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La crisis de los pequeños grandes cambios: “Hay crisis porque se siente”

Archivo | Agencia UNO
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Se ha vuelto un cliché casi, decir que la política está en crisis. Fácil, si consideramos la cantidad de situaciones que han surgido en el último tiempo en relación a los descubrimientos de corrupción de nuestros representantes, o el revuelo de los movimientos sociales, cada uno más complejo y etéreo que el anterior. O la instalación de una dinámica de demanda de parte de la población, demanda de la mano de una evaluación negativa de casi todo.

Hoy es fácil hablar de crisis, y lo es para todos, no importa el color político, el nivel educacional o incluso la posición social que se tiene la suerte, buena o mala, de ostentar.

Hay crisis porque se siente, frente a tanta manifestación, que el país carece de orden.

Hay crisis, porque la autoridad es incapaz de controlar la delincuencia, y así lo refrendan innegablemente los noticieros.

Hay crisis porque el afán reformista nos está llevando directo al precipicio chavista.

Hay crisis porque no hay suficientes reformas que nos lleven más rápido al precipicio chavista.

Hay crisis porque los diputados roban, porque los senadores roban, porque los funcionarios públicos roban, o en su defecto, tratan de sacarle el cuerpo al trabajo, molestos porque los otros roban y ellos no pueden.

Hay crisis porque los municipios están pensando en las elecciones y a la mitad de sus trabajadores no les importa, porque están de planta y son inamovibles, y la otra, contratados a honorarios por las actuales administraciones, se debate entre tratar de hacer su trabajo y responder a las exigencias variables de la autoridad de turno, que les recuerda de maneras más o menos sutiles, su precaria situación.

El país está en crisis, porque de jaguares de América, de los más probos del cono sur, de miembros de la OCDE, hemos pasado a vernos como un país tan desigual, que el Índice de Desarrollo Humano, ajustado por desigualdad, nos da el mismo valor que a repúblicas africanas que sólo sirven para aparecer en las películas de acción norteamericanas.

Puede que sí, puede que estemos en crisis, es verdad. Nuestro país era una ilusión, construida con los sueños de la pos dictadura y las manos y mentes de muchos soñadores y oportunistas. La alegría no llegó, no se abrieron las alamedas, no nos tomamos de las manos como hermanos y bailamos siguiendo la cordillera.

Nuestro país era una ilusión, ¿y qué? La vida es una ilusión, y la democracia como tal es una ilusión, pues es un concepto tan abstracto, que, no dista mucho de los de comunismo o cielo. Es por eso que debemos ajustarla, adaptarla y manipularla según las necesidades que el contexto histórico nos entrega.

Nuestros políticos son corruptos y el sistema entero ha sido diseñado para proteger a los poderosos… ¡por supuesto! Giuseppe Tomasi di Lampedusa lo plantea magistralmente en El Gatopardo, donde dice que “todo cambie para que todo siga igual” y lo dice porque la estructura para mantenerse, necesita esa coherencia, que no es ni moral, ni justa quizás, que hace que los que tienen, tengan, y los que no tienen, quieran tener, pero no tengan nunca lo suficiente.

La coherencia de Chile se ha mantenido desde su fundación y antes, incluso. Los apellidos de nuestros parlamentarios pueden ser rastreados en los albores de la colonia, de la misma forma en que hoy los rastreamos en la alta administración pública, en los directorios de las grandes empresas, en los salones de la alta cultura y en los sets de televisión. El sistema se mantiene en base a la división muy clara entre quienes nacieron con el mandato de su preservación y entre quienes desean fervorosamente lograr poder suficiente, como para no verse ridículos haciendo lo mismo.

El resto somos relleno, que sirve para llenar urnas en una elección, para rendirse al carisma de un líder de turno o para sentarse en las sombras, criticando la mala suerte que le trae el destino. Siendo así, no tiene mucho sentido sorprenderse de esta corrupción galopante que día a día nos restriegan los medios, y es porque coherentemente con esta lógica, no es corrupción.

