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El venezolano que venció al desierto chileno pero cruzó 8 países hacia EEUU: "No me dieron papeles"

El venezolano que venció al desierto chileno pero cruzó 8 países hacia EEUU: "No me dieron papeles"

Miércoles 06 julio de 2022 | 07:45

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Vencer un desierto, como el de Atacama y luego emprender la ruta hacia EEUU, no hace que desaparezca el fantasma del socialismo. Un grupo de venezolanos en Laredo así lo demuestra al considerar que Chile y otras naciones del Cono Sur, están en riesgo y por eso prefieren cruzar 8 países, que vivirlo o sufrirlo de nuevo.

Antes de intentar conseguir el sueño americano, algunos creyeron que existía uno en Chile, olvidando que este territorio es parte de Latinoamérica y arrastra con las mismas vicisitudes de sus vecinos del subcontinente. Fue lo que le ocurrió al venezolano que venció al desierto chileno, pero no para quedarse por mucho tiempo.

Del otro lado del continente, la ciudad texana Laredo es un callejón sin salida para los migrantes ilegales. El Cartel del Noreste tiene prácticamente secuestrada la travesía de migrar, sin papeles, desde la frontera con Nuevo Laredo, Tamaulipas (México). No obstante, los venezolanos forman parte de los que se aventuran pensando que ya lo han vivido todo. Un riesgo más, pareciera ser lo de menos, según lo relataron a BioBioChile, que los entrevistó entre los “LareDOS”.

La U.S. Customs and Border Protection (CBP), es el Centro de Información de La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos. En un recorrido con esta entidad gubernamental estadounidense, la insistencia de los medios latinoamericanos, entre estos Radio Bío Bío, surtió medianamente efecto: visitar a migrantes ilegales que fueron interceptados por la patrulla fronteriza, tras cruzar a como diera lugar.

No se trató de un centro de procesamiento (detención), como era nuestra genuina intención, pero encontramos historias de sacrificio humano por un sueño ajeno.

En el albergue Holding Community Center, del lado del anhelado sueño, y tras un viaje de pesadilla, tomaba aliento un hombre y otros de sus compatriotas con heridas físicas y emocionales desde que su país cayó en el socialismo. Hablan de todo lo que les sucedió en el camino y hasta de la reticencia de quedarse o migrar a otras naciones sudamericanas que, según ellos, quieren imitar al modelo venezolano y pronto les llevará a la decadencia.

El Holding Community Center en Laredo, asiste con techo y comida a inmigrantes ilegales de México, Centro y Sudamérica.
Yordan E. Suarez / HCC

El venezolano que venció al desierto de Chile

En el albergue dirigido por Joe Barrón, estaba José (a quien llamaremos así porque no quiso dar su verdadero nombre). Era parte de un conversatorio catártico, luego de la tormenta desértica, selvática y más, que debió afrontar.

Varios de sus compatriotas relataban con evidente exaltación, más que comprensible, el número de países que cruzaron para llegar a Laredo. José, en cambio, en tono menos expresivo, que recordaba al del chileno promedio, se mostró tímido, con voz menos sonora que el resto, pero intentando contar su travesía que inició en Chile.

– ¿Cómo entraste a Chile?

– “Entré por trocha. Por el desierto”.

– ¿Cómo es entrar por el desierto?

– “Hay que pagar para que te puedan pasar. A coyotes (traficantes de personas) y te llevan hasta el otro lado”.

Se cuidó de revelar más de la cuenta sobre sus “guías”, pero la Patrulla Fronteriza en Texas no duda de que podría tratarse de una red bien organizada desde el Cono Sur al Norte, donde están la tierra y el sueño prometidos.

Su ingreso irregular por el desierto de Atacama no le pareció peligroso, pese a que otros de sus compatriotas perdieron la vida en el intento, debido a las bajas temperaturas nocturnas, que pueden rondar -25 grados centígrados.

“Ahora porque hay mucho vandalismo. Pero, anteriormente, cuando yo pasé no había tanto así. Como estábamos unidos con los guías, con los coyotes y como íbamos un conjunto de muchas personas, no lo tomé tan peligroso. La idea era llegar”.

Supo, como el resto del grupo que integraba, sortear los controles militares y policiales de la zona. Los traficantes de personas saben que en horas nocturnas, el frío obliga un poco a bajar-literalmente- la guardia.

“Nosotros pasamos de noche, escondiéndonos de la policía y la PDI para que pudiéramos llegar al (sic)… Y después, allá adentro, cuando uno está adentro no molestan así como que te va a agarrar migración y te va a sacar. No. Tienes que entregarte y te hacen una notificación, te toman todos los datos y después vas por una entrevista a ver si te pueden dar la visa. Tienes los papeles para que te puedan dar la visa”.

Sin embargo, el momento de regularizarse, nunca llegó.

Venció al desierto, pero no a Extranjería

La historia de este venezolano, no es única. Para nadie es un secreto que la llegada de sus compatriotas y de haitianos a Chile, colapsó un sistema migratorio que ya adolecía de lentitud. Total, la migración extranjera no tenía como destino predilecto, más allá de lo turístico, a este largo y por hoy frío territorio.

