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Velas, flores y lágrimas tras la matanza de Múnich

Sven Hoppe | DPA | AFP
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“¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!”, grita con una voz desgarrada una joven de cabellos negros en medio de una muchedumbre silenciosa. Muchos muniqueses se recogieron el sábado en una atmósfera dolorosa en el lugar que conmocionó a toda Alemania.

A la entrada del centro comercial cerca del estadio de los Juegos Olímpicos de 1972 y en los sitios donde el viernes sembró el terror el joven germano-iraní de 18 años, David Ali Sonboly, las flores y las velas se acumulan en recuerdo a las nueve personas que mató.

En medio del silencio, la desconsolada joven, arropada por sus allegados, deja escapar un grupo de dolor y se derrumba a los pies de los escalones que llevan al centro comercial. Transeúntes y residentes permanecen petrificados.

Un hombre de unos cuarenta años rompe en ese mismo momento a llorar, en los brazos de su amiga. En los rostros, un río de lágrimas.

“Estamos todos muy afectados. Vivimos en el barrio, los niños suelen venir a hacer sus compras aquí. Para nosotros es un lugar muy familiar”, confiesa Alexa Gattinger, de 43 años, con sus tres hijos a su lado.

Georg Schäfer, de 39 años, también es un asiduo del lugar. “Quería estar aquí, mostrar mi apoyo. Muchos jóvenes murieron a causa de un loco. Hay que reunirse, estar juntos”, asegura.

El ministro del Interior alemán, Thomas de Maizière, con cara cansada, también acudió a Múnich para mostrar el “apoyo del gobierno, de los alemanes (…) a los padres que lloran a sus hijos, a los jóvenes que lloran a sus compañeros de escuela”.

¿Habrá que cambiar de modo de vida? “Es demasiado pronto para sacar conclusiones”, asegura. Pero hay que desconfiar de los “embrutecedores discursos de odio”, hay que preguntarse sobre “estos videojuegos violentos” que adoran los jóvenes, indicó en referencia a una de las pasiones del joven asesino.

“Warum?”

Un poco más lejos, a la entrada del metro, las flores también abundan. “So sorry” (Tan triste), se puede leer en unas de las velas. “Warum?” (¿Por qué?), se pregunta un escrito anónimo.

Justo al lado, Amir Najjarzadeh, un vigilante de origen afgano, se encuentra aún conmocionado por lo que vivió la víspera. Él trabaja a unas decenas de metros del lugar de la matanza, en otro centro comercial.

“Pensé: ‘Ya está, es como en París"”, recuerda, en alusión a los atentados de noviembre de 2015, reivindicados por el grupo yihadista Estado Islámico (EI) y que le costaron la vida a 130 personas en restaurantes y una sala de conciertos de la capital francesa.

“Vi a mucha gente corriendo hacia nosotros, abalanzándose hacia nuestro centro comercial. Cerré la puerta, ayudé a un determinado número de ellos a salir por otra puerta y a unos 100 o 150 a refugiarse en el subsuelo”, explica.

Una vez de nuevo en la planta baja, los policías lo tumbaron en el suelo antes de dejarlo libre, mientras controlaban su identidad. “Desde entonces no he dormido, todo esto me atormenta”, confiesa el vigilante, todavía estremecido.

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