Cuando los políticos de derecha – la verdad es que lo piensan todos – hablan de ‘errores involuntarios’, porque los descubrieron recibiendo unos cuantos millones para asegurar el cupo, o para pagar el club de yates, o para mantener a la amante, el único error al que se refieren es a haberse permitido ser descubiertos, porque en su fuero interno, ese que se escurre en el almuerzo dominical, la discusión de por si es absurda. La política debía financiarse de alguna forma, y de qué otra forma que no sea prostituyendo el cargo o la influencia, si todos lo hacían y el sistema funcionaba.

Y todos lo hacían, esa debe ser la más rotunda de las verdades en nuestra política. Todos lo hacían y todos lo hacen. Claro, no todos le pasaban boletas a SQM, pero otros se las pasaban a Luksic, o a los Matte, o quizás no pasaban boletas, pero les pagaban consiguiéndole un puesto al hijo menos inteligente, o dándole un carguito a la querida, o haciendo la vista gorda al que lo estaba haciendo.

La cultura chilena tiene como elemento inherente el eufemismo, o sea, sustituir una palabra de mal gusto, por otra que suene mejor. Dicho de otra forma, decir una cosa por otra. Así es que no le decimos mozo al mozo, sino que lo llamamos con el dedo, joven, le hacemos señas, hacemos ruiditos para que nos preste atención. Le ponemos nombres inocentes a las partes pudendas, y en vez de decir pene o vagina, le decimos ahí abajo, cosa, piquito, eso, y lo coronamos con una risita nerviosa.

De la misma forma, decir corrupción es feo, mal visto, y por lo mismo, hasta hace poco en Chile no había corrupción, podría haber pituto, amigazgo, contacto, favor, mano, fraternidad, estudiamos en el mismo colegio, padrinos, primos, tíos, pero nunca corrupción. Aun así, los servicios públicos se llenaban – llenan – con los militantes del partido del alcalde de turno, o del ministro, o del senador, o del presidente, la mitad de los partes no llegaban al juzgado de policía local, y en general, si tenías un apellido difícil de pronunciar, que sonara lo suficientemente europeo, los procedimientos diseñados para los simples mortales, te podían pasar de largo. Hoy sí tenemos corrupción, hoy sí lo decimos, y esa es la principal prueba de la crisis.

Una crisis es un cambio brusco o una modificación importante en el desarrollo de algún suceso, tanto física como simbólica. Genera inestabilidad, ansiedad e incluso temor, pero no por eso es negativa. La crisis lleva necesariamente al cambio, a la instalación de nuevas dinámicas de relación, que construyen nuevas realidades.

La magnitud de los elementos que componen el proceso de crisis, definirán el proceso de cambio y reajuste. De ahí que, para grandes cambios, se requieren grandes crisis, como la que creo estamos viviendo hoy.

Hay que entender que estos cambios afectan a todos los involucrados, no es una competencia por ver quien tiene más razón, pues la competencia es solo un factor en la ecuación. Nuestros políticos tan arrogantes frente a la sociedad, pero tan dóciles frente a los financistas, son sólo un eslabón en una cadena que parece cerca de cortarse y rearmarse con nuevas configuraciones.

La democracia como fue diseñada con el advenimiento de la democracia, tenía una cierta estructura que era la adecuada para la época, que respondía a una ciudadanía desinformada y poco instruida en el arte de la participación formal, una clase política hambrienta, que había acariciado el deseo del poder desde las embajadas, y que se había instruido en universidades europeas y asiáticas, esperando su momento, una clase económica, a la que le resultaba incómodo el modelo autocrático, pues limitaba sus posibilidades de apertura a un mundo que se complejizaba. La democracia se adaptó al contexto y creó una representatividad simulada, funcional a las necesidades de desarrollo que presentaba Chile.

Necesidades no sólo materiales, sino también espirituales. Quienes dejaban el gobierno, debían sentir que no era una derrota, sino más bien un acuerdo, quienes lo asumían, debían entender lo mismo. El pueblo, doliente y brutalizado, debía convencerse a si mismo que esto significaba una nueva era, un antes y un después, para poder generar la motivación suficiente que les permitiera soportar lo que se venía. Quienes tenían el dinero, debían saber que los negocios continuarían para apoyar el proyecto.

Es muy difícil para la generación nacida posterior a la dictadura, hacerse la imagen mental del Chile de los años 80, un país oscuro, con pobreza sobre el 40%, y pobreza dura sobre el 20%, donde la mitad de la población no contaba con agua potable y dos tercios no tenían alcantarillado, donde regularmente sufríamos epidemias de cólera y hepatitis, y la tasa de mortalidad infantil rondaba el 20%.