José lo vivió en carne propia, a su juicio, el tiempo suficiente para comprobar que no existía el sueño chileno.

“Un año estuve en Chile, en Santiago”, reconoce, tras vencer al desierto, más no la burocracia emanada de cientos de miles de solicitudes de residencias permanentes y definitivas, en un país que se volvió blanco de apodos como el famoso “Chilezuela”.

Ese periodo, no obstante, el riesgo le valió cada peso chileno.

“Solamente para darle un bienestar a mis hijos que están en Venezuela. Y gracias a que estuve en Chile pude operar a un hijo que se me partió un brazo. En Venezuela nunca lo hubiera operado. Tuve que ponerle una platina, tuve que ponerle un poco de cosas, me rechazó la platina, tuve que sacársela otra vez, volverlo a operar… Fueron más de 5.000 dólares (4 millones 749 mil pesos chilenos). en Venezuela no los conseguía”.

Con todo y el agradecimiento por los frutos que rindió el trabajo irregular en Chile, José, sabía que la política de dejar la puerta abierta se acabaría pronto.

“Los que no tienen documentos, que tuvieron una visa para entrar y es por un año, después, tienen que ir a una (búsqueda de residencia) definitiva que llaman ellos (En Extranjería y Migración chilena), que son 5 años, no te la quieren dar tampoco. Hay que hacer papeles y si no tienes papeles, no te dan trabajo y si le trabajas a alguien, no te pagan. Hay muchos cambios, muchos cambios en Chile, ahorita. Están pidiendo mucho los papeles. Están exigiendo ‘los papeles, los papeles’ y los que no tienen, los están devolviendo”.

Emprender la retirada, pese a los riesgos, era todo lo que le quedaba. Un día, se levantó decidido a dejar Chile. Como pudo, llegó a la selva colombiana y ahí inició la ruta hacia su nuevo destino: EEUU.

Migrar por 8 países, con el sufrimiento a cuestas

El recuerdo de lo que cuesta, en muchos sentidos, el viaje rumbo al sueño americano, desde Chile o Venezuela, es una maleta muy pesada. Incluso, para quien escucha los relatos.

“Un mes y medio desde que salí de Venezuela. Pasé Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México…” , aseguraba uno de los venezolanos junto a José.

La necesidad y la selva se condensan para alentarlos a la travesía. Con José, dos familias de su país. Una de ellas con dos hijos, de entre 2 y 4 años. El otro núcleo, con un pequeño también de 4, quien también sufrió en carne propia dejar atrás a su país, como si tuviese la conciencia adulta para hacerlo.

En medio de la ruta de la casi decena de naciones por cruzar, la selva conocida como Tapón del Darién. Se trata de una región que une Colombia y Panamá. Ahí, los traficantes de personas guían a desesperados venezolanos y otros sudamericanos, además de haitianos. Si no tienes 500 dólares para tomar una embarcación, tienen que rodear el largo camino que dura hasta 5 días adicionales de trayecto.

Tapón del Darién: la selva más letal que no detiene la migración ilegal desde Sudamérica.
EFE

“Mi hijo tenía los pies llenos de hoyos, yo también. Las plantas de los pies con agujeros”, asegura Luz Miriam Velarde, una joven que se recuperaba sentada en el albergue. Su hijo dormía en una calurosa pieza del lugar.

La otra madre del grupo, María Ines Carballo, no pudo tomar la embarcación. Caminó, con su esposo y dos hijos, durante días que parecían interminables. “Habían caimanes”, contaba con cierta normalidad. “Unas culebras grandes que te salían en el camino”, reforzó Luz Miriam. La naturaleza los amenazó en su habitat, nunca concebido como paso para la migración irregular.

Quedaba por delante Costa Rica, hasta llegar a México. El recorrido, en ese punto, parecía más corto, pero igual de desafiante.

Sortear la selva y luego al Río Bravo: “Nos estaba llevando la corriente”

Pese a todos los peligros, el grupo de venezolanos entrevistados por BioBioChile estaba vivo de milagro, pero le faltaba vencer al inclemente Río Bravo, que baña la frontera sur de Texas, entre Tamaulipas y Laredo, además de sortear robos de la policía guatemalteca y mexicana.

“Nos quitaron el dinero. Como 500 dólares”, relató con rabia, Luz Miriam. Fue un trato que contrastó entre lo indigno y el último empujón al otro lado de la frontera. Habían pagado 4.500 dólares (4 millones 286 mil pesos chilenos), para ser guiados con su esposo e hijo, por los “coyotes”.

“A nosotros nos agarró migración de México y nos dijo por donde podíamos pasar. A mí me llegó el agua hasta acá (al pecho). Los niños no se mojaron porque mi esposo los pasó en el hombro. Él se metió primero, a ver por donde donde pasábamos. Se metió 4 veces por donde estaba mejor.’Los vamos a ayudar por los niños"”, contó María Inés, que les dijeron los agentes mexicanos.

