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Cómo afectaría a Chile y al mundo el enjambre sísmico en Yellowstone

Mark Ralston | AFP
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Tres mil temblores de baja y mediana intensidad en apenas dos meses y medio. El reciente “enjambre sísmico” en el Parque Nacional de Yellowstone (Estados Unidos), batió récords de duración y eventos, algunos de hasta 4,4 de magnitud, informó esta semana el Servicio Geológico de Estados Unidos.

Los movimientos telúricos habrían pasado inadvertidos por su escasa intensidad, de no ser porque un detalle los vuelve notorios: estaban, literalmente, jugando con candela; con la candela líquida del supervolcán más famoso del mundo. Cada movimiento agitaba la caldera de Yellowstone, que encierra en su interior suficiente magma como para caotizar el clima del planeta.

En la cavidad subterránea, de unos 55 por 72 kilómetros cuadrados, se comprimen toneladas de lava, gases y rocas volcánicas en constante tensión. La incidencia de un terremoto puede alterar el delicado equilibrio, y por tanto, provocar la erupción de consecuencias catastróficas. Los enjambres sísmicos, bien se conoce, pueden ser el preludio de un evento mayor.

“No son fenómenos fuera de lo común. Este ha disminuido significativamente, aunque ocasionalmente aparecen pequeñas ráfaga de actividad que dura unas horas”, explicó Jamie Farell, profesor de la Universidad de Utah a cargo del seguimiento.

Michael Poland, científico encargado del Observatorio de Yellowstone, recalcó la prominencia del episodio. Aunque aclaró que no significaba una explosión inmediata, equiparó los sucesos con los ocurridos en 1985, cuando más de 3 mil sismos agitaron la caldera durante tres meses.

Aunque ahora mismo no se aguarda la explosión, ¿qué ocurrirá en los próximos años?

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Una bomba de tiempo

Esta escalofriante metáfora emplean los científicos para describir al supervolcán de Yellowstone, que ha erupcionado tres veces en los últimos dos millones de años. Hace 640 mil años, por última vez, elevó sus cenizas al cielo. Según los tiempos geológicos, la siguiente ocasión podría estar cerca.

El famoso físico Michio Kaku pronosticó, a partir de cálculos probabilísticos, un 10% de posibilidad de una explosión en este siglo. Un terremoto de magnitud 7.0, según el académico, podría desatar la debacle que, en sus palabras, “sacaría las tripas a Estados Unidos”. De concretarse, la afectación superaría con creces las fronteras de Norteamérica y llegarían a cada rincón del globo, incluido Chile.

Hasta los investigadores de la Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio (NASA) han tomado cartas en el asunto: presentaron un proyecto más parecido a la ciencia ficción que a la realidad actual.

El plan, de unos 3.460 millones de dólares, aspira a reducir en un 35 por ciento la cantidad de calor en la caldera. Deberán barrenar un túnel de 10 kilómetros de profundidad, que serviría de conducto al agua fría bombeada a alta presión. De esta forma las cámaras de magma se estabilizarían, presumen los científicos, y evitarían la erupción.

Los altos costos parecen inasumibles por el presupuesto estatal. Los promotores aspiran a que el sector privado se involucre en la inversión. En tanto, el peligro, aunque dormido, se vuelve cada vez más cercano.

 Mark Ralston | AFP
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Fríos precedentes

La hipotética erupción de Yellowstone no sería la primera que enfrentase el ser humano. Residuos geológicos indican un episodio análogo hace 74 mil años, cuando la explosión del volcán Toba (situado en la actual Sumatra) casi extinguió a la incipiente humanidad.

El evento, considerado el más violento de los últimos 25 millones de años, alteró el clima mundial. Durante varios años la temperatura media del planeta se contrajo entre 3 y 5ºC, y en las latitudes más altas el descenso rozó los 15º. Aunque cuestionada, la teoría de la catástrofe de Toba aduce la reducción drástica de la especie humana en ese entonces.

Presentada en 1998 por investigadores de la Universidad de Illinois, la propuesta revela la ocurrencia de un “cuello de botella” demográfico en la especie humana, pues solo se salvaron pocos miles de parejas reproductivas de las que provienen todos los humanos modernos.

Más recientemente, en el siglo XIII, el volcán de Samalas alteró el clima de la Tierra. Huellas geofísicas encontradas en el hielo antártico corroboran apuntes medievales de 1257, el llamado “año sin verano”. En todo el planeta se refieren las afectaciones del enfriamiento repentino que estropeó cosechas, provocó hambrunas e implosionó la sociedad. Antiguos textos de China confirman una nevada en pleno verano.

“El evento fue ocho veces superior a la famosa explosión del Krakatoa (1883) y el doble de la de Tambora (1815)”, confirmó el científico francés Franck Lavigne, quien lideró la investigación sobre el fenómeno.

El paso después del abismo

Aunque no se sabe cuándo, existe la certeza: el gigante de Yellowstone volverá a despertar. Un terremoto de gran intensidad, una explosión nuclear, un remedio que falle (como el propuesto por la Nasa), o el reloj geológico de la caldera, desencadenará la erupción. Cuando ocurra, cambiará para siempre la historia del hombre.

La onda expansiva pulverizará todo lo que encuentra a 60 kilómetros a la redonda del Parque Nacional. La ceniza dejará inhabitable el 70% del territorio norteamericano, calculan los expertos. Este hollín, a la larga, sería el residuo más nocivo para el planeta.

La acumulación del polvo volcánico en las capas altas de la atmósfera reduciría la entrada de la luz solar, por tanto, del calor y la fotosíntesis en las plantas. Las consecuencias en la agricultura y los alimentos sería nefastamente instantánea.

Según un cálculo de la ONU de 2012, en caso del invierno volcánico producido por Yellowstone, las reservas mundiales de alimentos solo durarían 74 días. Luego de ese plazo, la hambruna en el planeta sería generalizada e inevitable.

A pesar de la distancia de más de 8 mil km al norte de Arica, la agricultura chilena se vería afectada. El cambio en las temperaturas globales y del régimen de lluvias impactaría la producción de kiwi, cebolla, ajo, palta, uvas, manzanas y el maíz verde, principales productos agropecuarios del país. La agricultura, que en 2016 representó el 4 % del Producto Interno Bruto de la nación, se vería inmediatamente contraída.

Por el momento, este escenario es puramente ficcional, teórico. El monstruo sigue dormido, aunque algunos desperezamientos (como los recientes “enjambres sísmicos”) nos recuerde el final inevitable. En tanto, la caldera de Yellowstone seguirá acumulando presión, magma, piedras al rojo vivo. Algún día, como en el pasado, buscarán el cielo.

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