Un Chile donde no se gozaba de bonanza económica de ningún tipo – descontando segmentos aislados, prácticamente circunscritos al decil 10 -, con tasas de cesantía de dos dígitos, con protección laboral paupérrima, sin malls, ni grandes ofertas de servicios, donde la ropa la usaban dos o tres generaciones de una familia, y cosas hoy normales, como el teléfono o la televisión a color, eran virtualmente un lujo. Donde tampoco se contaba con una infraestructura vial mínimamente adecuada, donde no existían las grandes carreteras, ni los puentes, ni electrificación y saneamiento para más de la mitad del país.

La democracia se adaptó a ese escenario y como gran parte de las cosas en Chile, improvisó. El imperioso deseo de ser desarrollados, nos llevó a creernos que éramos efectivamente los jaguares de latinoamérica, y durante más de una década nos convencimos de nuestras propias fantasías. Y parte de esa fantasía era justamente creer que la política se financiaba sola y que el poder no tenía la capacidad intrínseca de perpetuarse a través de la corrupción.

Nuestra crisis actual no pasa por la ingobernabilidad, ni por la destrucción de la moral, ni por la ambición de unos y otros. Pasa por la modificación del contexto, que ha vuelto inviable la configuración que hasta hoy se había considerado la más eficiente.

Nuestro afán de apertura, nos ha dejado expuestos a enfrentar las diversas realidades de un país, que se ha construido en base a incoherencias. Un país que para nuestros vecinos se ve como un faro de prosperidad y desarrollo, pero que ostenta un costo de vida altísimo, con una población endeudada por varias vidas, con ingresos irrisorios, cuando los comparamos con nuestros socios de la OCDE, con un modelo de desarrollo insustentable en varios niveles, desde la obsesión por el crecimiento, manteniendo un sistema de producción basado en materias primas, hasta un sistema educativo, eminentemente segregador, que funciona concibiendo la educación como un bien de consumo más, dentro del mercado, en vez de como un derecho social y activo estratégico.

La modificación del contexto, ha llevado a que el discurso que sostiene esta configuración del modelo se vuelva insulso y pierda sentido, especialmente para la generación sub 30, que con mayor nivel de instrucción que sus antecesores, ve que el sistema no le brinda oportunidades de desarrollo que concuerden con el costo de las mismas, que ve que el discurso político, que se ha nutrido las últimas tres décadas de la dicotomía de izquierdas y derechas, de la dictadura y del debate de ideas de mediados del siglo XX, ni les representa ni les convence, más aun cuando desde las esferas se les pide participación y compromiso, a proyectos que los propios políticos que los vociferan, traicionan día a día, tanto por la ineficiencia en sus cargos, sustentados por ingresos que cada vez se justifican menos, así como por la evidencia de un nepotismo instalado, que hace que tengamos padres, hijos y hermanos, sentados juntos en el parlamento – por periodos que se eternizan -, o que nos demos cuenta que la izquierda, la derecha y el centro pierden relevancia, al ver que la gran mayoría están cruzados por estrechos lazos de parentesco, o más estrechos lazos comerciales.

Nuestra crisis actual es un estertor de la estructura, que puja por una reestructuración, que le permita enfrenar los desafíos que trae el mundo globalizado. Posmodernismo en su más pura esencia, donde todo se somete a duda y evaluación, y donde los ajustes que en un momento resultaron los más adecuados, hoy se vuelven una traba para la dinámica del sistema.

Es por ello que no debemos creer en agoreros que llaman al orden, porque es justamente ese orden el que en su esencia ha dejado de ser útil. Pronto veremos trasformaciones profundas en nuestra política y sociedad, los pactos políticos se romperán, surgirán nuevos proyectos, con mejores o peores resultados, y pasaremos un periodo de ajuste en el que, si bien todo cambiará, para quedar relativamente igual, es en ese relativo en donde estará el valor, el pequeño cambio que a ratos nos permite la historia y que marca verdaderamente la diferencia entre una era y otra.

Ariel Toledo
Trabajador Social
Universidad de Concepción

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