Luz Miriam tiene una experiencia distinta. El río Bravo casi los traga a los 3: “A mí me llegó el agua aquí (la barbilla). Nosotros estábamos en una corriente enorme y nos estaba llevando a todos. Con todo y niños, balsa. A todos nos estaba llevando”. Además de su hijo, ayudó a dos niñas más a pasar con ellos, porque entre todos los venezolanos se ayudan en el tortuoso camino.

Acuña y Piedras Negras son las zonas en las que, según estos sobrevivientes, el río es más agresivo con los no que no son bienvenidos en EEUU. Lo mismo vivió José, quien sumaba a los gigantes vencidos, después del desierto de Atacama, al río Bravo de Laredo.

Cuando el migrante venció al desierto y a la selva, pero no al fantasma del socialismo

Conocer la historia de José y sus compatriotas en el albergue Holding Community Center, en Laredo, fue una gama de contrastes. Él y sus connacionales le hacían vívidas críticas al socialismo y a los gobiernos que según ellos caen en esa vorágine.

A la pregunta de por qué algunos venezolanos prefirieron irse a Chile y no a otro países (como EEUU), emergió el fantasma que los acompañó, desde su viaje.

“(De Chile) Ya están escapando, porque también llegó un presidente que es socialista: el presidente Boric. Ya los precios están subiendo,” asegura José, sin atribuirlo a una inflación mundial pospandemia, de la que ni el poderoso EEUU escapa.

Sus compatriotas intervinieron, sin vivir en Chile, pero asustados, además de su dramática travesía, por el fantasma del socialismo.

“Chile está agarrando socialismo”, Recriminó César Velázquez, uno de los albergados, esperando un pasaje de avión y una posterior citación de la corte, tras aducir asilo político, un posible beneficio al que se acogen los venezolanos en EEUU.

“Ellos (los chilenos) idolatran lo que nosotros vivimos con Chávez. Ellos piensan que lo que Chávez hizo con nosotros, estuvo muy bien y no quieren escuchar el aullido de todos los venezolanos que estamos tratando de decirles que no entren con el socialismo y estamos migrando también por la misma delincuencia de nuestro país que está con el gobierno”, aseguró Luz Miriam.

Otro de sus compatriotas recalcó: “El mismo caso que sucedió en Venezuela cuando llegaron los cubanos, que ellos nos decían (advertían) a nosotros y no les creíamos nunca (sobre Fidel Castro)”. Otro intervino, alzando la voz con un “Y mira cómo estamos inmigrando. Todos inmigrando”.

¿Qué pasará con José y con los venezolanos en el albergue de Laredo?

Es un desenlace difícil de vaticinar. Joe Barrón, administrador del albergue, se encargó de darles alojamiento, alimentación y ropa, por un periodo corto, mientras pudieron emprender el vuelo, esperando que se consolide el sueño.

¿Cómo llegaron ahí? Al no poderlos poner en un vuelo de retorno a su país, y transcurridas las 72 horas de retenerlos en un centro de procesamiento, las autoridades fronterizas llaman a Holding Community Center y le piden albergar a los inmigrantes.

En este lugar, les ayudan a comunicarse con algún familiar o conocido que invierta en un pasaje aéreo para ellos. De esa forma, pueden llegar hasta su destino, esperando que una corte les otorgue el primer citatorio para exponer sus razones de aplicar al asilo político.

“No pierdan el primer citatorio”, les advierten los que saben del proceso. Entre visitas a una corte estadounidense, pueden transcurrir hasta 5 años en los que crece la esperanza del anhelado y sufrido sueño americano. Todo, después de vencer al desierto y a la selva del Darién.

Barrón no les promete que todo saldrá bien, pero los contiene lo necesario.

“Llegan golpeados, a lo mejor no físicamente. Unos, sí fisicamente, pero vienen golpeados mentalmente. Yo no me imagino cómo pueden hacer ese viaje. No entiendo qué tan mal puede estar allá para arriesgarte 8 países, con un niño chiquito, sin saber a dónde vas, qué vas a comer, donde vas a dormir”, dice, con un nudo en la garganta, el administrador del albergue.

De donaciones, puede ofrecerles una cama digna donde descansar, pese a las pesadillas que enfrentan.

Aún, con una pieza o dormitorio para reposar, después de una viaje de mes y medio, no hay descanso reparador.

“Horrible. Son pesadillas tras pesadillas sobre el viaje. Cuando obtenga mi primer sueldo, lo voy a invertir en el psicólogo. Esto no se lo deseo a nadie”, aseguró Luz Miriam Valverde.

– ¿Lo volverías a hacer?
– “No, no lo volvería a hacer. Debería haber un impedimento para evitar que niños y mujeres vivan esto. No lo volvería a hacer”.

Venezolanos esperan quedarse asilados en EEUU y contrarrestar la pesadilla de migrar, con psicólogos.
Paola Alemán / BioBioChile
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