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El exitoso programa de rehabilitación en cárceles chilenas: sólo tiene 10% de reincidencia

Reo leyendo la Biblia | Felipe Fredes | Agencia UNO
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¿Es posible reintegrar socialmente a un ladrón, a un traficante, a un violador o a un homicida sin que vuelva a cometer un delito nunca más en su vida?

Llevar una vida en libertad sin volver a cometer un delito, no es un logro fácil. Y no lo es, porque el trabajo de reinserción que se realiza dentro de las cárceles, la mayoría de las veces es insuficiente para el interno, que al momento de salir debe lidiar con una cruda realidad: sin trabajo, con “papeles manchados” y volviendo a entornos nocivos, donde no reciben apoyo para seguir alejados de la delincuencia u otros problemas como las drogas y el alcohol.

Sabemos que nada justifica un delito. Pero también es verdad que hay realidades desconocidas para la sociedad, donde personas crecen en entornos inapropiados, con carencias afectivas y morales que provocan que lleguen al punto de cometer ilícitos, llevando este estilo de vida sin remordimientos ni culpas, incluso desde niños.

Generar un cambio más profundo en la mentalidad de los reos, es una tarea complicada, pero no imposible si el interno también tiene deseos de cambiar su vida. Algunos creen en ese “cambio” como APAC, que es uno de los programas de reinserción carcelaria con mayor efectividad en Chile y el mundo.

El motor de cambio

“Amando a Cristo, Amarás al Preso” dice la sigla popularmente conocida en las cárceles, aunque en rigor corresponde a la Asociación de Protección y Asistencia a los Condenados (APAC), organización brasileña que crea en 1972 la metodología para la reinserción de internos, desde la fe cristiana evangélica, y que ha mostrado ser altamente exitosa al lograr sólo un 10% de reincidencia en nuestro país.

Esta metodología de valorización humana busca la transformación y resocialización de los internos, incluyendo su lado espiritual, la reconexión familiar y el fomento de una vida laboral o de estudios (incluso superiores).

En Chile existen 56 espacios APAC que favorecen a más de 4 mil internos. Estos espacios son lugares protegidos para que los “hermanos”, como se les reconoce dentro de los centros penitenciarios, puedan dedicarse de forma exclusiva a rehabilitarse y estudiar o trabajar en talleres de reciclaje, tapicería, pintura o madera, que son financiados por los mismos familiares o privados que aportan al ministerio.

Interior de una antigua celda del penal El Manzano de Concepción.
Antigua celda del penal El Manzano | Camila Lassalle | Agencia UNO

“Soy un hombre nuevo”

El ahora pastor Luis Ulloa Marín (35) y Miguel Herrera Contreras (34) vivieron la experiencia APAC. El Pastor cuenta que, al igual que Miguel y la gran mayoría de rehabilitados, se criaron entre violencia, alcoholismo, delincuencia y pobreza. Él vivía en un campamento, hasta que a su madre le dieron una casa en un sector de riesgo. En su adolescencia conoció las drogas y aunque toda su familia le aconsejaba y apoyaba para que no se fuera por “el mal camino”, a él no le importó, cuenta.

Desde niño estuvo en hogares de menores donde se arrancaba una y otra vez. Se iba de fiesta y salía a robar. Reconoce que su mayor dolor fue cuando empezó a perder la confianza de su familia, que escondían los objetos de valor y ya no lo buscaban para “rescatar”. Excepto su madre, que de vez en cuando salía a buscarlo a la calle para saber como estaba y dejarle algo de comer.

Hasta que un día no lo encontraron más y siete días más tarde se enteraron de que estaba en la cárcel. De ahí, la mujer fue muy pocas veces a verlo. “Fue triste para mí que no fueran a verme. Mi familia me dejó. Los cansé. Mi madre, las pocas veces que fue, yo tenía que atenderla. No tuve contención”, recuerda triste el pastor.

Pero algo lo removió un día, cuando escuchaba predicar a “los hermanos”. Aburrido de su vida, cuenta que “un día, ya harto, le dije a Dios: si realmente existes por qué he vivido la vida que llevo. Si realmente existes… cambia mi vida. Y lo grité en el patio de la cárcel desesperado, porque yo pensaba que mi vida se me iba a ir adentro de una cárcel, pero Dios levantó mi vida ahí”.

Miguel pasó por una historia similar. Tuvo una niñez difícil entre violencia y drogas, pero con una familia que como podía, buscaba lo mejor para él. Sin embargo, a los 15 años se rebeló y conoció las fiestas y drogas a las que lo invitaban sus pares del barrio.

