mentalidad… no olvidar, considerar, revalorar como sociedad y esto no es un cliché, la importancia que tiene la mediación, estoy hablando de esa mediación que debe hacer la familia porque yo no puedo dejar a un chico en la mañana, llegar en la tarde y ni siquiera conversar porque el niño tiene abrigo, tiene techo y tiene comida. O sea, ahí se tiene que generar una mediación, y esa medición se hace con la conversación, pero también relevar y no olvidar, sobre todo cuando nos entusiasmamos con estos sistemas online de aprendizaje y de enseñanza, de lo importante que es la mediación del profesor en el ámbito de la estructura y del aprendizaje desde lo cognitivo, pero también desde lo emocional, desde el cómo se forma, desde cómo nosotros aprendemos un lenguaje, una forma que es distinta.

El Liceo Armando Robles, en la ciudad de Valdivia, región de Los Ríos, también fue víctima de una amenaza de masacre, hecho que ocurrió al día siguiente de lo reportado en Quinta Normal. El formato fue el mismo que el utilizado en el Benjamín Franklin: un video utilizando la cara de Anonymous. “Vamos a acabar con el sufrimiento de todos, ya no se tendrán que preocupar por su futuro”, señalaba la pieza audiovisual.

Su directora (s), Marlene Bastidas, conversó con la Unidad de Investigación de Radio Bío Bío sobre el incidente. Y es que el Armando Robles es un liceo con más de 177 años de trayectoria, un emblemático de la zona, por ende esta situación “no pasó desapercibida en absoluto”, cuenta la docente.

Respecto a la amenaza, detalla que generó “evidentemente mucho susto, los apoderados muy preocupados, eso nos costó un par de retiros de estudiantes obviamente, porque sentían que había un riesgo importante frente a esta situación”, recuerda. Al igual que en la capital, son situaciones nuevas, sin registros, por ende, relata, “hubo mucho pánico de no saber, porque era primera vez que nos encontrábamos frente a una situación como esta”.

El cómo actuar fue un punto no menor. “El cómo enfrentar la situación fue complejo”, agrega la profesional. Y al igual que en el Benjamín Franklin, en el Armando Robles también hubo fuga de estudiantes posterior al incidente: “Pensábamos que no iba a suceder, pero sí sucedió”.

Para Batidas, un elemento importante que, junto a otros, podría dar pie a este tipo de situaciones es la “validación en redes sociales”. “No importa que haya sido anónimo, pero el hecho de que haya gente que me crea, que el video se reproduzca en muchas veces, de que algo que yo hice está allí, es trending topic, sale en las noticias, también genera un elemento de satisfacción para esa persona”, explica.

“De un tiempo a esta parte todo el mundo se siente con el derecho de, a través de redes sociales, exponer una serie de situaciones, las expone y mientras encuentre aplausos o reproducciones, ‘lo que dije es cierto, lo que dije es válido, lo que dije, mira, lo está repitiendo este, lo está repitiendo este otro, tengo tantos me gusta’, entonces creo que eso es un fenómeno también que es súper importante”, apunta la directora.

Por eso, complementa, no solo se quedaría con los móviles que buscan la suspensión de clases ni la realización de daños a terceros. “Creo que hay un tema también de validación de la persona porque también se han perdido muchos espacios de socialización”, dice. La pandemia y el estallido, donde también -señala- se suspendieron las clases, han jugado un rol en aquello.

También ve un cambio en los estudiantes pre y post pandemia. “Yo diría que están mucho más reactivos y muchas veces no saben canalizar esa reacción y responden de manera violenta. Creo que también pasa por un tema de la familia, obviamente, donde la familia lamentablemente en un principio estuvo en el encierro, pero luego debieron salir y los chicos quedaron solos en casa. Entonces, también hay un tema de afectos que es importante”, sinceró.

El menor que amenazó a la comunidad del Liceo Armando Robles fue formalizado el pasado 2 de abril ante el Juzgado de Garantía de Valdivia por el delito de amenazas simples. La Unidad de Investigación de Radio Bío Bío se contactó con la directora del Colegio Providencia, de la ciudad de Antofagasta, no obstante hasta el cierre de este artículo no hubo respuesta.

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