“Una cosa llevó a la otra”, cuenta. Probó la pasta base, en la que estuvo por más de 10 años, y eso generaba que no le importara robar, ni la preocupación de su familia.

Estaba con firma en la Penitenciaría cuando lo encontraron en otro ilícito y pasó a la cárcel. Pero su corazón ya estaba cansado, dice, y cuando supo de los hermanos, sabía que ser uno más de ellos era su mejor opción para rehabilitarse, y fue lo que hizo.

El ahora pastor vivió 2 años y medio en el módulo APAC y Miguel 6 años y medio. Luis ahora cuenta que a sus más de 10 años de libertad, trabaja como vendedor, está próximo a cumplir una década de matrimonio junto a su esposa -hija de un carabinero, cuenta con gracia- con quien tiene 3 hijos, y se encuentra muy agradecido y feliz por su cambio de vida. Miguel, que está libre desde 2013, conoció en el Ministerio a la que hoy es su esposa, con quien tiene un pequeño hijo de año y medio. Él también admite que haber sido parte de APAC cambió su vida y ahora “soy un hombre nuevo”.

Ambos pasaron por el Cecarcon (Centro Evangelístico Carcelario Regional Concepción), que es una ayuda adicional para quienes cumplieron su condena y no quieren volver a reincidir.

Esta organización religiosa se compone de un conjunto de casas de acogidas ubicadas en la región, que funcionan como contención para el exrecluso, en las que viven un proceso de acompañamiento que reorienta su adaptación al medio libre y los desvincula de su antigua vida de vulnerabilidad.

Iván Poblete tiene actualmente 49 años y en 1995 recobró su libertad, dejando atrás sus días en la cárcel El Manzano y con ello, las malas decisiones que lo llevaron ahí. Fue el primero en estar en la primera casa de acogida. “Me convertí dentro de la cárcel, pero con una familia alcohólica y en la drogadicción, no podía llegar allá, porque era volver a mi antigua vida. Y me ayudaron en el Cecarcon. Fue el comienzo conmigo y acá está el resultado. Soy libre”, afirma.

Realidad en números

Josué Tardón, capellán evangélico de Gendarmería en el CCP Bío Bío, reconoce los efectos positivos que por más de 26 años han rehabilitado a personas tras recuperar su libertad, lo que también considera un aporte social, al no “volver a liberar a un delincuente, sino a alguien que ahora quiere el bien”.

Asegura que en la propia institución también rescatan esta labor como una herramienta importante de control interno, que ayuda a mejorar los índices de seguridad.

En la región el programa se implementó en 2004 y actualmente hay 89 internos bajo el sistema APAC. Entre 2013 y 2015, un número de 62 internos han egresado por cumplir su condena y también han optado a beneficios por buena conducta, y desde que se inició el programa más de 800 internos han vivido la experiencia.

Y más allá de la retórica, las cifras respaldan el éxito del programa APAC.

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Que tenga un 10% de reincidencia e incluso cifras menores en otras cárceles, es significado de éxito, asegura Josué Tardón. Y eso se afirma con los niveles presentados en el estudio de Reincidencia en el Sistema Penitenciario Chileno, de Fundación Paz Ciudadana (2013), donde indican que en 2007 un 50,5% de los egresados volvía a la cárcel antes de los 36 meses; y con el último Estudio de Reincidencia de Gendarmería (2013) con egresados en 2010, donde la cifra disminuye a 20, 78% de la totalidad de egresados y reincidentes en el sistema normal.

El alcaide (S) del Penal Bio Bío, comandante Rubén Pérez, cuenta que tienen un módulo APAC y un pre-APAC, pero que su idea es llegar a los 4 o 5, porque el beneficio del programa para la comunidad carcelaria.

“Tuve (módulos) incluso en la Penitenciaria y era impresionante ver como, de un lado, los tipos se estaban matando en el óvalo y cómo teníamos a los hermanos con un orden ejemplar saliendo a las calles. El contraste es fuerte: los hermanos tocando guitarra y los otros cayendo muertos o desangrados al piso”, reflexiona el alcaide.

También señala que el nivel de seguridad aumenta significativamente. “Se piensa que la cárcel más segura es la que tiene los muros más altos o más cámaras y no es así. Tenemos un régimen diferenciado entre APAC y otros módulos donde llegamos a 300 personas haciendo algo distinto. Donde usted va y respira olor a limpio. Los ve haciendo algo positivo y eso es un aporte en la seguridad”, contó.

“Si hay conversión, es algo íntimo que yo no puedo juzgar. Pero del punto de vista estratégico y del manejo de la población carcelaria cumplen una utilidad tremenda, han demostrado ser exitosos y que logran cambiar para mejor su actitud y motivar a otros”, finaliza el alcaide.

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